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Mi delirio sobre el Aconcagua

Una colaboración literaria de uno de nuestros lectores que enmarcaríamos dentro del género de prosa poética.

 

 

 

 Yo perseguía, ciego y absorto, la noble ambición que las nueve musas le ofrecían a mi estrella novicia, famélica de magnificencia. Había concebido mi genio de aeda a la cumbre del globo; pensó en su glorioso pico de siglos, en su helenismo. Seguía estoico a mi destino. No tenía tras de mí sino los cantos eternos del éter; los centauros que ha tiempo remedaran al insólito Alejandro, dignos del canto en el idioma de Homero, dos siglos ha prefijáranme el camino. Siguiendo esas plantas que habían hollado la columna inmensa e inquebrantable de la América, se posó ante mí el majestuoso Aconcagua, atalaya del continente. Y de pie ante el Pelión de los Andes, como un pensamiento de fuego de pronto me embarga, me increpa: “Yo fui nacido, me dije entonces, para contemplar lo grandioso del Universo; me fue asignada por los Hados, sino la espada glorificada por Minerva y Marte, la pluma blanca e inmaculada como a Midas su áurico don; retengo en mi mente las obras cúlmines, imprime mi seso imágenes furtivas; el Destino me llama con sus trompas de bronce, y me guarda un solio solemne y pomposo, a despecho de mis tristes harapos. El manto de Iris será mi mortaja”. ¡Estoico soy! Y, sin manto de Iris, ni laurel, ni corona de mandar, alcé sobre mis hombros los profusos idiomas de Iberia que hablan cientos de millones de hombres y me propuse, al igual que el héroe Americano poseído por el Dios de Colombia, elevarme sobre la cabeza de todos...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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