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Relato de fantasía : 'Alseide'


Estaban por todas partes como malas hierbas en un jardín descuidado. Aquí una valquiria de piel bronceada salpicada con pecas de clorofila; allí un ángel con pétalos de rosa por pelo; más allá una nínfula con labios de fresón. Era asqueroso. Álvaro se sorprendió mirando una venus rubia con ojos amarillos como margaritas. Una blusa la cubría apenas como lo haría una bruma. Envolvía con sus brazos a un hombrecillo peludo y fofo, peinado con cortinilla y con enormes manchas en los sobacos. El hombrecillo deslizó una mano por las caderas de la venus y la coló en la niebla. Álvaro vio el pecho con claridad, como una lágrima de leche, y el afilado pezón en la punta. La visión desapareció bajo la velluda mano del hombrecillo y Álvaro siguió su camino, avergonzado de haber tenido una erección.

Caminó las siguientes tres manzanas concentrado en no dejarse tentar. Cuando llegó a la casa Raúl le abrió la puerta. Vestía un traje burdeos planchado de forma impecable y sonreía como si hubiera olvidado todos los males del mundo. Álvaro entró en la casa y cuando estrechó la mano de su amigo notó el olor a flor de cerezo. Cenaron en abundancia y bien. Demasiado bien teniendo en cuenta que Raúl sólo entraba en la cocina a beber café.

¾¿Cuándo aprendiste a cocinar?

¾Por favor, Álvaro, yo no cocino. —Raúl sonrió y los dientes iluminaron todo el salón: los cuadros minimalistas, los sillones de cuero, la alfombra de piel, las tres macetas llenas de tierra y grandes como cubos de basura—. ¿Quieres postre? ¡Nena!

De la cocina salió una ninfa con un plato en cada mano; se movía como si bailara en honor de un Dios pagano. Tenía la clase de cuerpo que debes mirar dos veces para convencerte de que es real. El pelo blanco emitía reflejos dorados y flotaba sobre los hombros plateados. Los ojos brillaban como la luna en verano y los labios eran cerezas maduras. Cuando la ninfa colocó los postres, el aroma de la flor de cerezo inundó los pulmones de Álvaro hasta asfixiarlo. La ninfa desapareció con la misma gracia con la que entró y en su ausencia el eco de su belleza permaneció en el salón.

—No pensé que...

—¿Qué soy un besa-árboles? —dijo Raúl—. Siempre fuiste un puritano, amigo mío.

—¿Qué quieres decir?

—Qué tienes la cabeza llena de pamplinas, cojones.

Álvaro miró el flan, una masa tersa y clara envuelta en reluciente caramelo.

—Los valores morales no son pamplinas. Yo creo...

—En la rectitud, la familia y el amor para toda la vida.

—Sí.

—¿Qué me dices del placer, el gozo y la pasión?

—Con la mujer adecuada.

—Eres una especie en extinción, compañero. Sodoma y Gomorra arderán, pero no antes de una última fiesta. Es muy noble esperar a la mujer ideal, ¿pero qué hay de malo en cultivar un fantástico jardín mientras tanto?

Raúl abrió la boca, envolvió el flan y de un sorbo lo envió a través de su garganta. La mente de Álvaro se perdió en los tres maceteros frente a la ventana.

Un día distinto y en otro punto de la ciudad, Álvaro vio los mismos maceteros expuestos en un escaparate. Siete cubos que le llegaban a la cintura, repletos de tierra y cada uno con un color del arcoíris. Álvaro imaginó siete bellezas en los siete cubos como siete brotes. Siete perfectos cuerpos cubiertos de tierra y dispuestos a hacer cuanto él quisiera. Pero aquello era antinatural, perverso y deshonroso. Él era un hombre, un auténtico hombre, y como tal no quería una carcasa bonita, sólo. Ansiaba la compañía intelectual de una mujer, inteligente, divertida, apasionada, modesta, dulce, sorprenderte, una mujer que le dijera “te quiero” en francés, llena de energía, de pasión; una mujer que compartiera todas las cualidades que él tenía. ¿Cómo un ser a medio camino entre la magia y la aberración genética iba a darle todo aquello? Claramente no podía. Y aún así despertaban su lascivia, y desde la cena con Raúl, también su curiosidad. Él era un científico, y como buen hombre de ciencia su deber era mantener la mente abierta. Desde luego no compraría ninguna semilla, ninguna maceta y ningún abono; pero podría reafirmarse en su oposición hacía aquellos seres que estaban destruyendo la base moral de la sociedad.

Entró en la tienda.

Las campanillas sobre la puerta sonaron y la tienda cobró vida de golpe. En las jaulas que colgaban del techo las cacatúas, los loros, los periquitos, los papilleros, las urracas, los cuervos y los papagayos graznaban y piaban sin que ninguno de sus berridos consiguiera encajar en una melodía afinada. En los recintos del suelo los cachorros de labrador, san Bernardo, husky y samoyedo ladraban y corrían en una competición por ver quién era más mono. En las estanterías un centenar de ratas, hámsteres, ratones, conejos y conejillos se subieron a las ruedas y se apelotonaron en los cristales. Solo Viviana, la enorme pitón que habitaba en el terrario más grande, se mantuvo indiferente a la entrada de Álvaro en la pajarería. Y aunque un rápido vistazo bastaba para ver los excrementos en todas y cada una de las jaulas, todo el local olía a lavanda y brezo.

En el mostrador una mujercita pegada a unas gafas y la cara arrugada como un zapato viejo le atendió con una sonrisa tan leve como fingida.

¾Buenos días.

¾Hola. ¾Álvaro dudó, recorrió las estanterías y señaló unos huesos de plástico¾. ¿Los tiene más grandes?

La sonrisa de la mujer topo se volvió sincera y mostró dos filas de dientes grises sobre encías amarillas.

¾Los tengo enormes, pero no creo que le interesen.

¾¿Ah no?

¾No tiene que avergonzarse. Por aquí vienen muchos hombres y muy respetables.

¾No sé de qué me habla.

¾Venga, le enseñaré las semillas.

¾Bien, pero sólo porque insiste.

Detrás de las macetas del escaparate la mujer le mostró unas mallas. Dentro de las mallas descansaban los bulbos sobre un lecho de virutas de madera.

¾¿Esto es lo que se planta?

¾Si quieres que salga algo sí.

¾¿Así de fácil?

¾No es para nada fácil. ¾La mujer levantó un dedo arrugado como un calcetín vuelto del revés y con él amenazo a Álvaro¾. Desde el momento en que se planté todas las variables del entorno afectarán al desarrollo físico e intelectual.

¾¿Intelectual?

¾ Los bulbos son sensibles a todo cuanto hay en su entorno para crecer. La moral, la actitud, los conocimientos, la lengua. Todo empieza en cuanto se planta.

¾¿La lengua? ¿Pueden aprender francés?

¾¿Sabe francés?

¾No.

La mujer sacó una gruesa diadema de metal de debajo de unas estanterías.

¾Son unos auriculares, le permite ponerle al bulbo toda clase de sonidos. Si le pone música en francés aprenderá francés.

¾¿Y será cariñosa?

¾Cuánto más la mime más cariñosa será.

Álvaro volvió a casa. Cargaba con la maceta, el bulbo, un saco de abono y los auriculares. Nada más entrar en casa, antes siquiera de quitarse los zapatos, Álvaro plantó el bulbo en la maceta, la regó en abundancia y le puso la discografía de Françoise Hardy. Mantuvo la música durante tres días; luego la cambió para poder entenderse con la criatura que brotara. A fin de cuentas, le bastaba con que supiera tres palabras. Más tarde pensó que si podía aprender idiomas podía aprender mucho más. Puso en los cascos lecturas de poesía, disertaciones de política y clases de quiropráctica. Si cultivaba un hierbajo, Álvaro cultivaría el mejor hierbajo de todos. No debía olvidar que aquello era un experimento. Un experimento con el que dar a Raúl una lección.

Pasaron dos semanas antes de que apareciera el primer brote. Tan solo una hebra, verde como un moco, con dos minúsculas hojas en la punta. Ni tan siquiera merecía el apelativo de ridículo. Cuatro semanas después el moco se había convertido en un tronco tan grande como un niño enano y de él colgaban hojas como abanicos. Álvaro la regaba con frecuencia, le añadía abono a menudo y la bombardeaba con audios. Matemáticas, biología, cocina, limpieza, desinfección, protocolo, modales, lengua, literatura, física, química, sexo, sobre todo sexo. Existía todo un mundo de audios destinados a las macetas en la red y Álvaro los utilizó todos. O lo intentó. Lo que no intentó en ningún momento fue leer los consejos y advertencias. ¿Gastronomía japon