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La casa

06/12/2018

 

Esa casa me había dado miedo desde muy pequeño. Las historias que se contaban sobre los sucesos acontecidos entre sus paredes abarcaban un amplio abanico de asesinatos horrendos y tragedias terribles con diversidad de actores como protagonistas de los hechos. El caso es que las leyendas corrían sobre el lugar igual que una ráfaga de aire invernal a través de sus ventanas rotas, convirtiéndola por aquel entonces, para un niño algo asustadizo como yo, en un verdadero templo del terror. Y es que, en la actualidad, aun viéndola desde el punto de vista de un adulto, continuaba inspirándome una sensación de profunda inquietud.

 

El tiempo no parecía haber pasado por ella y donde mis recuerdos situaban un desperfecto en un cristal o la falta de un adoquín en su fachada, allí se mantenían. El tejado, con sus tejas de color rojo oscuro como un cielo en penumbra amenazado de tormenta, seguía adornado con el mismo nido de cigüeña cochambroso. Los muros, levantados a base de grandes bloques, eran oscuros debido a la humedad arraigada entre sus grietas y tan solo cedían ante dos grandes ventanales que se encontraban tapados por sendos maderos. Una pequeña parcela ajardinada rodeaba el edificio, separada del exterior por una tapia de unos dos metros de alto que se encontraba invadida por líquenes y hongos de toda colección y especie. La entrada, una verja herrumbrosa cerrada mediante una cadena de gruesos eslabones, parecía más bien el ancla inerte de un barco hundido, sin vida ni movimiento. El único síntoma de fuerza provenía de un roble de tronco arrugado y abundantes hojas que crecía en el patio y que, libre de control alguno, extendía sus ramas en todas direcciones, incluso hasta llegar a rozar la fachada principal.    

 

Por un momento, una idea absurda se asomó en mi mente. ¿Y si entrara? ¿Y si franqueara esa barrera que tantas veces me atenazara en la infancia?

 

 —Que locura — me dije mientras me alejaba, sorprendido por tener semejante idea. Un adulto de cuarenta y cinco años entrando en una casa abandonada para desbaratar miedos infantiles.

La voz hizo que me diera la vuelta de inmediato. Me llegó con la misma claridad que un trueno al retumbar pero en forma de susurro aterrador envuelto en mitad de una noche cerrada. ¡Y provenía de la casa! 

De inmediato, casi sin tiempo para pensar, la llamada me golpeó de nuevo con la misma ansiedad que un sediento recibiría un poco de agua. Lo siguiente ocurrió de manera inexplicable y tan rápido que, para cuando quise darme cuenta, me encontraba franqueando las puertas de hierro que cerraban el paso al patio recubierto de hierbas desbocadas y hojas secas. Una vez dentro y siempre bajo la firme mirada escrutadora del roble, avancé con andar vivo hasta alcanzar los tres escalones que conducían a la puerta oscura que yacía al cobijo del porche de madera envejecida. Mis manos temblorosas se aferraron sobre el pomo sucio con brusquedad, lo que provocó un leve chirrido al activarse el  anticuado engranaje de la cerradura. En el interior, las sombras envolvían el ambiente. El aire resultaba pesado, algo asfixiante, con un aroma a libro viejo que incrementaba la sensación de ahogo. Me encontré en un salón enorme que me hizo pensar en lo fría que debía ser la estancia incluso estando encendida la enorme chimenea que asomaba al lado opuesto al que me encontraba. A mi derecha, una escalera de madera roída y desgastada serpenteaba hacía arriba manteniendo ocultas, a un primer vistazo, dos puertas bajo su techado. Atravesé la planta hacia éstas rozando con mis dedos el polvo que se acumulaba sobre un sillón de estampado antiguo al que las zarpas del tiempo habían causado estragos. Una mesa baja, tapada con un telar blanco y un par de sillas completaban un mobiliario que me sorprendió por su escasez. Quizás me esperaba encontrar grandes armarios de estilo victoriano o una típica mesa larga cubierta de candelabros, vigilada por una larga hilera de cuadros de hombres con mirada enérgica en sus paredes, cosas que, lo más probable, los descendientes de los dueños de la casa se hubieran llevado o vendido hace tiempo. Enseguida pude comprobar que la primera puerta conducía a una cocina envuelta en tinieblas, donde tuve que encender un mechero para poder atisbar los armarios y el horno negro y mugriento que descansaba en una esquina. La segunda puerta descendía a lo que parecía ser un sótano en el que la negrura reinaba por completo, tanto que hizo que me pensara dos veces el bajar. Sin embargo, tenía la necesidad de visitar hasta el último rincón del lugar, de violar la privacidad que tantos años llevaba indemne. Descendí los escalones, con lentitud debido a la poca visibilidad y al son del crujido que provocaban mis pasos en el suelo de madera. Mi pequeña llama iluminaba un área poco extensa pero lo suficiente para poder atisbar alrededor, donde multitud de objetos yacían amontonados y ocultos bajo sábanas unos y trapos mugrientos otros; el resto quedaba a merced del polvo, que los cubría ahogando sus dibujos y contornos sin piedad. De repente, un objeto de grandes dimensiones situado en un espacio libre de utensilios, llamó mi atención. Nada más verlo se me heló el corazón.                       

Era un enorme ataúd.    

 

Mientras me aproximaba despacio, impulsado por una voluntad invisible, el miedo se puso a trabajar, la saliva se retrajo de mi boca y comencé a sudar copiosamente. Mi caminar resultaba torpe, vacilante. Unos pocos pasos, que me costaron años de esfuerzo, me situaron junto al tétrico mueble. Su superficie estaba muy desgastada y múltiples marcas recorrían su cuerpo a modo de cicatrices en un enorme cetáceo. En ese momento, la locura saltó a escena, apoderándose del guion de manera dictatorial y dejándome a merced de un pánico absoluto, un terror como, estoy convencido,  jamás volveré a sentir en mi existencia y que provocó un final abrupto y de espanto a la aventura. Algo surgió con rapidez del interior del féretro y me sujetó por la muñeca con una fuerza terrible. El encendedor salió volando por los aires, cayendo junto a un montón de papeles que se prendieron de inmediato. A la luz de las llamas pude ver a mi captor, algo que casi detuvo, no solo mi corazón, sino también mi mente. Era un  miembro pútrido y decrépito de uñas negras, un brazo muerto que resultaba imposible que perteneciera a un ser humano. Pero lo peor no fue que me atrapara, sino que, más bien, se trató de una presa psíquica. En cuanto sus garras se cerraron en torno a mí, sus palabras asaltaron mi cordura con voz cavernosa y arrastrada.

 

—¡Tú, que tantas veces paseaste por delante sin entrar, por fin, después de tanto tiempo, eres mío!

Un grito ahogado surgió de mi agarrotada garganta. Luché como un poseso, perdiendo la noción del tiempo, sin saber si fueron minutos, segundos o, como fue mi sensación, horas. Golpeé, arañé y grité hasta que, de repente, me vi libre. Libre para huir. Corrí despavorido, tropiezos y traspiés de por medio, sin mirar atrás, sin pensar. Escuché la tapa del ataúd abrirse con un portazo terrible y fui consciente con renovado pavor de lo que significaba. Aquello que habitaba en su interior iba en pos de mí, sin cansancio, con carrera pesada y lanzando en el trascurso de la persecución una retahíla de gruñidos y susurros, dardos envenenados que se clavaban en mi espalda y que viajaban cargados con el terror más visceral. Para mi sorpresa, logré alcanzar la salida y el patio exterior, no sin llevarme una colección de moratones y arañazos importantes. De reojo, al cruzar la verja de hierro, me atreví a lanzar un último vistazo hacia atrás, una mirada que generó una instantánea que se grabó en mi retina a perpetuidad. Desde la entrada, a través de la ranura formada por el espacio que había entre el marco y la puerta, la garra lanzaba incontrolados manotazos al aire mientras gritaba mi nombre con furia extrema.

 

Me alejé tanto como pude, desencajado y presa de los nervios más atroces que haya podido tener alguna vez.

Nunca le expliqué a nadie lo ocurrido y me limité a vivir con la experiencia enterrada. Aunque el tiempo ha pasado, no hay un solo día en el que no me acuerde de lo sucedido y en que me pregunte cuantos más podrían haber caído en la misma trampa, víctimas como yo, de querer hacer frente a ese mismo miedo infantil.

 

Ojalá nunca hubiera entrado en la casa. No lo hice de niño y no debí hacerlo de adulto.

 

 

 

EL AUTOR

 

 

Juan Carlos Merino nació en Barcelona en 1973, pero creció en Madrid al trasladarse su familia cuando tenía corta edad. Sus principales aficiones son el cine y la literatura, donde la historia y la fantasía gozan de un papel protagonista. Comenzó a desarrollar sus primeros guiones mientras ejercía como director en distintos juegos de rol. Después, tras dejar éstos aparcados, que no olvidados, comenzaron a llegar los relatos cortos.

Recientemente, acaba de terminar su primera novela y trabaja ya en el que sería su segundo trabajo literario largo.

 

 

 

 

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