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Fantasía.

04/03/2019

 

 

 

Un día como cualquier otro de todos los meses que permanecen olvidados en la memoria del pasado, un hombre marcado por las huellas de una cotidiana existencia se levantó a tomar su café. Era una mañana húmeda, y hacía unos cuantos días que las nubes ocultaban el resplandor de la luz del sol. El silencio recorría cada pasillo de su hogar; el mundo, esperaba más allá de la puerta de entrada.     

 

Tal y como siempre acostumbraba, el hombre aguardaba unos instantes en el silencio, con el objetivo de ver si alguien, por mera casualidad, lo visitaba quebrando su cotidiana soledad. Pero nadie llegaba, y bajo la mueca de otro día de nubes, se encontró haciendo ruidos insoportables para que, por lo menos, los vecinos sintiesen su presencia.   

 

Sin embargo, ese día de niebla fue el presagio del momento en que todo cambió. El hombre, preso de su rutina, sostuvo con sus manos la taza y jugó a girar la cuchara, haciendo remolinos irrelevantes para quebrar la monotonía del silencio. En el momento en que inclinó su rostro para beber, se encontró con una extraña imagen reflejada en la superficie del café. Se trataba de él; era su propio rostro, pero diez años más joven. Sus ojos poseían un color resplandeciente, el cual parecía haberse borrado de su mirada con el pasar de los años, y el pelo que había perdido en el tiempo pasado caía a través de sus hombros como en sus años de inocente juventud.       

 

Asustado, el hombre revolvió el café, y la imagen se perdió en un pequeño remolino que giraba en el centro de la taza. Justo en el instante en que el líquido se detuvo, y ese hombre deseaba volver a ver su rostro reflejado, su esposa se despertó con la noticia de que sus hijos se encontraban regresando de la casa de sus abuelos. Claro, todo hubiese sido normal; todo hubiese sido lo acostumbrado. Pero su esposa había muerto diez años atrás, y ellos nunca habían tenido hijos.

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