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Los signos de la magia

10/02/2019

 

 

 

En el valle, los humos ascendían en densas y negras columnas hacia un cielo claro como no se veía en muchos meses. Decenas de personas vigiladas por jinetes armados con ballestas se juntaban y dispersaban en grupos por los alrededores del bosque que rodeaba el Lago de la Dríade. Chandra observaba con el rostro serio, impasible, apoyada en su bastón de roble desde lo alto de una colina en la falda de la Sierra del Cuero. Sus ojos verdes seguían cada paso de los trabajadores y hombres armados que pululaban por el valle entre carromatos, tiendas y talleres improvisados. Al conde Golderb se le había asignado recientemente por gracia del rey Viledo de Trebenda, aquella porción de tierra, rica en madera y aguas limpias. Golderb no perdió el tiempo en sacar provecho a sus nuevas tierras y los recursos que esta atesoraba desde hacía centenares de años. Las dríades de aquella tierra hacía mucho que no se las había vuelto a ver. Con el paso de los años, las pocas personas que antes se atrevían a atravesar aquel valle en grupos armados, se acabaron convirtiendo en hileras interminables de carretas, peregrinos, y todo tipo de mercaderes y gentes de cualquier profesión; en síntesis, se había convertido en un Camino Real más.

 

El conde Golderb no sólo planeaba sacar beneficio de la madera y el carbón, también había colocado en ambos pasos del valle controles de aduanas. Aunque nadie pensaba ya en dríades ni espantos de ningún tipo provenientes del bosque viejo, los trabajadores se sentían mejor con protección armada a la vista, o eso era lo que el conde solía decir con el pecho hinchado, pero los hombres del conde, en realidad solo hacían las veces de capataces y vigilantes para las dos únicas entradas al valle. El antaño Valle de la Dríade, las gentes comenzaban a llamarlo: el Valle del Carbón; el nombre -dríade- estaba empezando a ser relegado al lago del interior del bosque. De él decían que brotaba agua proveniente de multitud de manantiales subterráneos, los cuales, mantenían al bosque siempre verde y sin árboles enfermos. El lago era el corazón del bosque y los manantiales sus arterias.

 

Chandra acarició su colgante. Una tira ancha de fino cuero sobre el que descansaban tres pequeños discos con símbolos solares labrados en ellos. Se arrodilló en el suelo. En su mano derecha, en el dedo corazón, llevaba puesto un anillo plateado con una pequeña gema verde engarzada en él. La gema pareció palpitar un momento cuando con esa misma mano arrancó unas briznas de hierba, y con la izquierda un poco de tierra. Juntó las palmas y empezó a frotar. El disco más grande de los tres que llevaba al cuello, brilló. De pronto, Chandra abrió mucho los ojos. Se iluminaron con un verde intenso, luego, la cabeza calló hacia atrás y sus globos oculares se movieron con rapidez como si buscaran algo. Finalmente, cerró los ojos, y se incorporó con lentitud. Montó en su joven yegua negra y bajó al valle. 

 

-¡Capataz!, alguien se acerca.

 

El capataz Velarg miró por encima de su hombro y vio que una muchacha no mucho mayor que su nieta, se acercaba. Montó en su viejo penco y fue en busca de la forastera.

 

-¡Alto! Este valle pertenece al conde Golderb, solo puede atravesarse por ambos estrechos, previo pago claro está. ¿Quién sois…? -Antes de que Chandra respondiera Velarg pareció caer en la cuenta de algo increíble mientras observaba las montañas tras la forastera- ¿Habéis venido sola atravesando esas montañas y montada en esa yegua?

 

-Me envía la Cofradía de Xarakram.

 

-El conde no me ha dicho na de cofradía, magos ni curanderos.

 

Chandra suspiró y se armó de paciencia.

 

-Xarakram no necesita el permiso de nadie, las coronas están supeditadas a La Cofradía, y por ende, los vasallos de esta, también.

 

Aquello no parecía fácil de digerir para el viejo soldado.

 

-Ya veo…pero ¿Qué sois? ¿Una relatora? ¿Vais a imponer algún tipo de impuesto nuevo?

 

Velarg parecía visiblemente incómodo en cuanto escuchó la palabra Xarakram.

 

-Mi nombre es Chandra y soy una exegeta, lectora de los signos que la magia deja sobre la tierra. Tengo orden de entrar en el bosque y conocer el estado de los antiguos asentamientos del pueblo dríad; es por vuestra seguridad -apostilló.

 

Los trabajadores comenzaban a agolparse a una distancia prudencial de ambos para observar el desarrollo de la curiosa escena. Velarg asintió. Entrecerró los ojos. Colocó el puño izquierdo sobre su cintura.

 

-¿Y al marcharos pagaréis el precio del peaje fijado por el conde Golderb, o Xarakram pue escaquearse cuanto quiera de soltar monedas a los mandaos paletos de las coronas?

 

-Cuando termine mi trabajo me iré por donde he venido.

 

-¡Ja! Lo que me pensaba. Exegeta o lo que te de la gana mocosa, pero tú pagarás como to quisqui.

 

Chandra apretó el puño derecho. Un calor le recorrió el brazo hasta la cara. Los ojos le brillaron. Se escucharon exclamaciones tras Velarg.

 

-Volveré por donde he venido, no pienso pegar semejante rodeo. Y ahora te apartarás, tus hombres se apartarán, y yo haré mi trabajo.

 

Velarg permaneció tieso como un palo. Tragó saliva, y con lentitud se apartó, al igual que los demás hombres de armas y trabajadores. Chandra no le dirigió una sola mirada. Encaminó la yegua hacia las afueras del bosque donde empezaba a clarear con tocones y abedules semitalados aquí y allá. No tardó en tener que desmontar. Llevó a la yegua por las bridas e intentó tranquilizarla con palabras suaves, pues los animales suelen ser especialmente sensibles a la magia antigua. Cada vez el bosque estaba más enmarañado con raíces, y liquen colgando como cortinas fantasmagóricas. La luz era un bien escaso, y la humedad y el olor comenzaban a resultar agobiantes. Tras un kilómetro andado, Chandra vio un pequeño claro. Era la entrada a un camino. El acceso estaba flanqueado por dos rocas afiladas con cuencos de piedra sobre ellas. Chandra sacó un frasco pequeño de vidrio de las alforjas, y vertió sobre los cuencos un líquido espeso y pardo. Era savia mezclada con muérdago. Entonó unas palabras en voz baja y grave. Una luz tenue y verde comenzó a iluminar el sendero. La yegua se encabritó.

 

-No te preocupes, no tendrás que acompañarme.

 

Le acarició el hocico y le dio un par de manzanas. Luego la ató a la piedra izquierda.

 

Chandra se introdujo en el camino. No era peor que lo que ya había recorrido. Era igual de asfixiante, pero el silencio y aquel color tenue la tranquilizaban. Podría pasarse leyendo los signos de la magia en aquel bosque tan antiguo toda su vida y aún así no podría extraer un mínimo de conocimiento práctico que le sirviera de algo salvo para generarse un fuerte dolor de cabeza.

 

Fuera, en las colinas, Chandra había leído los signos. La tierra y la hierba, le habían contado dónde se encontraba exactamente el lago, pero no se imaginaba que tendría que caminar tanto. Cuando ya llevaba dos kilómetros de sendero, este se terminó de manera abrupta, y frente a ella, un gran claro se abrió paso, y en él un lago de aguas oscuras reposaba rodeado por enormes raíces cubiertas de musgo, las cuales, bebían y mantenían el bosque verde y fuerte. Chandra miró al cielo pero se mantenía oculto por las copas de los árboles, pues aquél lago estaba cubierto por una fina cúpula de enredaderas y liquen. Aunque entraba algo de luz, era poca la que llegaba a la superficie del agua.

 

Chandra se arrodilló frente al lago e introdujo la mano donde llevaba puesto el anillo. Cerró los ojos. Las mandíbulas se le tensaron. Comenzó a perder calor. El ambiente se volvió más frío, húmedo y denso. Su cuerpo se curvó hacia delante. Sus ojos brillaban con un verde intenso. Alzó el rostro y frente a ella se materializó una figura. Su cuerpo parecía de cuero y madera, erguido como un alce sobre dos patas. De su pecho, seis brazos colgaban inertes, y en la negrura de su superficie, dos ojos rojos la observaban en silencio. Chandra agitó la cabeza y comenzó a balbucear. La criatura del lago extendió uno de sus brazos y cerró el puño con fuerza.

 

-Volverán con nuevas heridas, el hogar, nuestro templo, en él, todos morirán, nuestro mundo, nuestro reino…

 

Las palabras brotaban de la garganta de Chandra como si resonaran en una caverna inmensa y muy lejana. Su cabeza calló hacia delante. Sacó su mano. Sus ojos ya no brillaban, y frente a ella ya no había sombra alguna. El aire se normalizó. Acercó la mano a su pecho y frunció el ceño como si algo en su interior le molestara profundamente. Se incorporó. Respiró profundamente. Se sacó un vial diminuto de uno de sus bolsillos y lo bebió. Cuando el color volvió a sus mejillas hizo el camino de vuelta a paso ligero. La yegua seguía esperando, caminaba en círculos intranquila acortando la cuerda y quedando muy cerca de la piedra que tanto la incomodaba. La exegeta volcó el contenido de los cuencos de piedra. El camino volvió a oscurecerse.

 

Chandra lo tenía claro. El mensaje que le había entregado el bosque había sido muy conciso. No había dríades, pero su reino no había quedado sin guarnición, como cualquier castillo que espera la llegada de su señor. La explotación de madera debía terminar. El conde debería conformarse con los beneficios del control de aduanas. La Cofradía de Xarakram emitiría un comunicado oficial instando a la casa de Golderb a cesar en la explotación maderera. No podrían impedírselo si igualmente decidiera seguir adelante, pero Xarakram se limpiaría así las manos de antemano antes del baño de sangre, que a buen seguro sucedería de continuar con los trabajos de desbroce por parte de sus fieles, humildes, y supersticiosos braceros. Chandra suspiró, no le gustaría estar en su lugar.

 

 

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