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Relato 'El arma de un vagabundo' (Primera parte)

 

 

El recorrido en tren siempre es el mismo. Directo, seguro y rápido. Todos los días y a la misma hora un joven sube detrás mío al último momento en que las puertas permanecen abiertas. Siempre pierde unas monedas corriendo y su pelo pareciera jamás causarle problemas. Se maneja con gran habilidad al esquivar al guardia de tren, los molinetes y algún que otro peatón que sin inconveniente y sin prestar mucha atención, más de la necesaria para reconocer al muchacho, continúa ocupado en sus mentales asuntos de miradas vacías al cielo. El joven no aparenta tener más de 22 años y rebosa de una prolongada cabellera. Mi trayecto no me ocupa más de 9 estaciones de las 16 que recorre el tren durante todo el año si el servicio no es interrumpido, por alguna eventualidad, del principal ramal de la línea Sarmiento. Desde Caballito hasta mi estación no es muy bello paisaje porque las vías cruzan de provincia a capital federal como si nada, todos los días del año. Cada vagón de la línea cuenta con mínimas comodidades como ser aire acondicionado, grandes ventanas, pero poco espacio para tanto caudal de gente que a diario se someten a este viaje. Pero el muchacho siempre lo intenta y lo logra. Ya le tomamos cariño y hasta llegamos a alentarlo a conseguir su objetivo varias veces. Hablo por los pasajeros más frecuentes del tren. Es curioso pero, siempre tuvo algo que me llamó poderosamente la atención de él y nunca puedo descifrar qué. Un miércoles como cualquier otro estábamos esperándolo con un amigo al que le había comentado de su astucia y ya se acercaba el tren. Esperamos pero el muchacho no aparecía. Subimos al tren y el joven no apareció. Recién cuando se hubo movido de la estación este muchacho apareció frente al tren en movimiento, al parecer muy desorientado y con un buen chorro de sangre en su frente. En la próxima estación me estaba esperando la policía, me hicieron descender de la formación y muchas preguntas y cuando estuvieron seguros de que no podía causar daño a nadie me soltaron con un par de golpes de advertencia. Ya muy tarde para tomar el tren y también para los colectivos. Conseguí avisar a mi casa de lo ocurrido una hora más tarde y llegué casi 3 horas después. Nadie me creía sobre lo ocurrido, mi amigo quien supo ser uno de los buenos y más cercanos llamó preguntando como me encontraba y qué era lo que me había pasado, por qué me había lanzado a la cabina a los gritos e insistido que revisaran debajo del tren con tanta preocupación cuando no había nada que revisar, nada que ver. Lo más extraño es que si había sangre pero… era mía. Yo era quien se había lastimado la frente. Durante los siguientes 3 meses el joven no apareció y los pasajeros que somos habituales del servicio comenzamos a murmurar sobre su destino. ¿Acaso habría muerto y mi exasperación lo había predicho? No lo supe hasta aquel día cuando todo se volvió raro por completo y luego fue natural que lo raro no me sorprenda. Martes, 19:30 horas. La estación estaba vacía. Sospechosamente vacía y a decir verdad no había notado a nadie hacía ya un par de cuadras caminando por Rivadavia y la estación no era una excepción. Se acerca el tren desde Once y nadie aparece, solo yo que estoy con mi mochila y el viento que recorre el andén y algo de tierra. Se abren las puertas, asciendo. Tomó un asiento y en el mismo vagón solo hay una persona más, el resto del tren aparenta vacío. Siento que me llaman y volteo para prestar atención, cuando descubro al muchacho del que tanto vengo hablando. Impotente y enojado me levanto de mi butaca directamente a donde se encuentra el muchacho, el mismo solo atina a extender su mano para saludar. Atónito por su reacción y confundido lo saludo con un apretón de mano. "-mmm... Mm mi nombre es Mathias. Quiero disculparme y pedirte un favor. Si fueras tan amable..." Sus últimas palabras previas a desmayarse. Y yo, ahí, revuelto de bronca porque pude encontrar al culpable de mis nervios y la humillación que pase por estos últimos 3 meses y también absorto entre reaccionar de una u otra forma: ¿ayudarlo o no?. Terminé ayudándolo. Lo levanté y bajé del tren, bajamos en Haedo y no podía ver a nadie más. Grite en vano por auxilio, cosa que cualquier otra persona hubiera hecho por un desconocido que solo se acerca a pedir un favor y se desploma ante uno. Solo un nombre y el deseo de pedir un favor. Qué clase de favor tenía preparado este muchacho y por qué se viene a desplomar conmigo, antes de mi destino, sin gente y sin razón aparente. Tal vez sufrió un traumatismo o lo golpearon o tiene alguna condición médica que estaba manifestándose justo cuando quiso habl... ¿O quizás ese era el pedido? ¡Estando consciente de su condición sabía que tenía poco tiempo y no logró decirme todo sobre su enfermedad a tiempo! No lo sabría con exactitud así que decidí quedarme con él y no dejarlo a su suerte en la estación. Despertó poco después. -¡¿Me podes explicar que carajos te pasó?! ¿¿Y qué papel cumplo yo en tu vida?? ¡Digo! ¡¡¡Porque pareciera que soy importante ya que, siempre me terminan involucrando en algo raro y "OH CASUALIDAD" siempre soy yo!!!. La mirada que posé sobre él creo que fue rotunda e intimidante. -Como ya te dije, (un profundo suspiro lo dominó unos segundos antes de contestar) mi nombre es... -Si, si. Mathias lo escuche antes de que te desmayaras en frente mío en el tren, por eso bajamos. ¿Pero qué pasa conmigo, y por qué me seguís tanto y siempre me terminas envolviendo en medio de una situación complicada o que nadie me cree? Se me hace imposible que alguien crea en mí cada vez que me cruzo con vos. -Bien, no sé por dónde comenzar y si vas a creerme. Si estás preparado para escuchar una larga historia puedo explicarte mejor mi interés en vos. Vos decidís. (Fin de la primera parte)

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