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Afonía Disonante

29/08/2018

 

Avanzaba arrastrando sus pesados pies entre la podredumbre de un erial estéril. Un campo agónico anegado de vidas disonantes y andrajosas. La mano que sujetaba un gélido trozo de metal le temblaba a medida que se abría paso entre la penumbra violácea. Con las lágrimas allanando sus cuencos, avanzó a tientas en medio de un charco contaminado por el dolor de un millar de vidas interrumpidas que vociferaban en un llanto colectivo. Irrumpía entre el fango, trastabillando sobre la carne desgarrada en espera del desenlace de aquel embrollo retorico y desesperante. Alguien debía desprender el soporífero bagaje que se había cernido sobre su espalda, chillando fragoso al aferrarse, como un cuervo que se incrusta hilarante y profano sobre la carne putrefacta. Los terribles alaridos se colaban entre sus tímpanos, aullando suplicantes, como campanadas ominosas que claman el final de una agonía sepulcral. Exiguo, se dejó caer sobre el fango; el agua le inundó la boca y el sabor a necrosis se entremezcló con el férreo sabor de la sangre. Una de las ratas que se habían ahogado en el agujero le rozo la mugrienta mejilla, acariciándole los labios en un agasajo mortífero y pestilente. El fardo chillaba agónico a medida que sus pies se hundían entre el fango y sus uñas desencajadas rasguñaban el borde del parapeto. ¡Que alguien acallase las suplicas! ¡Que alguien silenciase a la muerte! Miles de voces aullaron a lo largo del paraje funesto, pero solo una permanecía aferrada a su oído, ululando infausta a través de su tímpano sucio. La suya. Pues el bagaje yacía inerte con los brazos colgándole de sus hombros y la respiración sosegada en un grito silente, enmarcado por la expresión virulenta e inicua de la guerra. Sus compañeros se arremolinaron a su alrededor mientras un par de roñosas manos intentaban acallar sus estridentes aullidos. El fardo se hundió en el agua, pero los chillidos se alzaron iracundos hasta que se fueron apagando junto a la afilada hoja de un cuchillo penetrando su garganta. ¡Que alguien acallase las suplicas de los muertos! Pues nosotros nadamos en lo más profundo de su agonía. ¡Que alguien silenciase el delirio! Pues las almas que alzaban sus voces en un chillido lóbrego se encargaban de girar las manecillas del reloj que anunciaba la muerte.

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