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El garbanzo explosivo

 

La cafetería de Rafael siempre estaba sobrada de gente a esa hora de la mañana. “El humus” era uno de las delicias que sus clientes pedían para untar a las rebanadas de pan. Según el dueño, los garbanzos eran uno de sus principales ingredientes, ya que destacaban por ser ricos en fibras, proteínas y vitaminas, además, aportaban energía y alegría a todo el que lo consumiera de manera habitual.

Andrés, un peón de la construcción, se despertó con retraso ese día, así que no tuvo tiempo de desayunar en casa. Sus compañeros con los que compartía coche para ir a la ciudad, no esperaban por nadie si se quedaba dormido. Se vistió tan rápido como pudo, cogió su mochila, y salió corriendo para intentar llegar antes de que se partieran. Finalmente, los alcanzó.

El trayecto duró poco más de media hora. Cuando se apearon del coche todavía faltaba veinte minutos para empezar a trabajar. Andrés miró a su alrededor, y divisó la famosa cafetería de Rafael. Se le escapó un bostezo tan fuerte que casi se le trabó la mandíbula. “Chicos me voy a comer algo”, le dijo a sus compañeros.

Al poner un pie en la cafetería, ya percibió algo que le extrañó mucho. “Buenos días”, le saludó el dueño muy sonriente. En realidad, todo el mundo parecía estar muy feliz…

La jornada laboral comenzó como siempre, pero ese día Andrés era diferente. Su actitud normal de cada día se podría  describir como reservado, incluso tímido.

“Oye Andrés, ¿has conquistado ya a tu vecina?”, le preguntó uno de los compañeros, esperando que se pusiera colorado como era habitual. De repente, Andrés soltó una fuerte carcajada que atrajo la mirada de todos los obreros. Por si fuera poco, se tiró al suelo revolcándose en él, mientras se reía sin parar.

Todos se quedaron  en silencio observando el cambio tan radical que el chico había dado.

Al día siguiente, al joven obrero se le pegaron las sábanas de nuevo, así que volvió a ir a  la cafetería de Rafael. Allí se respiraba una atmósfera de felicidad.

Otra broma de sus compañeros desencadenó la risa contagiosa de Andrés, repitiéndose la escena del día anterior. Uno de los albañiles, se quedó algo mosqueado con el cambio que había dado el joven, y le preguntó en voz alta: “Oye, ¿has consumido alguna droga?”

En ese momento, todos los compañeros dejaron de trabajar para observar al tímido y torpe Andrés; pero él comenzó a reír con tanta energía que contagió a todos los compañeros.

El jefe de la obra se acercó hasta allí, atraído por la desbordante alegría repentina. “¡¡¡¿Qué pasa aquí?!!!”, dijo elevando la voz haciendo notar su autoridad. “Me cuesta mucho dinero mantenerlos en activo cómo para que pierdan el tiempo de fiesta, así que, ¡¡¡todo el mundo a trabajar!!!”, ordenó malhumorado.

Durante una semana, el joven peón estuvo yendo a desayunar a la cafetería EL GARBANZO, y regresaba siempre feliz.

El jefe de la obra, ya mosqueado, decidió pasarse por la cafetería para controlar lo que Andrés consumía cada mañana, que le cambiaba el ánimo y su personalidad. Observó con detenimiento que todo el mundo consumía “humus”, la especialidad de la casa, y a los pocos minutos todos parecían felices.

Una red de narcotraficantes había empezado a operar en la zona. El nivel de delincuencia también había aumentado, asaltando a todo el que fuera solo por la calle, a la salida del banco, del supermercado… La policía no entendía este cambio tan repentino en un barrio dónde nunca pasaba nada.

La cafetería “El Garbanzo”, cuyo dueño era Rafael, había abierto sus puertas al público hacía solo tres meses, hecho que coincidía justamente con los robos. La policía ya se había dado cuenta de esta coincidencia, por lo que, decidieron poner un agente encubierto para investigar el trapicheo de drogas del dueño del bar. La mañana en que el jefe de la obra había ido por allí, se sentó justo al lado de este policía. Empezaron con una conversación sin importancia hasta que ambos llegaron a la conclusión de que “el humus” era consumido por todo el que entrase allí, y terminaba por cambiar su personalidad. El jefe de la obra le comentó que estaba mosqueado por el cambio que un empleado suyo había dado, y que estaba allí para investigar. El agente encubierto le pidió que si podía acompañarlo hasta la obra para seguir conversando un rato más con él…

 

El día había amanecido con una gran tormenta con truenos y relámpagos. La lluvia se filtraba por todas partes, ya que venía acompañada de un fuerte viento. Antes de que abriese sus puertas la famosa cafetería, dos chicos que venían en una moto con sus respectivos cascos, se apearon corriendo y entraron por la puerta de atrás. Don Rafael tomó el paquetito y pagó en efectivo a los dos jóvenes que salieron de allí como si fueran un rayo en medio de la tormenta; lo que Rafael no sabía era que esa noche se había colado en el local el agente encubierto, que gracias al jefe de la obra había descubierto que la droga la añadía a su famosa receta estrella “El humus”. Sus clientes, al  consumirla, quedaban enganchados. La adicción era tan fuerte que hacían cola para entrar en la cafetería. El policía, en un descuido del dueño, sustituyó el paquete con la droga por otro exactamente igual que contenía un laxante muy fuerte.

La lluvia cesó igual de rápido que cuando empezó. Aquella mañana la cafetería abrió sus puertas, y la gente se empujaban para entrar todos juntos. “¡Póngame de ese maravilloso humus!”, pedían sus clientes a voces. Los billetes se multiplicaban con la rapidez de un pájaro al vuelo. Todo el mundo consumía el famoso paté de garbanzos. El policía observaba en silencio, y con la cámara del teléfono móvil preparada para empezar a grabar.

De repente, una señora con las manos en el estómago dijo en voz alta “¡Oh, Dios mío! ¡Oh…!”, y salió corriendo hacia el servicio como si llevara un enjambre de abejas detrás de ella. En ese mismo instante, los “¡Oh…!” se fueron sumando y multiplicando por segundos. Todo el mundo corría en busca del váter. El dueño de la cafetería no daba crédito a lo que estaba viendo ese día. Su preocupación empezó a crecer imaginando  lo que se le avecinaba. Discretamente, abrió la caja  y sacó todo el dinero que estaba dentro.

Las puertas de  la cafetería reventaron por la avalancha de gente que intentaban salir de allí corriendo. Los olores a excrementos que dejaron atrás, era tan fuerte como el de una cochinera.

El policía que estaba al acecho, le preguntó a Rafael que si iba a alguna parte, mientras lo grababa con la cámara del móvil. Él intentó darle un puñetazo, pero el agente lo esquivó cogiéndolo por sorpresa. Acto seguido, le colocó las esposas con una gran sonrisa reflejada en su rostro. Muy satisfecho por haber cerrado el caso, tiró de Rafael para llevarlo hasta su coche. Una vez dentro del vehículo, Rafael empezó a reírse desenfrenadamente.

“¡¡¡Cállese de una vez!!!”, le gritó el policía, pero el señor Rafael no paraba. El agente, ya cansado de sus burlas, detuvo el coche de forma brusca, y se giró para mirarlo directamente a los ojos. “¿Se puede saber qué le hace tanta gracia?”,

“Ustedes, los humanos, creen resolverlo todo con un arresto o con leyes. En nuestro mundo la tristeza no existe, solamente hablamos de cosas  divertidas, no criticamos a nadie, y no nos alegramos por las desgracias ajenas. Somos una comunidad de seres increíbles, unidos por un mismo pensamiento “la felicidad eterna”. La risa hace que el cuerpo se relaje, aleja las enfermedades, une a las personas…”

“¡No me diga! ¿Y ahora se acabará la risa entre rejas, supongo?”

“Ese momento no llegará, como le he dicho, la tristeza y la negatividad no forma parte de nuestras vidas.”, respondió Rafael.

“¿Y qué hará para evitar esa situación, va a desaparecer por arte de magia y aparecerá en su planeta? Por cierto, ¿cómo se llamas su mundo feliz?

“Humus”, le respondió Rafael, y la respuesta a su pregunta es que sí, desapareceré por arte de magia.

El policía, harto de tanta conversación tonta, conectó la radio y se puso a cantar. De repente, la emisora empezó a tener interferencias, y una risa muy fuerte y contagiosa  empezó a oírse en la emisora. El agente, mosqueado, miró por el espejo retrovisor para controlar al preso que llevaba en el sillón de atrás. Su vista parecía que había empezado a nublarse porque estaba viendo a Rafael haciéndose transparente. Se rascó los ojos intentando aclarar la visión, pero la cara de Rafael se empezó a escurrir perdiendo la forma, y haciéndose cada vez más transparente…

El policía dio un frenazo y paró el coche bruscamente. Cuando se giró hacia atrás, el hombre había desaparecido, y en su lugar había quedado un polvo de color beige sobre el asiento en el que había escrito una frase que decía “Regreso a Humus…jajaja.”

A partir de ese día, el famoso bar cerró sus puertas al público, pasando a la recordarse como EL GARBANZO EXPLOSIVO…

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