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Donde nace el río.

19/11/2018

 

 

 

Ser consciente del delirio que encauza mis acciones, muy lejos de apaciguar, exacerba una obstinación que sofoca cualquier razón que intenta germinar en mis pensamientos. La conciencia muta en delirio. (« ¿O será que la quimera que nace de tu “demencia” se trata de una percepción y de un entendimiento mal encaminado; erróneamente juzgado?»)

Puede ser… («Tu visión agudizada por el conocimiento es capaz de ver paisajes que los obtusos sólo sabrán interpretar de alucinaciones»)

Pero, aun así, no quiero seguir; me duelen los pies. («Sigue caminando, ya casi llegas»)

Si…

El líquido lechoso que comienzan a supurar las ampollas de mis pies, le otorga un hedor de carne podrida a mis maltrechas extremidades. A pesar de ser realmente un olor intenso, muy para mi pesar, no es suficiente para solapar la fetidez que arrastra el caudal del río. ¡Esa maldita fragancia emponzoñada! ¡Su origen me elude mientras su espectral presencia anida en mis pulmones! («Debes seguirla hasta llegar a su raíz… hasta llegar al nacimiento del río»)

Me pregunto cuánto tiempo ha pasado desde que me adentre en este bosque siguiendo el cauce del río. ¿Días, semanas…? Esas medidas carecen del valor dentro de esta espesura. Aquí el tiempo es estático, denso. Un ejército infinito de troncos podridos desfila por toda la Ciénega; de ellos crecen ramas que componen un macabro techo de brazos torcidos sobre mi cabeza, nublando el cielo y creando a mí alrededor una ininterrumpida penumbra que no me permite apreciar el ir y venir de las noches.

En tanto avanzo por entre la oscura maleza, el recuerdo de mi modesta casa se aferra como una astilla enterrada: la calidez de su fuego, lo confortable de la seguridad con la que me acogía. Hasta el borbotar de este río se me antojaba arrullador en aquel tiempo; ahora no me parece más que el sonido enviciado de un pecado desconocido, y que estoy por descubrir —o que está por descubrirme a mí—.

(« ¿Hasta sus últimas consecuencias?»)

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