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Niebla

26/09/2018

 

 

 

La luna espiaba, con sus blancos y resplandecientes brazos intangibles, los rumores de los arboles. Estos, en medio de una lúgubre danza al viento, relataban oscuras historias entre melancólicos llantos. El camino serpentea por la negra tierra, esquiva las rocas y se esconde donde los árboles se cierran. Prefiero entonces, doblar a la derecha. Yo camino sin prisa, pero con un gran apuro interior. Pero no puedo trotar, pues la tierra intenta sujetarme, invoca una espesa niebla para cegar mi camino. Como puedo sentirme tan rodeado de seres que me observan cuando estoy tan rodeado de muerte. Muerte durmiente. Bajo lapidas de piedra. Hermanos de los robles que me rodean duermen también, en forma de sarcófagos bajo mis pies.

Las nubes comienzan a llorar. Me cantan canciones de cuna.

 Pero mi ser gira, incluso antes que yo, hacia la derecha. Pues los pasos ajenos son inconfundibles cuando se esta tan aturdido por el silencio. Los pasos no se dejan ver. Se visten de niebla. Me quedo como esperando, alguna persona que aparezca, pero solo veo tres, tal vez cuatro siluetas que corren cual liebre, y se confunden entre los árboles. Y un ruido me dice que tenía que apurarme. Cundo vi mis pies, estaban corriendo.

Con las manos hacia adelante, anticipando algún árbol extraviado, me dirijo donde las luces de la ciudad me llaman. La calle de tierra serpentea cada vez más, y los ruidos se acercan a mi espalda.

Y magníficos y vanidosos por su ostentación, los gritos de mil demonios, vestidos de grillos, me rodean.

Un cuervo, entre lúgubres y premonitorios aleteos, me observa.

Y yo sigo corriendo, busco las luces de la ciudad. Pero estas se ríen, se burlan de mí. Y se alejan cada vez más. El camino de tierra serpenteante también se mofa. Pues se alarga cada vez más.

Mis vulgares pies se ciernen en su testarudez, y siguen corriendo. Mis desesperadas manos atajan las ramas, que aliadas con la niebla, enceguecen mi huida.

Como el alce cuyos pies comienzan a agotarse, tras un par de garras que saborean la victoria, doy mis últimos gritos de impotencia. El viento choca con mis ojos. Se da cuenta que están llorando.

Las nubes lloran al verme. Me cantan canciones de cuna.

Pero siento que la gélida presencia detrás de mí se aleja. Y los ruidos a mi espalda mueren. ¿Qué clase de broma espectral me ha jugado un camino serpenteante en un cementerio vestido de niebla? Me alejo del terror.

Ni el descubrir días después que un error en los medicamentos y una moderada fiebre fueron los dueños de la espectral obra, me dieron una gota de valentía, para, en mis caminatas nocturnas, espiado por la luna y oyendo la sinfonía del viento y los árboles, adentrarme en aquel agujero de mentiras y locura.

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