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La llama de la vida

03/12/2018

Por:

 

 

 

 

Ocurrió durante su dieciocho cumpleaños. Toda su familia se había reunido en la vieja casa familiar para celebrar la mayoría de edad de Hernán. Según me había contado, el linaje de los Muñiz, se reunía en una casa que les pertenecía desde incontables generaciones para celebrar la mayoría de edad de sus miembros.

                Se hallaba algo apartada de la sociedad, ubicada en un pueblecito en Huesca llamado Polituara, que se encuentra abandonado y es propiedad de la Confederación Hidrográfica del Ebro. Hernán me contó durante el trayecto desde Madrid a Huesca, que el pueblo pertenecía  a su familia pero llegó un momento en que no pudieron mantenerlo económicamente y decidieron cederlo al estado con la única condición de quedarse con un edificio.

                Muchas veces me narró la historia del ritual. Durante el viaje entre Huesca y Polituara, que resultó ser largo y agotador, volvió a explicarme el por qué de aquella tradición absurda. Según relató, su familia se dedicaba allá por el siglo XVI a regentar una especie de posada que era llamada Casa de Domec. Fue en ese siglo que Estarluengo y Exena, dos pueblos vecinos de la zona, desaparecieron misteriosamente. Y por aquella época un familiar suyo decidió hacer un pacto con Adaegina, una deidad anterior a los romanos. Sé que me contó exactamente lo que hizo su antepasado, pero de lo único que me acuerdo es que se internó en el bosque y le sacrificó  una cabra a aquella diosa mientras recitaba una letanía.

                Nos desviamos hacia la derecha al ver un cartel que indicaba: EL FUERTE Y LA ERMITA DE SANTA ELENA. Recorrimos un tramo más de carretera hasta llegar a otro cartel que rezaba: PROHIBIDO EL PASO A TODA PERSONA NO AUTORIZADA. Frente a él abandonamos el coche y nos encaminamos por una senda de tierra que discurría paralela al río Gállego, de todo esto me informaba Hernán. Mientras andábamos me indicaba dónde había sacrificado su antepasado la cabra, y me repitió por enésima vez cómo debía realizarse el ritual.

                La noche de su decimoctavo cumpleaños se le haría entrega de una vela mientras su familia allí reunida recitaba la misma letanía que su familiar en aquel bosque. Hernán me recordó que sus parientes se encontrarían en la casa cuando nosotros llegáramos, ya que ellos debían fabricar la vela de una manera especial para que se consumiera lentamente durante el resto de su vida. A esas alturas yo me preguntaba por qué sólo estaba aparcado nuestro coche al comienzo del camino de tierra si la familia se encontraba ya en la casa.

                Reconozco que las historias de los Muñiz son de lo más raras. Cuando conocí a mi novio me resultaban interesantes, como el abuelo que cuenta una anécdota a su nieto. Claro que nunca me había visto involucrada en sus rarezas. Sin embargo, esta vez Hernán había insistido en que acudiese a la celebración de su mayoría de edad. Él nunca había asistido al ritual ya que sólo se le permitía a aquellos miembros que ya hubiesen superado el ritual. Daba la casualidad que los Muñiz sólo tenían un hijo por pareja. Eso sí, gozaban de una larga vida para disfrutarlo.

                El paseo fue maravilloso. Disfrutábamos  de un espléndido día soleado, aunque bastante caluroso. Desde la linde del río se podía ver el denso bosque que sus aguas dividían. Para una urbanita como yo, aquel espectáculo era como ver a un extraterrestre. Al llegar al pueblo me dolían horriblemente los pies y mi camiseta estaba empapada de sudor. Deseaba  darme una ducha de agua caliente. Había caído la tarde y debíamos estar presentables para la celebración de la noche. Atravesamos la calle principal de la aldea y llegamos hasta la Casa de Domec. Era la única casa del pueblo que mantenía su estructura en perfecto estado. Sobre la puerta de madera maciza colgaba un cartel soportado por una barra de metal que rezaba: Casa de Domec  y en el que había dibujado un cabrito. El resto de las casas se hallaban en un estado que yo calificaría de ruinoso, con los tejados hundidos y las paredes descascarilladas con ladrillos de menos. Hernán golpeó la puerta con fuerza y pudimos oír cómo el sonido sordo de los golpes se  esparcía por el interior hasta morir al poco tiempo. Al cabo de un momento apareció una mujer de no menos de setenta años en el quicio de la puerta, que le saludó efusivamente y lo acompañó al interior rodeándole la cintura con el brazo e ignorándome por completo. Seguí a ambos a través de la casa que se encontraba invadida por el olor a carne cocinada al horno.

                Me acomodé en la habitación que nos habían asignado y pregunté por el baño expresando mi deseo de disfrutar del agua caliente. Aquel comentario hizo sonreír a la señora al tiempo que Hernán me decía con ternura que en aquel pueblo no había luz, y que el agua de la casa procedía de un manantial que discurría por debajo de ésta. Fue tal la abrumación que  sentí que me dejé caer sobre la cama, para mi sorpresa me hundí en el colchón que como pude descubrir no era de látex. Y por si fuera poco, la vieja se llevaba a mi novio a empujones para que viera al resto de los familiares mientras él me mandaba un beso y decía sin palabras que lo sentía.

                Me bañé con agua fría, en una bañera herrumbrosa y me tuve que arreglar frente a un espejo que reflejaba sólo parte de mi cara. Mientras, escuchaba el repiqueteo de la lluvia en el cristal de la ventana y algún relámpago ocasional.  No pude ver a Hernán hasta que me senté a la mesa durante la cena. Ésta se celebró en lo que en otro tiempo fuera la sala común donde se servía la comida a los viajeros. Había sido acondicionada para albergar una enorme mesa de madera noble. En el extremo opuesto a la puerta de entrada se encontraba una mesa auxiliar para el servicio, en la que se encontraban apoyados más de diez candelabros. Todos salvo uno portaban una única vela de color rojo oscuro encendida. La estancia permanecía iluminada por una gran cantidad de velas distribuidas por toda la sala. Del techo colgaba una impresionante lámpara de metal, de las denominadas de araña, repleta de velas. De las personas que se encontraban congregadas a aquella cena, ninguna hizo ademán de saludarme. Los allí reunidos continuaron con sus charlas. Hernán consciente de la situación se levantó de su asiento situado frente al mío y acercándose a mí, me levantó de la silla cogiéndome de la mano y se dirigió a los allí reunidos diciendo:

Queridos familiares. Papá. Mamá. Quiero presentaros a Berta, mi novia.- las miradas de los presentes se posaron en mí.

Hola.- dije saludando a los presentes con un movimiento de la mano.

                Me sentí sola entre toda aquella gente. Los relámpagos me inquietaban a pesar de que las conversaciones amortiguaban en parte sus estruendos. Hernán  se apartó mientras apretaba mi mano y se dirigió a su asiento. Me senté e intenté disfrutar de la comida. Miraba de vez en cuando a mi novio que me correspondía cuando podía. Él era el centro de atención. Comimos cabrito asado según me dijo Tirso –el padre de Hernán -, amenizado con un vino tinto de la zona. Cuando la cena tocaba a su fin, en el momento que servían el postre, Tirso se levantó con la copa de vino en la mano y entonó un brindis en honor de su hijo:

En esta noche de luna llena en que mi hijo cumple la mayoría de edad. Me siento en la necesidad de expresar mi alegría ante toda la familia por poder oficiar su rito. Hoy encenderé la llama de la futura vida de Hernán. Vida que espero disfrute junto a su novia Berta.

Los presentes levantaron su copa y por primera vez en todo el tiempo que llevaba allí, me miraron como a uno más de la familia. Una vez hubimos degustado las tortas de alma, que era como se llamaba el postre, nos encaminamos hacia una sala contigua, un poco más pequeña que el comedor, que se utilizaba para las reuniones familiares. Una chimenea dominaba la pared opuesta mirando desde la puerta de entrada, en la pared de la derecha se distinguía un mueble bar muy bien surtido, una mesa pequeña en el centro de la estancia y unos sillones que formaban un círculo alrededor de la mesa.

 Al entrar en la sala, en la chimenea ardían dos gruesos troncos cuyo calor disipaba la humedad que crecía a causa de la lluvia. Los familiares más mayores de Hernán se sentaron en los sillones y los demás permanecieron de pie apoyados con las manos en sus respaldos. Tirso depositó su candelabro con la vela encendida en la mesa y Hernán colocó el suyo a su lado. Entré acompañada de la vieja que nos abriera la puerta al llegar. De repente parecía muy interesada en todo lo concerniente a mi vida. La anciana se empeñó en que me situara detrás de ella y así lo hice. Una señora muy amable me preguntó qué quería para beber y cuando me acercó la copa, Tirso estaba pidiendo silencio para comenzar el ritual.

Querida familia – comenzó a recitar Tirso mirando en derredor y asiendo el candelabro que portaba su vela– vamos a dar comienzo a la liturgia.

Papá, quisiera que Berta estuviera a mi lado cuando reciba la llama…- dijo Hernán mientras levantaba su candelabro de la mesa.

Tirso lo miró un segundo confundido. Parecía que nadie hubiese osado expresar una petición como aquella en toda la historia de la familia. Observó a la anciana que se encontraba sentada en el sillón frente a mí. Ella se levantó. Se giró y cogiendo mi mano me indicó que me situara junto a Hernán.

Una vez ubicada junto a mi novio, los allí reunidos se miraron y agacharon la cabeza.  Todos empezaron a recitar unas palabras en voz baja y al mismo tiempo, como si fueran una sola persona: Domina Turibrigensis Addaecina… repetían esas palabras una y otra vez.  No se si era la letanía  pero el estruendo de relámpagos dejó paso al sonido sordo de la lluvia. Al tiempo, Tirso comenzó a hablar:

Repite mis palabras hijo mío y serás un legítimo heredero de la familia Muñiz –hizo una pausa para recibir la confirmación de Hernán.- Por el poder que nos concede la diosa Adaegina. Por toda la vida de los Muñiz. Hernán Muñiz aquí presente recibe la llama que iluminará su vida.

En ese momento, Tirso y Hernán inclinaron sus ciriales de tal manera que las mechas de las velas estuvieran en contacto. Yo me encontraba mirando de frente los dos candelabros que se asemejaban a dos espadas entrecruzadas. Justo cuando las dos mechas estuvieron unidas, se apoderó de  mí un deseo irrefrenable de estornudar. Y estornudé a la vez que un trueno retumbaba en el cielo nocturno. La llama que ardiera al tiempo en ambas velas se extinguió. Las voces acallaron su letanía y posaron sus furiosas y atónitas miradas sobre mí. Aquello sólo duró un segundo ya que sus cuerpos se transformaron en humo al igual que la llama de las velas.

No recuerdo cuánto tiempo tardé en asimilar que en aquella estancia no quedaba más carne que la mía. Mi cerebro seguía creyendo que mi novio y su excéntrica familia estaban allí reunidos. Sin embargo, la realidad era que la única persona que se encontraba en aquella sala era yo. Creo que perdí el conocimiento. Cuando recobré el dominio de mis facultades, los troncos de la chimenea se habían convertido en ascuas y la humedad había entumecido mis articulaciones. Subí las escaleras hacia la habitación en la que había dejado mi equipaje. Busqué con un creciente nerviosismo el móvil, y cuando lo encontré llamé a la policía. De tal manera les pedí que vinieran a buscarme que en poco más de una hora habían entrado en la casa y me llevaban de camino al pueblo más cercano mientras mi cuerpo no dejaba de temblar. 

 

 

Ahora me encuentro luchando con mi cordura al tiempo que me llevan de regreso al hospital psiquiátrico.

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