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Un hombre sentado en la cocina

02/03/2019

 

 

 

Un hombre está sentado en su cocina, en el fregadero hay platos como de medio mes y en cualquier momento la mugre húmeda se levantará y se irá por la puerta. Además el grifo gotea y la desagüe no traga, así que un hilo de agua se desliza por la puerta del armario bajero que guarda el cubo de basura, que curiosamente, está vacío y con la bolsa acabada de poner.

 

El hombre viste pantalón burdeos, es pulcro, se siente con rectitud y parece no importarle nada de lo que pasa más allá del humo de su cigarro. La ceniza se desprende pero no se atreve a manchar esa camiseta blanca, por lo que cae al suelo empapado y se reúne con lo que antes eran colillas, ahora una masa pegajosa y pútrida.  El agua sigue corriendo.

 

La cocina es silenciosa en gran parte, pero el reloj del horno se estropeó hace años y suena como una caída por las escaleras. Además la nevera hace ruido, demasiado para ser una nevera. Pero el hombre no se inmuta, parece ni oírlos. Apura la última calada, tira el cigarro al palmo de agua que hay en el suelo y se enciende el siguiente. El agua sigue corriendo.

 

Un periódico se acerca flotando a los piel del hombre, que baja la vista pero solo moviendo los ojos, coge el papel mojado y lee el periódico. No sé que había bajado un no se cuantos por ciento y eso no dejaba indiferente a nadie, pero el hombre come en un plato a parte y ni pestañeó. Giró de página con un gesto sutil, pero el papel mojado del periódico se le deshacía entre los dedos que goteaban agua negra por la tinta. El grifo sigue goteando.

 

Los pantalones burdeos se han vuelto casi negros, están empapados. El hombre coge otro cigarro, lo empapa y lo ensucia, haciendo que encaje con el resto de la cocina. Las paredes rezuman moho, casi se puede oír, pero una tetera se una a la orquesta Huracán del horno y la nevera, el ruido es ciertamente atronador. El agua le moja las axilas.

 

Ahora la camiseta blanca se torna gris, pues el agua esta llena de suciedad, colillas, y demás roña. Huele a podrido, el aire es inmundo y violento, hacer arrugar narices, pero no la del hombre. El agua acaricia  ya el pecho del hombre y la marea creada por los cambios de hojas del periódico le azotan a veces en lóbulo. El grifo sigue a lo suyo.

 

El hombre deja lo que queda de periódico, una bola negra que se diluye en el agua de la cocina. Se levanta y se da contra la lámpara que cuelga del techo. Tira su cigarro al agua y poco a poco se hunde hasta tocar el suelo,  donde es pisoteado por el hombre, que saca una gafas de buzo y un tubo, que se mete en la boca. El agua ahora esta empapándole la frente y el flequillo. El hombre sigue sin moverse. El grifo sigue sin parar.

 

El agua sube hasta el final del tubo, salen burbujas al ritmo que el hombre respira, los ruidos de la cocina ya no se distinguen debajo del agua, ahora se oye toda una nebulosa de sonidos graves y gangosos. El hedor a humedad se vuelve aun más violento, puntiagudo y cochambroso. El hombre no ve nada más allá de su nariz, el agua es como la que se queda en el cubo de fregar después de una semana, cuando se te olvida vaciarlo.

 

La burbujas dejan de salir del tubo, el hombre sonríe y una enorme tortuga marina se atisba en la lejanía del agua estancada. Es azul fluorescente, brilla, casi ciega. Mueve su aleta, invitando al hombre a acompañarla, el hombre por fin hace un gesto más humano, sonríe. Se levanta y marcha con la tortuga sin mediar palabra, nadan hacia la oscuridad. No se ve nada, la cocina parece infinita, no hay nada que permita distinguir ni espacio ni tiempo, nos encontramos pues solos en la nada y en el todo.

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