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Relato de fantasía 'Alas de seda'

06/01/2018

 

 

No hay magos ateos por la misma razón que no hay magos creyentes. No necesitamos la fe ni el pragmatismo más básico, para valernos del factor numinoso inherente a la realidad misma más inmediata. Ahora bien, no somos ajenos a los devaneos intelectuales y morales de los reinos, por lo demás, íntimamente ligados a un ente ficticio sin templo alguno, al que llamamos, Moda. Así pues, nos vemos obligados a adoptar las formas y poses más adecuadas a la sensible nariz de los comunes.

 

Jadira Claro de Luna; Cómo Hablar Y Actuar Sin Terminar En La Hoguera

 

 

Jadira cerró el libro “Crisopeya, Origen Legendario de la Energía Universal” y observó con aire distraído en el reloj de luz imbuida, que pronto sería la hora del basilisco, y las puertas de la sastrería Alas de Seda, se cerrarían hasta la mañana del día siguiente. Jadira era su propietaria, una mujer joven que apenas sobrepasaba la veintena, de ojos grandes y negros al igual que su espesa melena que le caía en cascada hasta la curva de la cintura, y su piel era del color de la oliva en primavera. Todo el mundo en la ciudad de Veln coincidía en que era hermosa, no le faltaban pretendientas y pretendientes, pero a todos rechazaba con una amplia y resplandeciente sonrisa, aunque nunca sonreía con la mirada, y eso era suficiente para ahuyentar a cualquiera a veinte kilómetros a la redonda, y si con eso no bastaba, siempre podía usar alguno de sus propios inventos mecánicos para la autodefensa, que guardaba bajo el mostrador y la trastienda, todos ellos, recuerdos que se había llevado de su época como estudiante en la artefactoría de Veln, lugar del que tuvo que huir por ser considerada una hereje en cuanto al uso de la tecnología se refería, y a los fondos de que disponía para sus trabajos, en particular. Pero no le iba del todo mal, pues con la venta de su último invento, (una tinaja capaz de conservar el vino a una temperatura óptima incluso bajo el calor más abrasador) había conseguido suficientes beneficios como para abrir su propia sastrería, un establecimiento que hacía las veces de tapadera para la producción de productos más lucrativos, aunque sin la licencia de la artefactoría, por lo que su venta dentro de los muros de Veln era ilegal. Pero vivir en los bordes de la legalidad no era algo inusual para Jadira.

 

 

Antes de que la campana de la puerta de Alas de Seda sonara, un saquito de cuero con piedras telúricas, vibró en el cinturón de Jadira. Alguien se acercaba justo segundos antes de cerrar. No le sorprendió, pero aun así, aferró con su mano izquierda el siervo de lino; un ingenio pergeñado por ella misma que consistía en una delgada tira de cobre unida mediante crisopeya a un sistema de autodefensa y control mental ligado a la conciencia de Jadira. No era algo que hiciera con todas sus visitas, pero el saquito sólo vibraba cuando se acercaba más de una persona.

 

Cuando su visita llegó, no mostró ninguna emoción, y aunque sus ojos no denotaban ninguna simpatía por los recién llegados, les obsequió con su sonrisa más encantadora.

 

Por el umbral de la puerta entró un hombre corpulento vestido con trozos de cuero remendado y restos de cota de malla; al cinto llevaba una pesada espada de hierro y sobre su espalda se balanceaba una basta capa de lana roja. Iba flanqueado por otros dos compañeros, ambos de rostro nervudo cubierto de cicatrices, y vestidos con sencillos jubones anticuados de tela acolchada sucia y desgastada; no llevaban espada, pero sí, dos lanzas acabadas en dos básicas, pero sin duda eficaces, puntas de obsidiana.

 

"Mercenarios" -pensó Jadira- "la artefactoría por fin ha decidido barrerme de Veln"

 

     ––No me importa cuánto os han pagado, doblaré la cifra si volvéis y les enviáis el mismo mensaje que teníais preparado para mi.

 

Jadira colocó un pequeño saquito de tela tintineante. Su sonrisa seguía siendo radiante. Su mano izquierda aferraba el siervo de lino.

 

     ––Veinte ducados y cinco orzas.

 

Sus invitados permanecían quietos como estatuas. Los dos que iban tras el más grande, observaban la bolsa, pero el hombre de la capa roja, no apartó la mirada de Jadira mientras deslizaba su mano derecha sobre el pomo de la tosca espada.

 

     ––Has cabreado al pez más gordo del estanque...hay que ser imbécil.

 

Jadira esperaba ésa reacción desde que entraron. No era la primera vez que trataba con un mercenario, y sabía distinguir a los que se podía ofrecer alegremente una contraoferta, y este era no era uno de ellos. Este era de los que te mataban llevándose los dos pedazos del pastel.

 

Ya había logrado acrecentar su conciencia con los amplificadores ligados al siervo de lino. También había introducido dos semilleros de turbias ideas en la pobre mente del mercenario hacía un buen rato. Solo esperaba que hicieran efecto lo antes posible. Si funcionaba a la perfección, no tardaría en cambiarle el nombre al sistema de defensa por algo más comercial.

 

Los dos lanceros, observaban a su jefe, expectantes y un tanto decepcionados, pues aún no había rajado a la dependienta desde el hombro hasta la cadera, y lo que era peor, no se estaban repartiendo las monedas del abultado saquito de tela roja. Pero en lugar de aquella escena que les era tan familiar, solo vieron cómo la espalda cubierta de lana roja del mercenario se giraba lentamente con el rostro inexpresivo. Este desenvainó su pesada espada, y sin vacilar y sin dejar tiempo de reacción, abrió el torso de ambos hombrecillos, cubriendo la alfombra de la entrada con sus vísceras. Luego se giró lentamente encarándose de nuevo a la bella dependienta, que ahora sí sonreía también con la mirada; más por el éxito de su invento, que por la muerte de dos de sus verdugos.

 

     ––Ya sabes lo que tienes que hacer ––le dijo Jadira en un susurro.

 

El mercenario, colocó la espada frente al cuello descubierto aforrándola por ambos extremos, por la empuñadura y por el filo, haciendo que la mano que estaba en contacto con el hierro chorreara sangre. Acto seguido hundió la espada en la garganta. No emitió queja ni sonido alguno. Se mantuvo un rato de pie, mientras el líquido rojo manchaba su torso cubierto de cuero y anillas.  A Jadira le resultaba desagradable de ver, aunque no sentía lástima de él. Notó, debido a la breve vinculación psíquica, cómo la entumecida consciencia del mercenario se disipaba haciendo que su cuerpo cayera sin vida como un muñeco de trapo, reuniéndose en el suelo con sus dos compañeros.

 

Jadira dejó de aferrar el siervo de lino. Suspiró y relajó su entrenado rostro. Tendría que marcharse de la ciudad. Se llevaría todo el dinero de que disponía en efectivo, que era poco más de lo que había ofrecido a los mercenarios. Suficiente para un pasaje en barco a primera hora de la mañana, comida, imprevistos típicos de un viaje largo, y quizá, si administraba bien el dinero, tendría para costearse alojamiento una semana en algún lugar barato. Se llevaría consigo el siervo de lino. Era la mejor garantía que el presente le ofrecía, para comenzar de nuevo lejos de Veln, aunque todavía no había encontrado un buen nombre para su utilísimo invento.

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