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El caballero y la princesa

21/07/2018

 

 

El caballo había caído por el barranco medio kilómetro atrás, llevándose con él los pocos recursos con los que contaba el caballero. Un viaje de dos inviernos casi llegaba a su fin cuando, los gloriosos resplandores del sol hicieron brillar en el horizonte el castillo tan deseado, donde su destino, apenas quedaba a quinientos pasos. Cansado y hambriento caminó en pasos flojos y temblorosos por el puente sin fin. Evitó con mucha astucia mirar hacia abajo. Demasiado lo aterrorizaban el movimiento de lado a lado y el crujir de las maderas podridas. Al llegar al otro lado, abrazo la tierra firme con la frente sudada y una mochila de plomo encima que no lo dejaba levantarse. A fuerza sobre humana se paró pensando en la princesa que yacía aun privada de su libertad en lo alto de la torre. Y entró, bien aventurado con fuerzas renovadas, espada en mano, escudo en hombro. Gritó, vitoreo, maldijo a todo ser que debería de encontrarse y solo halló huesos, de compatriotas ensartados en lanzas, estacas o envenena-dos. Las trampas inutilizadas dejaron su paso libre, la leyenda del dragón y el minotauro no eran más que palabrerías y el caballero con la buena fortuna que lo atesoraba se tomó un instante para rezarle al buen Mitra. Oró de rodillas a su dios dándole las gracias por tan afectiva bienvenida. Las escaleras eran infinitas, pero nada podía bajar la autoestima del hombre que, a cada paso, avanzaba con más esfuerzo, parecía tener energía inagotable. Saltando de dos en dos, tres en tres los escalones, llegó a la cima. Al umbral donde la bella damisela yacía acostada. Envainó la espada, colgó en la espalda el escudo, se deshizo del casco y finalmente se sentó en la cama donde la jovencita todavía parecía tener diecisiete años. Había caído en la trampa. Las mandíbulas opresoras de la criatura rompie-ron sus huesos en ciento de pedazos en un instante, sin darle ni siquiera tiem-po a gritar o maldecir.

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