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Daialae (Relato erótico)

18/03/2018

 

 

 

 Nuestra prinera cita fue un orgasmo. Un orgasmo revuelto entre la más delicada sinfonía romántica o trágica, clásica; una así como las composiciones de Bach o Beethoven, o una exquisita mezcla de ambas; como un bebé recién nacido disperso entre nuestros brazos. Cubriendo al engendro con los ropajes en posesión maldiciendo al unísono: es mío, es nuestro. Eres mía, soy tuyo. Así sucedió. La vi y perdidamente acabé oliendo su ropa interior, abasteciéndome de su calentura y excitación. En esa primera cita nos amamos tanto que no necesitamos más que un primer intercambio de miradas lascivas y una única oportunidad, para follarnos en el aparcamiento desértico de donde nos encontrábamos. Para el segundo día en el que nos vimos, comprendimos que era excusa suficiente como para que fuéramos a tomar unas copas por ahí. Un whisky para mí, nueve chupitos de absenta para ella. Ambos sabíamos que tenía un relación tóxica con el alcohol, pero a mí me importaba menos que a su presunto alcoholismo, y menos que a ella. Pues disfrutaba de su bebedero con confianza y descontrol. Hablamos durante horas -o eso creí yo-, sobre lo que nos gustaba uno del otro. Tres de cada cinco veces que abría -yo-, la boca, era para admirar sus labios. Y lo que me gustaría besarla en ese momento, llevarla al baño del bar, y follarle, -la boca-, allí mismo. O aquí, delante de todos los que compartían sala con nosotros para que sintieran la mayor envidia por tener a alguien a mi lado capaz de desnudarme y desnudarse sin vergüenza. Ella respondía con la pregunta tan sencilla de: y... ¿por qué no lo haces? Pero entonces me quedaba en blanco y sólo mantenía mis pupilas impactando sobre sus pequeñas tetas, y de gran vestimenta escotada. Le encantaba llevar esos escotes que dejan verse todo el pecho. Al tenerlas pequeñas, podía permitirse 'mostrar' más debido a que no se le saldría ningún pezón; lo cual tampoco hubiese importado -a mí-. Al final de la noche terminamos; de nuevo, empotrándonos mutuamente en las paredes del primer motel que vimos a la distancia. Nos daba igual dónde follar, sólo queríamos follar. Uno con el otro, hasta fundirnos como el ácido en carne virgen. Ya era nuestra tercera quedada. El tercer día desde que nos conocimos en aquel prostíbulo. ¿Dónde la llevaría ahora? Estaba casi sin ideas. La desperté, y le dije que nos fuéramos de aquel hotel, que me sentía mal y necesitaba volver a casa, con ella. Se me quedó mirando como si yo tratase ser una especie de espejismo difuso llenando la habitación de una confusión sin igual. Pasaron varios minutos mirándome, y yo mirándola a ella. Ninguno de los dos decía nada. Hasta que algo entre nosotros ocurrió, y vi un fuego cubriendo ambas auras al mismo tiempo. Un fuego ardiente, amarillo, rojo, naranja, palpable, visible. Y ella se echó a llorar. Y mientras derramaba hermosa lágrima alguna -las más bellas que jamás observé en alguien-, me dijo que me quería. Que me quería mucho. Dime tu nombre, exigí. Daialae, respondió por primera vez con voz ronca y sumisa. Era primera hora de la mañana, y estábamos de resaca. Sobre todo ella, Daialae. Tan hermoso nombre... para tan hermosa mujer. Nunca le agradecí el que me lo dijese, y tampoco externelicé la de sensaciones que este me provocaba. Me recordaba a la Dalia Negra, pero a diferencia de que mi Daialae no soñaba con la fama cinematográfica. Daialae no era actriz, ella era transparente, natural. Pareciese ser una mágica obra de arte del romanticismo victoriano con aspecto quejumbroso y destartalado. Por dentro era bella. Muy bella. Y qué me váis a contar a mí, si yo la vi por dentro, y me abrí camino hacia su intimidad más la mía perversa. Así fue entonces, para nuestra cuarta cita. La última vez que la vería después de arrancarle toda su piel y observarla desde dentro, hacia todavía más adentro. Su dermis y epidermis, blanca, rosa, de vellos claros casi invisibles; esa carne tan deliciosa que saboreé largo y tendido haciéndonos gritar de placer en silencio, -ella no guardaba tanto silencio-, fue la vez que más gozó. Lo sé. Me gritaba al oído con rabia, amor y delicia cuando metí todos mis dedos en su interior, dilatando el cuerpo directo al corazón, y cubriendo la cama de mi habitación con sus fluidos; y cómo describir el tacto de su vida entre mis manos, palpitaba sin censura hasta penetrarla por completo evitando una futura sutura en su pecho. Y arrancándole la vida, que por entera que fuera, conmigo siempre estaba partida. Pero ya no me gemía, no me gritaba, no me gozaba. Su latir se esfumó. Su pálpito cesó. A partir de esta cuarta cita nuestro culmen se disparó y disipó a la par. Y es por eso que ya no la volví a ver: la metí en mi coche, y la llevé hasta su hogar. Se quedó en la escalera del portal, mirándome con ojos muertos, con vientos de sentencia, dolor y horror. No la tocaré otra vez, pero aún así siempre guardaré su corazón. Sosteniéndolo al igual que a un bebé que llora y sonríe entre mis brazos. Como una oda a Bach. O una poesía escrita a Beethoven. Daialae, mi orgasmo sin pálpito.

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