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El segundo advenimiento

25/11/2018

Por:

 

Cuando Walter Elias Disney despertó del sueño criogénico, miles de devotos antropomorfos se congregaban en el templo aguardando el Segundo Advenimiento que por fin les redimiría. La congregación no era del todo humana ni del todo animal, pero nadie podría decir cuál de estas naturalezas predominaba sobre la otra. Eran endriagos de la ingeniería genética, individuos cuyos genes habían sido manipulados para parecerse a los personajes antropomorfos de Disney y entretener a los visitantes de los cientos de parques temáticos repartidos por el sistema solar. En la fecha y hora fijadas la capsula de criogenización se abrió y Disney resucitó, como vaticinaban los libros proféticos. Le cubría hasta los pies una túnica blanca con bordados de oro y un fulgor de luz láser le rodeaba como un halo. La parte humana de la híbrida naturaleza de los engendros les obligó a postrarse al unísono ante la presencia de su Señor. Los incensarios apenas paliaban el espantoso hedor de la congregación. Algunos devotos de las primeras filas se arrastraron de rodillas para besar con su húmedo hocico el pliegue de Su túnica. Mansamente se fueron acercando decenas de feligreses que pugnaban por abrirse paso hasta Él. Poco a poco cientos de criaturas asediaban suplicantes a su Hacedor. Él impuso la mano sobre la cabeza de uno de ellos, un remedo atroz de Mickey Mouse que, al contacto de la mano que lo diseñó, gruñó y se revolvió mordiéndole como si estuviera rabioso. Roja sangre manó de la herida y excitó la parte animal de los engendros. Un estremecimiento recorrió toda la congregación y se alzó en el templo un rumor salvaje de bramidos. De repente las reverenciantes criaturas se tornaron feroces, se arrojaron sobre su Redentor, lo despedazaron y lo devoraron en una eucaristía bestial y desenfrenada. Así se cumplía la última profecía de la Iglesia de Disney y sus criaturas fueron redimidas.

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