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'La tienda de la nostalgia'

 

Toda mi vida la he dedicado a la historia, era mi vida y mi trabajo. Había estudiado para ser historiadora, y aquella tienda perteneciente a mi familia, me había enamorado.

La tienda custodiaba toda clase de maravillas. Mi perdido marido y yo recorrimos el mundo entero en busca de dichos tesoros, cambiándolos por otros tantos, ofreciendo clases, pagando el precio justo y a veces un poco de más. Atesorábamos desde el manuscrito en latín de un ditirambo, el cincel de algún copista romano, restos de un vitral de la catedral de Notre-Dame de París hasta un boceto chamuscado de Boticcelli, un daguerrotipo de Degas, la apacible máquina de escribir de Hemingway y el pentagrama original de una composición de Piazzolla. ¿Por qué la llamábamos tienda de la nostalgia? Fuera de la tienda todo era tan inhóspito que nos hacían volver a una vida pasada tal vez, a hilarantes momentos de la humanidad, sitios en los que habríamos dado lo que fuera por estar; pero que sólo conocemos por los libros de historia y los cuenteros que aún quedan. La magia de cada objeto de la tienda era el recuerdo de los sacrificios de algunos, para otros las más grandes maravillas, para mí la nostalgia, la sed de conocimiento, el camino de mi vida entera. Era la nostalgia de esos objetos, la que llenaba mis ausencias. He "mochileado" por el mundo en busca de aquello que me enamora, los sentimientos que cada uno de ellos encierra en lo profundo de su corazón de objeto. Las travesías en busca de mi alma eran mi mejor compañía. Mi extraviado esposo era un objeto más de la tienda, pues en busca de su propia alma decidió entregarle su corazón al único objeto que, relataba él, se había robado su amor: una vieja vitrola con la que tarareaba las más bellas canciones de amor. Un par de nostálgicos enamorados de objetos, éramos nosotros.

 

Aventurándonos en ésta loca aventura de la historia olvidándonos uno del otro. Yo enterré su alma en la máquina de escribir en la que tecleaba, como si fuera un piano, idilios utópicos y él por su lado me tatuó en las letras de amor que recitaba junto a su vieja vitrola. Éramos la alquimia de un amor que ya pasó.

Ninguno de los dos pensaba en el día en el cual alguien entrara por la puerta y preguntara por aquel par de objetos que poseían sus almas.

 

"¡Ring!"- sonó el tétrico timbre de la tienda.

 

-Nostálgicos- escuché una femenina voz tras el timbre- Busco una vitrola modelo VV-XI-

Me entró una friolenta sensación en el cuerpo, ¿acaso éramos la única tienda que tenía una vitrola de ese modelo?

 

 -¡Una como esa!- dijo señalando de manera brusca y emocionada aquel objeto en el cual mi marido había encerrado mi alma.

 

-Señora, si decidiera venderla, le estaría vendiendo mi alma, el único recuerdo que le quedó a mi esposo de un matrimonio que alguna vez ocurrió.

 

 -Estaré dispuesta a remunerarles toda la búsqueda que les llevó para obtenerla.

 

 -No lo entendería, no la buscamos. Simplemente llegó.

 

 -Ofrezco lo que ustedes pidan.

 

-Al llevársela se trasladaría mi persona con usted. No una grata compañía, debo decir. Se llevaría la nostalgia del mundo. Lo único bueno que aguardó la vieja vitrola fue la poca belleza que un día tuve, cuando era más persona y menos letras sin lector.

 

- Es un recuerdo de mi infancia, pagaré el precio justo y más si es necesario.

 

En ese momento solo lograba pensar en cómo mi marido observaba la vieja vitrola, en la apacible mirada que mantenía cuando la limpiaba. La mujer debía tener algo de razón, él solía decirme cuando apenas me empezaba a enamorar: "Emilia, Emilia mi cajita de música, tu cuerpo es como un piano y tu risa es melodía" -Déjeme preguntarle a mi marido, consultarlo con él, le estaría vendiendo mi supuesta alma y el amor que le tiene él.

 

-Con gusto, supongo que es un poco complejo tomar esta decisión, le dejaré mi número para cualquier cosa que se presente. Un gusto. Hasta luego. -Hasta luego.

Al salir la mujer me dispuse a arreglar unos viejos acetatos, limpié el polvo de las vitrinas, bailé un poco con la escoba, me creí cantante con las guitarras y jugueteé con las maravillas nostálgicas de la tienda y olvidé por completo el asunto de la vitrola. Hasta que llegué a ese viejo objeto.

 

-¡No la toques!- gritó Isaías - Sabes que me gusta limpiarla a mí.

 

-No entiendo que significa esa vieja vitrola para ti- le contesté de manera brusca.

 

-No es solo una vieja vitrola. Es importante para mí. Yo solía llamarte cajita de música, ¿lo recuerdas? Y lo seguías siendo, pero una vez empezamos a viajar dejaste de mirarme de la misma manera en que veías una maravilla literaria, mirabas con más agrado tu vieja máquina de escribir, en la que relatabas magníficas historias de amor, yo ya no era tu protagonista.

No comprendo qué cambió, sabías cómo era, conocías mi pasión por la literatura, la escritura, la historia.

 

-No te das cuenta... Antes de viajar yo era tu historia, tu literatura, tu poesía. Igual que tú hice mis cosas, una vez ya no fui tu literatura, tú no eras mi música. Sin embargo, aunque mis letra ya no eran para ti, esa "vieja vitrola" como tú la llamas siempre me trajo tu recuerdo, reviviendo buena música, buenas letras.La llamo “Emilia”, porque al igual que tú lo eras, es mi cajita de música.

No pude evitar sentir la culpa, Isaías me quería y arruiné lo que habíamos construido por historias que quería conocer. Dejé que todo pasara sin darme cuenta por qué cuidaba tanto esa vieja caja de música, si era lo que le recordaba a otras épocas en que el amor entre nosotros abundaba.

 

-Debimos tener esta charla hace tiempo- le dije en un tono apagado- No tenía idea de lo que sentías, me concentré en la nostalgia de personajes pasados y no noté la nostalgia del que era y es el verdadero amor de mi vida.

 

-Ya no importa. Tampoco me motivé por recuperarte, fue culpa de los dos, y estamos pagando el descuido al que llegamos- dijo tomando un viejo acetato que se disponía a deleitar.

 

-Espera - le dije mientras tomaba su mano- hoy vino una señora queriendo comprar tu vitrola, le dije que llamaría, tenía que consultarlo contigo.

 

-Vender la vitrola sería como venderte.

 

-¡No soy la vitrola!- le contesté ofuscada- No quiero ser más tu vitrola, quiero volver a ser tu cajita de música.

 

-Entonces véndela – contestó con un aire desinteresado, se alejó dejando el acetato de lado.

 

Fue ahí cuando comprendí que en la vida, para algunos, estamos encerrados en objetos, somos la nostalgia de ciertas personas, no por crueldad o tristeza, sino el recuerdo de éstos mismos. Entendí que para Isaías no era sólo una vieja vitrola; era su cajita de música o al menos el recuerdo de ella. Aquella maravilla era el recuerdo de un alma nostálgica, la mía.

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