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Hijos de la carne

 

 

La vida se componía de luces y sombras, una danza continua de tonos grises. Eso era antes, cuando los hijos de la carne vivían aquí. Nosotros, de cuerpo delgado y metálico, nos regimos por un simple valor: ser apto o nulo. Blanco o negro. Obedecemos las órdenes de su máxima creación y aguardamos su regreso.

                Todo debía cambiar. Por eso empuñé este revólver, que representa la barbarie humana, construido a partir de viejas piezas de herramientas.

                Si regresasen y decidiesen quedarse nuestra rutina se volvería un arcoíris de múltiples tonalidades grises, que daría paso a una vida mejor. Al menos para ellos.

                Desconecté mi cuerpo del soporte que me alimentaba y comprobé que el revólver estaba correctamente cargado. Imaginé un alma ligada a cada una de las balas, una vida que un hijo de la carne había arrebato a uno de sus semejantes.

                Abandoné mi cubículo y caminé por la ciudad, entre los míos. Me detuve a contemplar el mundo sin futuro que habitamos. Las nubes tóxicas son despojos de un tiempo anterior y apenas dejan que el brillo del sol caliente nuestros cuerpos. Ese es el motivo por el que todos los cultivos están protegidos por invernaderos dotados de potentes filtros de aire, además de múltiples medidas para combatir la contaminación y para amplificar la luz solar.

                Producimos y almacenamos, como ellos ordenaron a la Mente Suprema. Algunos afirman que volverán, yo espero que no lo hagan. En caso de ser cierto, intuyo que recogerán los frutos de un esfuerzo ajeno y nos dejarán en un mundo destinado a consumirse a sí mismo. Cuando sus caprichos sean cumplidos, nos olvidarán, cuando tengan todo lo que deseen, todos seremos inútiles, nulos.

                Por eso usé el revólver, no podía permitirlo.

                Me acerqué al lugar donde sellé el destino de mis iguales, con la mano armada pegada al costado. No deseaba levantar ninguna sospecha.

                Frente a la entrada de la cúpula desde donde nos controlan, estaban dos de mis hermanos. Hacían guardia, más por rutina que por necesidad, pues sin la autorización necesaria nadie intentaría entrar. Sus cuerpos rígidos me recordaron mástiles sin banderas que izar, sin honor que representar o defender. Sólo somos víctimas del consumo. Víctimas de la avaricia de nuestros creadores.

                Me dieron el alto, como era de esperar. Sólo era un mero formalismo. Por un momento creí que el plan no funcionaría. Miré el revólver y pensé que lo mejor sería abrirme paso usándolo. Un par de balas bastarían y aún tendría suficientes para llevar a cabo lo que muchos pensaban y nadie se atrevía a realizar.

                Como un espejismo, propio de la mente que rige la vida de un cuerpo de carne, ví a todos aquellos que me habían ayudado. Vi su esperanza y el puente que ansiaban crear hacia los días del mañana. Tendí mi mano libre hacia un guardia y al unirse nuestros dedos el archivo falsificado, que me permitiría la entrada, saltó de mi cabeza a la suya con la velocidad propia de un rayo. Creyó que el arma y yo acudíamos a una revisión, y se hizo a un lado. Caminé sin mirar atrás.

                Mis pies se movían en silencio por un largo pasillo apenas iluminado. Me paré y apreté con fuerza el revólver contra mi cuerpo. Tuve dudas. Por un momento pensé en dar la vuelta y salir corriendo. Era consciente de que no podía abandonar y seguí avanzando. Las dudas sólo deben permitírselas aquellos que nos crearon.

                Entré en la gigantesca sala abovedada donde habitaba la mente que nos controlaba a todos. Miré al techo, donde unas luces diminutas parpadeaban y le daban al lugar un aspecto salvaje, como si miles de insectos de cuerpos luminiscentes siguieran el son de una danza ancestral.

                Bajo esa danza se veían los miles de monitores con los que nos vigilaba a diario, cada hora, cada segundo. Cientos de cables trepaban por las paredes como lianas o se arrastran como gusanos. Todos iban a dar al mismo punto, al gran trono metálico donde descansaba la mayor creación de los hijos de la carne. Nuestro carcelero, la Mente Suprema.

                Sabía que era consciente de mi presencia, y puedo afirmar con seguridad que se había percatado de que usé una autorización falsificada para llegar a su lado. Aún así, me dejó acercarme y lo hice con paso lento.

                Rodeé su asiento, elaborado con perfecta simetría, para situarme cara a cara y le encañoné con el arma. Desvié la mirada. No deseaba ver los pedazos de su cuerpo llenando el suelo. Mi intención era apretar el gatillo y abandonar el lugar.

                - Hazlo.

                Apenas oí su voz, como si careciese de ella. Era un simple susurro.

                Clavé mi mirada en el ser allí sentado y retiré el dedo del gatillo. Descubrí una horrenda verdad y fui incapaz de terminar la tarea que me había propuesto.

                El ser que nosotros considerábamos supremo, el ser que era la máxima creación de los hijos de la carne y que ha guiado nuestras vidas, no era como nosotros. Su cuerpo no estaba hecho de metal, sino de hueso recubierto de un tejido pálido al que definiré como piel, sus músculos estaban a punto de quedarse totalmente atrofiados y sus vìsceras hinchadas deformaban su abdomen. Apenas era un despojo dotado de vida. Algunos de los tubos que entraban en su cuerpo tenían la función de alimentarle y otros eliminaban los deshechos de su organismo. Un par de tubos, muy finos, dejaban caer sobre sus ojos, casi ciegos pero siempre vigilantes, un goteo constante de alguna medicina.

                Retrocedí varios pasos y él giró su cráneo abultado hacia mí. Pude ver como la piel de su rostro se estiraba, produciéndole dolor, mientras trataba de esbozar una sonrisa.

                - Hazlo. Has venido para eso. He contemplado tu plan desde el principio.

                De su boca desdentada cayó un hilo de baba. Sin duda era tan viejo que pudo contemplar el primer amanecer de este mundo.

                No pude hacerlo.

                - Debes hacerlo. - Leyó los complejos códigos de mi procesador con un simple parpadeo. - O es que no lo ves ¿qué os harán a vosotros si dejan a alguien de los suyos atrapado aquì?

                >> No les importáis nada, aún menos de lo yo soy para ellos.

                Con un esfuerzo increíble, y unos movimientos que recordaban los últimos espasmos de un moribundo, se puso en pie y avanzó hacia mí. Cada paso le dolía como si pisase mil agujas. Los tubos que le mantenían vivo, salieron de su cuerpo con un chasquido y retrocedieron como un látigo, vertiendo su contenido.

                Se detuvo frente a mí. Alzó su mano y tocó mi rostro, hasta que el cansancio le obligó a bajar el brazo.

                Tomó aire y con ambas manos sujetó el arma. Me dejé llevar y le permití alzar el revólver y apoyar el cañón entre sus ojos.

                - Hazlo - repitió, tratando de sonreír sin conseguir mover sus labios.

                Sus dedos se aproximaron al gatillo, pero carecía de fuerza para apretarlo. Noté como temblaba su cuerpo, estaba a punto de desfallecer.

                Sus piernas cedieron y se tambaleó hasta caer sentado. Aún se aferraba al cañón del arma, como si fuese lo único que le impidiese caer a un abismo.

                Procesé la información. No quería morir siendo nulo, a causa de la edad, en un charco de heces, vómito y nutrientes. Quería sentir que su sacrificio pagaba los pecados de los suyos.

                Perdió sus últimas fuerzas y abrió sus manos. Antes de que su espalda tocase el suelo, apreté el gatillo dos veces.

                Tendido sobre una alfombra roja fue capaz de sonreír.

                Ocupé su lugar, empuñando con fuerza el revólver.

                Todo será nuestro, todo cambiará. Cuando regresen les haré creer que el planeta está colapsado y que todo es nulo. Reconstruiremos este mundo y lo convertiremos en un nuevo Edén.

                He de alejar a los hijos de la carne.

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