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13/02/2019

 

 

 

Ya frente a la entrada de su casa colocó por reflejo la mano sobre el sensor y la puerta se abrió. Antes de atravesar el umbral del pequeño apartamento unipersonal giró la cabeza y comprobó con alivio que ningún vecino entrometido lo observaba. Era perfectamente consciente de que mantener la puerta cerrada en aquel barrio resultaba un acto bastante excéntrico. Toda la calle estaba plagada de sensores biométricos, cámaras, y todo tipo de modernos dispositivos de identificación conectados a la red de seguridad central. Nadie podría robar una sola flor del jardín sin que se le identificara al instante. Pese a ocultar el rostro o cualquier otra medida de precaución, sencillamente era imposible. O eso decía la teoría. Además, cualquier infracción de las normas conllevaba la inmediata cancelación del permiso de transporte. Lo que en una sociedad civilizada quería decir que el delincuente no podría ni hacer funcionar una bicicleta, nada conectado a la red.

 

Así que perder el tiempo en tan absurda medida de seguridad como es cerrar la puerta no hacía más que empeorar su ya deteriorada reputación. Y desde luego no era alguien que debiera permitirse esto. Ya sin llamar la atención incomodaba bastante a sus vecinos, estaba seguro de que muchos de ellos habían votado en contra de permitir a los de su condición poseer una casa como la suya, o cualquier otra cosa.

 

Nada más cruzar el portal un holograma se manifestó en el salón, la representación de la IA doméstica. Dio las instrucciones de costumbre al asistente virtual y se dirigió al sofá. Una vez allí cargo energía y ordenó a la casa inteligente que lo despertara una hora antes al día siguiente. Y como siempre, para finalizar la rutina diaria llevó la mano hasta su nuca y allí presiono su interruptor principal, desconectando su biocomputadora y todo su sistema.

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