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Relato 'Una noche del siglo XIX'

01/02/2018

 

 

 

 

Faltaba poco para que anocheciera y en el pueblo, situado en medio de montes, las personas aprovechaban los últimos instantes de luz natural para terminar de cenar, concluir sus actividades o preparar sus lechos. Algunos hombres de sombrero de paja y botas, con ayuda de sus perros flacos, acarreaban a las ovejas y vacas a los corrales, mientras que las mujeres les ordenaban a los niños que dejaran de jugar en la tierra y ya se metieran a la casa o recogían la ropa tendida. En la distancia se podía ver a un hombre caminando entre la siembra y a otro que venía montado a caballo por el camino que llevaba a la ciudad. A las afueras de una de las humildes casas de tabique y lámina, algunos hombres, que tal vez no madrugarían al día siguiente para la cosecha o que tal vez no les importaba el desvelo ocasional, habían hecho un fuego y bebían aguardiente mientras platicaban de los viejos tiempos o cantaban corridos acompañados de una guitarra desafinada. Los grillos y las ranas, sabedores de la inminencia de la oscuridad, ya empezaban a llenar el ámbito con sus ruidos, y algunas luciérnagas ya danzaban entre los árboles con sus colas luminosas. Pronto apareció venus, destellando a lado de una luna llena que poco a poco ganaba brillo, y luego, conforme el sol desaparecía en el final de la Tierra, uno a uno, los demás astros también surgieron. Las nubes, casi estáticas y como embarradas con una espátula en la bóveda celeste, pasaron del naranja al dorado, y del dorado al rojo, y del rojo al violeta hasta que, finalmente, aquella iridiscencia se apagó y le dio paso al azul oscuro, casi azabache, de la inminente noche. Fue entonces que una sacudida fuerte y casi fugaz hizo vibrar el valle. La gente abandonó sus lechos o sus actividades y salió de sus casas. Las pobres gallinas, ya a mitad de su sueño, brincaron y cacarearon en los gallineros. Los perros se levantaron y, uno por aquí y otro por allá, empezaron a ladrar. En los alrededores se oyó un murmullo provocado por las aves, los centenares de aves que abandonaron sus nidos e inundaron el cielo como sombras negras de múltiples tamaños. Los hombres que bebían se miraron entre sí, sin atreverse a preguntar si alguien más había sentido la vibración y creyendo que había sido producto de su imaginación alcoholizada. Un par de minutos después de la primera sacudida, ocurrió una segunda. Aquellas personas que no habían salido de sus hogares porque no habían sentido la primera o porque no le habían dado mayor importancia, ahora sí lo hicieron; los perros que no habían ladrado, ladraron con temor e incluso aullaron; el resto de animales que había permanecido indiferente, abrió los somnolientos ojos y miró alrededor; y la fiesta de las ranas y los grillos enmudeció. Dos minutos después llegó otra sacudida, ésta más potente, o al menos así lo percibieron algunos pobladores. Entonces empezó el murmullo entre la gente, las supersticiones, el temor y los abrazos. Con la cuarta sacudida, ya bajo un cielo constelado, se escucharon lamentos y los primeros rezos, las primeras súplicas a Dios acompañadas de rosarios. A la quinta sacudida, evidentemente más fuerte que las anteriores porque incluso algunos pobladores perdieron el equilibrio, ya había llanto de mujeres y niños, y animales que corrían en círculos alborotados dentro de sus corrales. Y cuando se produjo la sexta sacudida, acompañada de un eco distante que parecía surgir de todas partes, alguien vio, más allá de los montes oscuros recortados contra el cielo, algo como una enorme sombra, algo más oscuro que la noche misma, algo colosal que se movía lentamente. La mano del poblador señaló aquello y su voz temblorosa les avisó a los demás. La sombra gigantesca parecía tener dos piernas, un torso con la forma un de diamante invertido y alargado, dos largos y delgados brazos que si los estiraba sin duda alguna alcanzarían a la luna del cénit, y una cabeza con al menos una quinteta de cuernos. Una de sus piernas, que estaba ligeramente elevada, descendió y a los pocos segundos la tierra vibró y el eco absoluto se escuchó otra vez. Las familias se abrazaron con fuerza e instintivamente retrocedieron unos pasos. Entonces aquello giró su cabeza y los pobladores vieron lo que, sin duda alguna, eran un par de ojos: dos bolas de fulgor amarillo que parecía miraba en su dirección. El asombro dejó petrificados y con la boca abierta a los pobladores. Pero cuando de la parte posterior del espectro colosal pareció salir un enorme chorro de humo o vapor y en el ámbito se escuchó algo parecido al sonido que hacen las ballenas bajo el mar, algunas mujeres se desmayaron, otros retrocedieron varios pasos y terminaron tropezando y unos más ya entraban a sus casas, tomaban sus pocas cosas de valor y preparaban a los caballos para huir del valle. Pasaron unos minutos más y los pobladores, ajetreados con su fuga, ya no prestaron atención a las vibraciones ni a los ecos que fueron disminuyendo en su intensidad. Pero cuando estuvieron listos para el éxodo, cuando incluso algunos ya estaban en el camino a la ciudad, alguien volvió el rostro a los montes y no vio al gigantesco ser, en su lugar sólo vio cielo calmo y estrellado. Al día siguiente, aquellos que fueron a la ciudad, platicaron en las cantinas, en la iglesia o en el mercado lo que habían visto la noche pasada. Pero nadie les creyó y sólo se ganaron burlas. Al regresar al pueblo, cabizbajos y pensativos e incluso dudando de la veracidad de lo que ellos mismos habían visto, oído y sentido, aguardaron, como los demás, a que llegara la terrible noche. Las familias estaban reunidas al interior de las casas, con veladoras encendidas y los rosarios empapados de sudor entre las manos temblorosas, adelantando las suplicas y rezos a Dios, observando desde el umbral de la puerta en dirección a los montes. Y al oscurecer, al llenarse el cielo de estrellas y los alrededores de los sonidos y destellos nocturnos de la naturaleza, todo fue tranquilidad en el valle.

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