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La semilla del vacío

20/02/2018

 

 

La oscuridad cubría el entorno, el camino de delante y el que dejaban atrás, lo inerte y lo vivo, sus miedos y confianzas; lo envolvía todo. Nerius logró encender la linterna acoplada a su desgastado casco dieléctrico. Tras parpadear un poco, el destello alumbró un amplio tramo de la roca negra que formaba las paredes y el suelo de aquella caverna. -Salgamos de aquí, viejo - dijo Fabio, soltando la cuerda de carbonio que utilizaron para descender a aquel abismo - pensándolo bien, ya no quiero encontrar esa cosa. El otro extremo de la cuerda se encontraba tan arriba que la luz tenue del exterior apenas iluminaba medio camino del descenso. -Si lo encuentran, darán con el ladrón y nos enviarán al foso por una semana - contestó Nerius mientras intentaba ubicarse sobre el terreno estriado para poder seguir avanzando - O, peor aún, nos enviarán al Disco. -¿Que tan malo puede ser el Disco? - sugirió Fabio, quien ya tenía encendida su linterna e intentaba limpiar su mono de cuero sintético que, de por si, era sucio naturalmente - Al menos ganas mogollón de créditos, alimento orgánico y tienes a tu disposición motivadoras atractivas de la especie que quieras. -Si, seguro que un tío gordo desmayándose de pánico en medio de la arena, y un anciano con problemas cardíacos darían un gran espectáculo. Un rastro de aceite verdoso y brillante, característico del fusel refinado, formaba una estela, que se extendía por el suelo rocoso, adentrándose en las profundidades de la cavidad subterránea. -Prefiero morir allá que en este agujero - balbuceó Fabio, siguiendo a su compañero desde la retaguardia. -¿Le tienes miedo a la oscuridad? El viejo Nerius había intentado disuadir a Fabio de no entrar en aquel oscuro lugar desde el alba, pero el hecho de estar rodeado de roca vítrea era evidencia suficiente de su rotundo fracaso. -Ya estamos aquí. Así que, encontramos ese trasto y nos largamos - sentenció Nerius, expresando su enojo entre las arrugas de su frente y su ceño fruncido. Nerius Loh' era uno de los obreros más experimentados de la colonia minera, Galatos Fern, ubicada en el sistema Traciat. Desde que se conocieron, Nerius se convirtió en un mentor para Fabio, quien no ostentaba un nombre patrónico: los nombres posteriores que se heredaban directamente de los padres. Nerius le permitió usar el suyo, como si de su propio hijo se tratara, al compadecerse del joven ex-convicto que jamás había tenido una familia que velara por él. Siempre intentaba aconsejarle para borrar de su cabeza ideas descabelladas como la de escaparse de la colonia, por ejemplo. Y es que toda una vida trabajando en las minas de zarqún: un mineral bruno de alta demanda en el sistema local y el Magno Forum Siderea, había dibujado una marca de resignación imborrable en los deseos y aspiraciones del anciano. -Debería delatarte con el capataz, es mi deber como supervisor - dijo Nerius, iniciando el sermón respectivo del momento - ¿recuerdas como castigan a los ladrones? Por más que intento cubrir tu comportamiento, no puedes evitar hacerlo todo cada vez más difícil. ¿En que estabas pensando? -Pensé que podía intercambiarlo - confesó Fabio sin ganas de discutir - por un pasaje al Sector Capitolio. El espacio se reducía a medida que avanzaban, lo que asustaba aún más al joven. -Me lo temía... - susurró Nerius - nunca debí contarte nada sobre él. -Pero - balbuceó Fabio - tu hijo lo logró, ¿cierto? -Lo logró, pero él nunca escapó. -¿Entonces? La linterna de Nerius parpadeó por un instante, pero volvió a la normalidad tras un leve golpe propinado por sus manos enguantadas. -Era bueno con las máquinas - añadió Nerius, con pesar, como si le costara hablar sobre el tema - le ofrecieron una oportunidad, los tíos de los trajes caros... y se fue. -Pues, lo siento. -No lo hagas - sentenció Nerius - solo, deja de buscar problemas. Un estruendo irrumpió en la estancia. Fabio sintió como el suelo se había sacudido durante unos segundos. Nerius notó la expresión de terror en el rostro del joven. -¡Muévete! - exclamó Nerius - pensé que ya estabas acostumbrado, ¡los he vivido durante ciclos! Fabio intentó disimular su terror y, a regañadientes, continuó su camino apresurando el paso. Pronto, se toparon con un arco rocoso que hacia de entrada a una recámara más amplia. La linterna de Nerius comenzó a parpadear de nuevo. Justo delante, el pequeño droide doméstico que buscaban yacía en el suelo destartalado, en medio de un gran charco de fusel. -Quedó inservible - dijo Fabio El anciano estuvo a punto de hacer un comentario cruel sobre la situación, pero se dio cuenta que los ojos de Fabio estaban humedecidos. Nerius decidió permanecer en silencio y percibió algo de pesadez en el ambiente, algo inquietante; ambos lo sentían de alguna forma. Quizás solo era el aspecto sombrío y el sosiego que reinaba en el lugar, pues estaban acostumbrados a trabajar en cavernas completamente iluminadas con maquinaria pesada trasladándose de un lado a otro. Aquel agujero se hallaba en una zona no explorada de la colonia, a unos cuantos metros de la valla que rodeaba la Estación de Labores GF7, donde se encontraban los yacimientos en actual proceso de explotación. Aunque el Departamento de Producción Minera instalado en el sistema local poseía abundante cantidad de recursos a su disposición, estos recursos lograban destinarse solo a explotar áreas limitadas porque era imposible coordinar la extracción de materia prima de un planeta entero, a la vez, con eficiencia. Esto se debía a que la mano de obra y demás recursos se proyectaban también hacia otras actividades de producción, como la agricultura, la explotación de hidrocarburos, la manufactura, entre otros muchos activos que armaban el colosal aparato de producción y mercado de la Federación Portadora Intergaláctica. Mientras que Fabio recogía los restos del droide con resignación, Nerius exploraba la amplia recámara. Algunas vetas de zarqún y tiberio: un mineral de color cobrizo, sobresalían de las paredes y el suelo. Al fondo, una abertura medianamente grande, en el suelo, daba acceso a secciones mucho más profundas del subsuelo. Nerius prestó oídos a un leve zumbido que aumentaba de intensidad a medida que se acercaba al agujero, acompañado de lo que parecía un hilo de humo negro disipándose en el aire; como gases combustibles expulsados por un géiser. Al acercarse, logró echar un vistazo a lo profundo y admiró una representación exacta de la garganta de una bestia, esperando engullirlo todo. De pronto, percibió que algo se movía sutilmente cerca de un pedrusco de dentro del hoyo, como si ese algo intentara ocultarse del destello de luz artificial proyectado por la linterna. Justo cuando el anciano divisó lo que parecía ser la mano de un cadáver, asomándose entre las rocas, la linterna se apagó. -¡Aparatos inservibles! - exclamó, golpeando su casco una y otra vez. Fabio tenía su calva expuesta mientras el casco que solía taparla reposaba sobre el suelo. El joven sudaba como un trozo de carne grasoso sobre fuego. Al finalizar la recolección de las piezas del droide, se levantó, se colocó su casco de nuevo y apuntó la linterna hacia donde se encontraba su viejo compañero. En ese instante, un escalofrío recorrió su espalda, al observar una figura de lo más extraña, reflejada en la pared de roca, sacudirse agresivamente. Nerius retrocedía lentamente intentando figurar que era lo que se manifestaba frente a él. -Nerius... - balbuceó Fabio, aterrado. El anciano no se inmutó, ni siquiera movió una sola hebra de sus cabellos plateados. Entonces, una entidad incorpórea surgió desde el boquete del suelo; una masa de la que emanaba una bruma que consumía todo rastro de luz a su alrededor. Seguidamente, un cadáver inerte, en avanzado estado de descomposición, se asomó por la boquilla del mismo agujero; este parecía estar atado a la sombra, sin poder desprenderse de ella. La entidad sombría se movía abruptamente y arrastraba el cadáver consigo por el suelo, como una baratija, a medida que avanzaba. El rostro de Fabio se palideció. Un hormigueo invadió su cuerpo mientras observaba aquella abominación en estado de conmoción. Nerius giró en dirección a la salida en un intento de huida tardío, pues, casi al instante, las sombras envolvieron su cuerpo como ataduras, dominándole. En medio de gritos de temor, una masa oscura comenzó a introducirse por las cuencas de sus ojos, sus fosas nasales, sus oídos y su boca, silenciándole en el acto. Entonces, los brazos del anciano, ahora prisionero, se alzaron lentamente a nivel de su propio cuello y sus manos comenzaron a apretar la piel, los músculos y su tráquea, con fuerza durante un minuto, sin vacilar, estrangulándose a si mismo en el acto. Fabio comenzó a correr hacia la salida, tras dejar caer al droide destartalado en el mismo lugar donde lo habían encontrado. Mientras tanto, el cuerpo sin vida de Nerius se arrastraba por el suelo, atado a aquella entidad oscura que acababa de reclamar un nuevo huésped. Pronto, Fabio arribó al lugar donde se encontraba la cuerda de carbonio y sus manos comenzaron a sujetarla mientras sus piernas escalaban la roca. Intentaba con desespero no mirar hacia abajo, solo mirar en dirección a la salida. Sentía que algo le apretaba los pies, halándole con fuerza. Sus brazos se cansaban, su cuerpo estaba agotado, su mente mucho más. Podía escuchar el sonido del cadáver de su amigo arrastrándose por las paredes de roca. La luz de la linterna del casco se sacudía de un lado a otro y destellaba en sus ojos, cegándole por momentos. Tras tambalear un poco, el casco resbaló de su cabeza sudorosa y cayó al vacío. La salida estaba cada vez más cerca, Fabio alcanzaba a ver la luz del exterior. Sentía como algo le sujetaba de las piernas cada vez más fuerte, pero no se atrevía a mirar. En un último esfuerzo, se colgó de la cornisa cercana a la salida de la caverna. Sus brazos, temblorosos de cansancio, le levantaron, y logró reposar en terreno plano, pero sus piernas seguían atrapadas. Una vieja lámpara, llena de aceite de fusel, ardía, colgada de un poste cercano. Las manos magulladas de Fabio rasgaban la roca intentando avanzar a rastras hacia la salida, que estaba justo frente a él, pero su fuerzas flaqueaban. Otro estruendo sacudió el lugar. El suelo tembló más fuerte que la vez anterior, y la anilla, que sostenía la lámpara cercana, se soltó del poste y cayó al suelo, regando el combustible sobre la roca. El aceite ardiente se deslizó hacia la cornisa y las lágrimas de fuego comenzaron a caer al vacío, quemando la cuerda de carbonio en el proceso. Un rugido agudo y aterrador hirió los tímpanos de Fabio, logrando proyectarse hacia el exterior de la caverna. Fabio, por fin, logró liberar sus piernas y aunque trastabillaba un poco, le era posible seguir avanzando. En las afueras de la caverna, el aire de la superficie se sentía como una caricia en sus mejillas, pero estaba exhausto. Solo logró avanzar unos metros hasta perder el conocimiento, mientras divisaba las figuras borrosas de algunos colonos, a los lejos, acercándose a su posición con luces de linterna y faroles en mano.

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