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'Camino al paraíso' Relato dela autora india Rati Mehrotra, traducido por Emanuel Urrea


Las montañas eran hermosas, aun cuando los caminos que llevan hasta ahí estén destruidos. Aun cuando todo el mundo este destruido. Tara se sentó a un lado del agrietado camino, absorbiendo el sol de otoño, mirando con asombro los lejanos picos nevados. Olvidando, por un momento, el dolor en su pies y el vacío en su estomago.

“Las colinas Sivalik, niños,” dijo Anju, señalando las colinas verdes que se elevaban a su alrededor. “La palabra literalmente significa los “mechones de Shiva.” Atravesaremos el valle, y estaremos a los pies del Pir Panjal, en el interior de los Himalayas.”

“¿Podemos comer tía?” dijo Tamar. “Dejemos las clases de geografía para después.”

Una mirada de dolor invadió el rostro de su tía. Tara quería patear a Tamar. Pero estaba tan cansada como su hermano. Sería bueno descansar y comer, si es que quedaba algo para comer.

Habían estado viajando desde que Tara tenia memoria, ella y su tía Anju y Tamar, su hermano mayor. Viajar desde el campo al campamento, de ahí a una zanja, a una cabaña abandonada, llevados por los rumores de la Cruz Roja, los MSF, o el Programa Mundial de Alimentos. Los rumores por lo general terminaban siendo falsos; cuando la guerra estalló, la mayoría de las agencias internacionales de ayuda huyeron del subcontinente Indio, o por lo menos de la parte norte.

Durante las últimas semanas, desde que conocieron al extraño hombre de un solo ojo que se hacía llamar Kashif, no se habían detenido en absoluto. Anju los había guiado con un destello de fanatismo en sus ojos, en la dirección equivocada, hacia el norte en lugar del sur. Hacia el norte estaba el frente: la línea constantemente en movimiento de la AGP, más de 1900 kilómetros mortales que iba desde Gilgit en el noroeste, el Glaciar Siachen al norte y Aksai Chin en el este.

Habían mendigado sobras de comida y trocado todo lo que pudieron hasta que no les quedo nada. Fueron a pie durante la mayor parte, a veces en alguna camioneta si alguien les daba aventón, y una vez, y esta es una historia memorable, en una bicicleta robada. Tomaron un atajo por Himachal, bordearon el Rio Breas, esquivando pueblos abandonados que habían sido reducidos a basureros tóxicos a lo largo de la costa. Era extraño, todos los demás refugiados viajaban hacia el sur. Paraíso, les recordaba su tía cuando se quejaban del hambre o del cansancio. Vamos a encontrar Paraíso.

“Está bien,” le dijo Anju a Tamar. “Comamos. Pero es importante que aprendas estas cosas. Cuando tenía tu edad, estaba en noveno grado. Estudie historia y geografía y matemática.”

“Cuando tenias mi edad, las cosas eran normales,” le dijo Tamar, y Tara noto el esfuerzo que hizo para no gritar.

“No es así,” replico Anju. “Estábamos al borde de una guerra nuclear.”

“¡Por lo menos no tuviste que mendigar o robar, o matar a alguien por un pedazo de pan!”

“No mataste a nadie, era solo un perro…” empezó a decir Anju, pero Tamar dio media vuelta y se alejo caminando.

“Déjalo.” Tara tomó la mano de Anju cuando intento seguirlo. “Estará bien.”

Pero se quedo pensando en eso mientras su tía se sacaba la mochila de los hombros y abría un paquete de chapatis rancios. ¿Estará bien Tamar? ¿Acaso alguno de ellos volvería a estar bien? Aun si la guerra terminará y los soldados se retiraran de las fronteras y las Naciones Unidas les hiciera firmar otro tratado. Como si fueran niños mal portados, India, China y Paquistán. Niños mal portados y asesinos que podían quemar el mundo entero si no dejaban de jugar.

Como si pudiesen olvidar lo que sucedió en Lahore y Karachi, en Delhi y Bombay. Como si alguien pudiese entender alguna vez que había sucedido. Tres países a punto de desatar el Armagedón, cuando repentinamente cuarenta millones de personas se desvanecieron sin dejar rastro de las ciudades claves, los padres de Tara estaban entre ellos. Con el gobierno desaparecido, el comando central colapsó, y cualquier persona que tuviese el mínimo conocimiento del programa nuclear había enfrentado a un tipo de arma nueva, inimaginablemente mortífera. ¿Quién lo había hecho? ¿Dónde estaban los cuerpos? ¿Cómo era posible siquiera semejante ataque?

La furia de Dios, dijo alguien. Corea del Norte, dijeron otros. Extraterrestres, murmuro el lunático Kashif con sus labios llenos de saliva. Lo cual tenía tanto sentido como cualquiera de las posibilidades.

Lo que haya sido, había evitado que los tres países desataran la guerra nuclear, pero no había detenido los enfrentamientos en el frente.

Tamar regresó minutos después y comieron en silencio a un lado del camino, un chapati cada uno condimentado con un poco de un preciado pepinillo. El sol era tranquilo y agradable. Tara pudo oler los pinos de las laderas de la montaña, incluso pudo oír una ave cantar. Deseaba poder estirar ese momento, para hacerlo durar.

Paso muy rápido, su escasa cena había terminado y Anju se ponía de pie. “Vamos,” decía, en forma brusca. “Aun tenemos que recorrer unos doscientos kilómetros antes de llegar a Jammu. ¿No sería genial llegar antes del Diwali? ¿No sería algo auspicioso?

El destello fanático volvió a sus ojos, como si ella pudiese ver algo que ellos no podían.

#

Un día antes del Diwali, llegaron a los restos del Fuerte Bahu en el antiguo pueblo de Jammu, con los pies doloridos y hambrientos.

“Hemos llegado,” grito Anju, agitando sus brazos ante la devastación frente a ellos. “Lo logramos.”

Tara y Tamar la miraron. Su comida se había acabado hace rato, y habían estado sobreviviendo a base de bayas silvestres y plantas que Anju afirmaba que eran comestibles. La humedad otoñal y el rugido distante de las ametralladoras les habían mantenido despiertos durante la mayoría de las noches, temblando, acurrucados para mantener el calor. Tara tenía un profundo y doloroso agujero en su estomago que pensó que nunca podría llenar. Y su tía actuaba como si pronto fueran a darse un festín.

“¿Qué sucedió aquí? Pregunto Tara, mientras trataban de navegar por las calles repletas de escombros. Tiendas vacías a ambos lados de la calle como agujeros de oscuridad. Delante de ellos, el Rio Tawi resplandece ante el sol del mediodía. Un perro salvaje les gruñe desde detrás de una roca.

Anju se encogió. “Lo que sucedió en todos lados, supongo. Saqueo. Acusaciones cruzadas. Locura. Revueltas.”

“Los humanos son estúpidos,” musitó Tamar.

Anju lo miro mal. “Necesitamos cruzar el río. El nuevo pueblo está del otro lado, y ahí es donde Kashif nos dijo que fuéramos.”

La siguieron por la orilla del Tawi y se detuvieron. El puente colgante había colapsado. Se tambaleaba sobre el río revuelto, los cables cortados revoloteaban en el agua como perezosas serpientes negras.

Anju agitó sus manos en señal de disgusto. “Punto para el Comando Norte. ¿No podían haber arreglado el puente?”

“Probablemente no están esperando visitas,” dijo Tamar, pateando un piedra al río.

“No,” dijo Anju. “El Tawi es sagrado. La historia cuenta que el hijo del Rey Serpiente trajo el río hasta aquí desde el Glaciar Kali Kundi para curar la enfermedad de su padre.”

Tamar rodó los ojos y miro a Tara, ella entendió lo que él estaba pensando. Todos eran ríos sagrados, y todos súper contaminados también. Anju insistía en hervirles el agua antes que pudieran beberla.

“Sigamos el curso del río,” dijo Tara antes de que Tamar pudiera decir algo. “Quizás haya otro puente. Quizás nos dejen entrar.”

“Y quizás sea todo solo una historia,” dijo Tamar. “Si este lugar es tan maravilloso, ¿Por qué no hay nadie más aquí, pidiendo que les dejen entrar?”

“Se supone que es un lugar secreto,” dijo Anju con exasperación. “Se los he dicho cientos de veces, el Capitán Kashif no nos mintió.”

Siguieron a su tía, saltando sobre las resbaladizas rocas negras en la costa del río. Gruesas y oscuras nubes empezaron a cubrir el cielo, bloqueando el sol. Anju tarareó, sin ritmo pero animada. Tara estaba devastada. No había nada aquí más que casas derruidas y calles vacías. ¿Qué haría su tía cuando se diera cuenta?

Por lo menos tenían un objetivo, encontrar Paraíso. Era algo a lo que aspirar, aun si no era real. Le dio algo que hacer a la hermana de su madre, la última persona adulta que quedaba en su familia, además de mirar fijamente el espacio, haciendo introspección de un pasado sin esperanza. Y Kashif, aun cuando fuera un ebrio y un mentiroso, había desertado de la imaginaria Fuerza Especial de Jammu. Nadie sabía si esas Fuerzas eran reales. Kashif se había cubierto el ojo arrancado con un parche y ocultó su verdadera identidad de las personas del campamento en Meerut.

“Vayan a ese lugar,” le había dicho una noche, farfullando sus palabras, con su único ojo encendido. “Es como el Paraíso. Más que suficiente comida. Buenos doctores. Completamente seguro y normal. Todo lo que alguien pudiera desear: libros,