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Relato de ciencia ficción: 'Hallazgo inoportuno'

20/12/2017

 

El profesor Edward Brant no podía creerlo. Todos los demás miembros de la expedición estaban paralizados. Luego de quince días de excavación en el desierto de Gobi, en el suroeste de Mongolia, dieron con un hallazgo que de alguna manera no sólo cambiaría la historia de los fósiles, sino que trastocaría el mismo filamento del tiempo. —¿Están seguros que no es el frio que afecta nuestros cerebros? —La pregunta de Tommy, uno de los más jóvenes, era valedera pues estaban a -2.5 por debajo del cero en la escala Celsius. Nadie respondió a la pregunta, permaneciendo en silencio mientras observaban lo que el profesor Brant sostenía en sus manos. La tienda de campaña, bajo la cual se encontraban los expedicionarios, se batía con furia, producto de las continuas y fuertes ráfagas de viento que soplaban en el exterior. Dentro, las once personas que integraban el equipo, estaban cansadas. La expedición se había internado en una de las zonas más remotas del planeta, con un clima nefasto y cambiante. Estaban agotados. —Esto es ilógico. No puede ser cierto… ¿tenemos forma de corroborarlo?— Katya se acomodó la bufanda al terminar de hablar, tenía los labios resecos a pesar del bálsamo protector que se había untado en la boca. —¿Dónde lo encontraste? —Preguntó Mark Dillon, también profesor de Caltech y cuñado de Brant. —Ya se los dije… estaba al norte de la zona de excavación, registré las coordenadas en mi libreta. —Eso es imposible. —Intervino Burton, uno de los geólogos más reputados su campo. —¿Te das cuenta cuantas expediciones además de la nuestra han venido aquí? Y decir que encontraste esa cosa casi a ras del suelo es… es… —Sí, ya sé cómo suena ¿pero qué quieren que les diga?¬— por fin el profesor Brant dejó su hallazgo sobre la mesa de trabajo. Ni bien el objeto tocó la tabla, todos retrocedieron un paso, como si las aguas del mar se abrieran ante una poderosa presencia. —De acuerdo, de acuerdo, suponer que esto no ser una broma muy inteligente y ser verdad. —Dijo Tanya, la paleontóloga rusa, quien masticaba las palabras para hacerse entender. —Si no ser una broma (sin querer arrastró demasiado la erre) entonces ser algo único… ser descubrimiento del siglo. —Tiene que tratarse de una broma. No puede ser real. —Por fin Katya se acercó a lo que resaltaba en el centro de la mesa y lo tomó. Al mismo tiempo el equipo ahogó un grito. Todos esperaban a que explote o se abriera un hoyo negro. No ocurrió nada. Brant avanzó hasta Katya, ambos estaban embelesados con el objeto que ella tenía entre manos. Por fin Cooper, un experto en el periodo cámbrico, hizo la incómoda pregunta: —Bueno, entonces ¿qué es esa cosa? Todos se miraron unos a otros, nadie dijo nada. —Está claro que es electrónico- Burton rompió el silencio. —No tenemos… no tengo idea de que es esta cosa.-. El profesor Brant respiró profundo. Era consciente que debía guiar al equipo, sobre todo ante una situación tan inusitada como esta. —Pero usando la observación, y aunque suene obvio, remarcaré lo evidente: está claro que es muy antigua. Tiene todas las señales de deterioro por el paso del tiempo y los ciclos climáticos. Está claro que es un aparato que funciona con alguna especie de energía. Da la impresión de ser un teléfono móvil pero más avanzado (hace una pausa) construido con una tecnología desconocida. —Lo más probable es que se trate de un dispositivo electrónico que parece haber sido enterrado hace miles de años en esta zona, Edward… esa es la parte que rompe con todo… es imposible. — La voz de Mark sonaba a reclamo.- Esto sugiere algo tan improbable como… como.- el profesor Mark Dillon no pudo continuar su dialogo, es más, nadie podía moverse, hablar o pestañear. No percibieron un ligero zumbido que abruptamente incrementó su intensidad. De pronto, todos estaban paralizados, al tiempo que se abría el ingreso a la tienda de campaña. —Sugiere viajes en el tiempo, profesor Dillon… en efecto —Un hombre vestido con un grueso traje blanco que lo ayudaba a mantenerse caliente, ingresó a la tienda, rodeado de varios agentes. Todos usaban unos cascos especiales. El hombre de blanco sostenía en sus manos un pequeño dispositivo con una luz verde encendida, con el cual controlaba la emisión del sonido paralizante. La expedición no podía hacer más que contemplar impotente como los sujetos con trajes blancos acolchados y con extrañas mochilas, derribaban y destruían la valiosa investigación que tanto esfuerzo les tomó. Por fin uno de ellos toma de las manos de Katya el dispositivo. Usa una especie de escáner y se acerca al líder. —Conforme, es el dispositivo perdido. —Perfecto. Prosigan. Los secuaces desenfundaron unas barras metálicas y con la punta tocan la sien de los expedicionarios. A medida que hacían contacto, los científicos sangraban por la boca y nariz, para luego caer muertos. Edward Brant emitió un gemido. Observó como rápidamente diezmaban a sus colegas, Incluso hizo un esfuerzo titánico para advertir a Mark, pero este recibió el ligero impacto para un segundo después vomitar fluido carmesí y caer inerte. Por fin el hombre del dispositivo sonoro se acercó a Edward. —Mis más sinceras disculpas, profesor Brant. Soy un gran admirador de su trabajo, después de todo mi unidad se ocupó de que usted descubriera tan sólo lo necesario. —Mientras se acercaba al atónito Brant, continuó hablando. —Lamentablemente, uno de mis agentes perdió su dispositivo de rastreo en un viaje de rutina… un error imperdonable, pero ya tuvo su castigo. —Uno de los agentes se acerca a Brant y un segundo antes del impacto de la barra el científico pudo notar que los ojos del sujeto de blanco se cerraban y abrían de manera horizontal, como los de un lagarto…

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