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El arco y el pegaso

09/04/2019

 

 

Lauvenil dio un mordisco a la manzana. Revisó el encolado y el estado de las plumas de ganso de sus flechas. Las contó. Quince flechas de guerra con cabeza de cincel. Miró a sus hombres. Treinta más la mujer y el propio hijo de su comandante, Lauvenil. Todos dirigiendo miradas de preocupación hacia sus flechas, aunque sin perder los nervios ni la tranquilidad mecánica con que revisaban sus arcos y cuerdas. No había brisa alguna. El sol estaba en todo lo alto. La comida no les había faltado, pero las flechas habían dejado de llegar desde hacía mucho. Los hombres de la compañía del Sagro comenzaban a pensar que su comandante los había introducido demasiado adentro en territorio enemigo alejándolos de los principales puestos de aprovisionamiento y fuertes fronterizos. No tenían claro de en qué lugar se encontraban pero Lauvenil creía por el acento de aquellas gentes que debían estar cerca de la propia capital de Loumel, Das Algren.

 

Lauvenil observó la aldea protegida por un simple montículo de tierra. Era una construcción defensiva sumamente sencilla y barata pero efectiva a la hora de repeler o disuadir a simples bandas errantes de saqueadores, pero claro, ellos no eran una simple banda de harapientos desertores. Aún no habían recogido la cosecha. La hierba estaba alta. Se arrastrarían. Apuntarían, y gastarían el mínimo. Con suerte, solo una flecha para el alguacil. Lauvenil ordenó encordar los arcos. Y cuando los hombres aún no habían acatado la orden de su comandante, una flecha atravesó el hombro de Trebal. Todos se lanzaron al suelo. Lauvenil colocó a su hermano de armas contra un tronco podrido. Gemía de dolor. No era una flecha, era un dardo de ballesta. De alguna forma les habían seguido el rastro. Ya habían sido emboscados en otras ocasiones y por cosas peores que dardos de ballesta. Los arqueros del Sagro encordaron sus arcos desde el suelo. Incluso en semejante postura lograron hacerlo gracias a sus musculados brazos producto de años usando el arco largo de guerra trebano. Aglia se acercó arrastrándose haciendo tintinear su herrumbrosa cota de anillas.

 

-He visto a un caballero entre ellos con escudo de armas. No pude distinguir su forma entre las hojas. Debe ser el que dirige a esos ballesteros. Llevan gambesones verdes, sin duda mercenarios de Bravía. Yo me arrastraré con diez hombres y los sorprenderé por los flancos, como hacemos siempre. -señaló con la cabeza el campo abierto- Alguien debería tomar ese montículo.

 

Lauvenil ya había pensado en eso y asintió con la cabeza, luego le preguntó.

 

-¿Lerogrand?

 

Aglia sonrió.

 

-Quedará con Bulguer junto con Trebal.

 

Eso le dejaba con dieciocho hombres contándole a él mismo para tomar aquella aldea protegida por un muro de tierra. Lauvenil vio cómo su hijo se agazapaba tras el tronco podrido junto con el corpulento Bulguer y el herido Trebal. Aglia se hundió entre la maleza por el lado derecho de los ballesteros junto con otros diez arqueros preparados para cubrir de plumas de ganso a aquellos desgraciados ballesteros. Laubelin esperaba que dejaran vivo al caballero. Dependiendo de su escudo familiar podrían convertir su cuello en una abultada y tintineante bolsa. Aunque si era un simple caballero que había usado sus escasas monedas para mal pagar a unos ballesteros bravíos, y dedicarse a cortar pulgares de arqueros trebanos con la esperanza de conseguir una buena recompensa por parte de la corona loumense, no resultaría tan buena empresa. El comandante de la compañía del Sagro se acercó a su hijo y le susurró.

 

-Si se tuerce la cosa, sigue el curso del río siempre hacia el oeste ¿Entendido?

 

Su hijo Lerogrand asintió gravemente. Había crecido en medio de una guerra y no era la primera vez que oía unas indicaciones tan agoreras por parte de su padre. Casi se había convertido en rutina los últimos dos años. Lauvenil hizo señas a sus hombres para que cargaran los arcos recién encordados al hombro y lo siguieran reptando sobre la tierra y por debajo de la hierba alta. Mientras avanzaban, les llegó el grito de guerra de los bravíos “¡Puerco! ¡Puerco! ¡Muerte a los hijos del Rey Puerco!. Así era como llamaban al joven monarca de Trebenda Viledo III. Pues entre la soldadesca loumense corría el rumor de que en lugar de verga tenía una cola enroscada de cerdo.

 

Lauvelin no vio un solo hombre sobre el muro de tierra. No le gustó. Odiaba tener que salir de entre la hierba alta sin un objetivo al que apuntar. Indicó a dos hombres que se arrastraran colina arriba. Todos contenían el aliento al verlos ascender, pero tampoco perdían atención del bosque por si les llegaba algún sonido, o llovían nuevos virotes de ballesta bravía. Pero solo había silencio. Los dos arqueros ya habían coronado la cima. Uno de ellos giró la cabeza e indicó por gestos que no había enemigos a la vista. Lauvelin ordenó el avance con los arcos en la mano. No habían llegado a la base del muro de tierra cuando un grito similar al relincho de un caballo, pero más agudo, penetrante, molesto y desacompasado, los hizo detenerse. A Lauvenil se le erizó el pelo de la nuca y los brazos. Señal inequívoca de peligro.

 

-¡Preparad flechas! ¡Subid todos al muro! ¡Ya!

 

Los dieciocho hombres con las flechas preparadas aunque sin tensar en el arco, miraban en todas direcciones. Un extraño y desconocido batir de alas lanzó a Guidellon contra la hierba alta. Era un arquero joven y ya curtido en dos batallas.

 

-Joder… ¡Apuntad a esa cosa y disparad!

 

La -cosa- en cuestión, era un pegaso. Aunque no era exactamente igual al del escudo de armas de la casa real de Loumel. Tenía el cuerpo aunque no la esbelta musculatura de un caballo. Ni sus alas eran como las de un cisne. Más bien eran como las de un murciélago pero más correosas e inmensas. Su pelo era áspero y oscuro como el de un jabalí. Y sus colmillos más parecían los de una piraña obesa y sobrealimentada, con halitosis e incapacidad para mantener la saliva dentro de su cavidad bucal. Colgando de su ancho cuello de tonel, se balanceaba una cadena herrumbrosa y mohosa con varios escudos de armas colgando de él. Eran todos de la casa real. Casi parecía una broma histriónica el contraste entre las formas idealizadas de los escudos y las de su portador. Un amasijo de músculos y dientes. El pegaso daba cuenta de las tripas de Guidellon cuando diecisiete flechas se clavaron en su espeso pelaje. Un arquero trebano con experiencia podía disparar con precisión a setenta metros de distancia unas doce flechas por minuto. Por lo que la lluvia de flechas de guerra capaces de perforar armadura y montura, llovió de forma incesante contra la chillona bestia. Su grito, nada similar al relincho de un caballo, haría helar las manos de cualquier ser humano, pero no las de aquellos arqueros. Aunque temerosos, escondían su nerviosismo con letal precisión. El pegaso recubierto de flechas apenas podía mantenerse en pie, y mucho menos levantar el vuelo. Lauvelin se acercó seguido de otros siete hombres. La bestia chillaba y gorgoteaba, pues tres flechas de unos sesenta centímetros cada una y con cabeza perforante cruzaban de lado a lado su cuello. Lauvelin hizo un gesto a sus hombres para que bajaran los arcos. Todos estaban boquiabiertos, nunca habían visto a bestias semejantes. Sabían que la corona de Loumel los llevaba criando para la guerra desde hacía siglos por los antepasados de su actual reina, Anabella I. Pero hacía por lo menos cincuenta años que nadie veía uno con vida. Lauvelin sentía, en parte, lástima por aquel animal. El comandante del Sagro descolgó de su espalda una alabarda de hoja ligera y mango especialmente recortado. Se colocó sobre el cuello del pegaso. Sintió su cuerpo caliente, y las arterias aún palpitantes. El animal sufría. Miró las tripas abiertas de Guidellon mientras que valiéndose de la fuerza de sus dos brazos y el filo de su alabarda, le abrió el cuello profundamente. No tardó en morir.

 

-Recoged todas las flechas.

 

Los hombres que quedaban sobre el muro de tierra bajaron y se acercaron para acatar la orden mientras observaban con recelo a la criatura. Un hombre al que llamaban el pato se acercó al comandante del Sagro.

 

-He registrado la aldea, no hay nadie, es todo muy extraño.

 

-Era una trampa.

 

-¿Una trampa para una banda de arqueros?

 

-Ellos tienen pegasos y hechiceros.

 

El pato permanecía serio. Lauvelin siguió hablando al ver que no seguía su misma línea de pensamiento.

 

-Nosotros solo tenemos flechas y estamos ganando la guerra, hemos entrado casi hasta el corazón del reino y no somos la única banda de saqueadores de Trebenda campando a sus anchas por sus tierras mientras la nobleza loumense es incapaz de ponerse de acuerdo de en dónde deben marcar el limite de su línea de batalla. En algún lugar encontraremos más huestes trebanas, y quizá algún noble reuniendo tropas, es ahí donde debemos estar.

 

Lauvelin señaló con el filo aún ensangrentado de su alabarda al pegaso. Observó los rostros contenidos aunque preocupados de sus curtidos hombres y les arengó.

 

-Vendrán más como este, ¡y ellos tendrán más flechas como éstas esperándoles!

 

Los dieciséis hombres gruñeron, asintieron y gritaron dios salve a Santa Catalina, trazaron círculos en el corazón con el pulgar y acariciaron sus diversos amuletos, como herraduras o patas de conejo colgando de las correas.

 

-Coged las flechas de Guidellon, y enterradlo con su arco en tierra sagrada, al lado del templo de la aldea.

 

Un ruido de pasos entre la hierba alta llamó la atención del grupo. Aunque todos daban por sentado que se trataba de Aglia con el resto de la banda del Sagro. Y así era, Aglia llegaba con todos los hombres y tras ellos Bulguer y su hijo Lerogrand cargando con Trebal. Aglia tenía la cota de anillas ensangrentada, el lado derecho de lacara donde portaba una profunda cicatriz en el pómulo, se tensaba y relajaba con espasmos, algo que le ocurría cada vez que se alteraba. Al llegar a la altura del pegaso y Guidellon, escupió y trazó un círculo a la altura del corazón.

 

-El caballero portaba un cetro, un cetro de hechicero, lo vi antes de que se marchara.

 

-¿Se marchara? -preguntó interesado Lauvelin.

 

-Tal y como suelen hacerlo, sencillamente desaparecen. Eso sí, dejó tras de sí a los desgraciados bravíos. No nos costó flanquearlos y superarlos con nuestras flechas.

 

Lauvelin se giró y observó a todos los hombres del Sagro.

 

-Lo que os decía, están desesperados.

 

-Llevaba el emblema de la casa de Anabella, el pegaso y las estrellas sobre un fondo púrpura. -Continuó Aglia ignorando las palabras de Lauvelin.

 

-Era una trampa, pero una trampa muy pobre. Los pegasos y los hechiceros no son suficientes para ganar una guerra.

 

Todos contenían el aliento. Sabían que aquello era extraño. La aldea desierta, el repentino ataque del pegaso y la huída del hechicero. Todo apuntaba a algo más grande, algo para lo que estaban seguros en el fondo de sus corazones sin títulos nobiliarios, no eran dignos. Habían acumulado una cantidad considerable de riquezas, y aunque el dinero loumense se agotaba con rapidez y el peso en plata de la moneda local era muy pobre, aún les quedaría un pellizco considerable cuando llegaran a su patria. Aglia se colgó su arco del hombro izquierdo, indicó con respeto a los hombres que la habían seguido desde el bosque que enterraran a Guidellon como había indicado Lauvelin, pero sin el arco. Éste no discutió la orden, al menos delante del Sagro. Bulguer que hacía las veces de cirujano de guerra desde el comienzo de la contienda, se encargó de la herida de Trebal. Pasarían la noche en la aldea dentro del ayuntamiento pues era el único edificio de que tenía al menos una base de piedra. Arrancaron el pesado collar del cuello del pegaso como trofeo.

 

En la noche, los arqueros encargados de hacer la primera guardia sobre el muro de tierra, miraban el campo expectantes, palpando las exiguas flechas de su carcaj y acariciando sus amuletos. Pertenecer a la compañía del Sagro y luchar bajo las ordenes de Lauvenil solo les había reportado riquezas, pero quizás iba siendo hora de volver a luchar bajo el hala de una fuerza mayor, como el ejército de algún poderoso conde, y así lo hizo saber su comandante a los demás aquella noche. Bordearían el Kend hacia el oeste. Se unirían al primer ejército trebano que se encontraran. Cualquiera querría a la compañía del Sagro bajo su estandarte con el trofeo de un pegaso. Rezaron por el alma de Guidellon. Y cuando todo estaba calmo, Aglia y Lauvelin se encontraron en una cabaña de adobe y madera que estaba anexionada al muro de tierra.

 

-Debiste dejar que lo enterraran con su arco.

 

Aglia levantó una ceja, se apartó un mechón oscuro de la frente y se apoyó contra la pared.

 

-Me voy.

 

-Espera.

 

Su esposa, aunque no ante dios ni ante los hombres, se detuvo. Su cicatriz se tensaba y temblaba.

 

-Sé que hubieras preferido perseguir a aquel hechicero.

 

Aglia se encogió de hombros.

 

-Ese era mi deseo, pero no era la mejor opción. Por eso les dije que desapareció. Ellos querían matarlo y quitarle el cetro.

 

-Yo en tu situación hubiera actuado de igual manera.

 

-No, tú siempre escoges la opción correcta, tú evitas que tus hombres violen y roben en los templos, yo se lo permito y no les dejo enterrar a sus amigos con sus pertenencias.

 

-Si un compañero de armas cambiara de escudo y tuviera que matarlo, créeme, dudaría.

 

-Créeme, sé que dudarías, y también sé que acabarías matándolo, que después te atormentarías y te arrepentirías durante años, pero lo matarías y después lo enterrarías con sus pertenencias.

 

Lauvelin tensó todo su cuerpo. Luego agachó la cabeza. Aglia suspiró agitó la cabeza haciendo que varios mechones negros cayeran de nuevo sobre su frente bronceada. Se acercó a Lauvelin y hundió la cabeza en su pecho.

 

-Yo soy la enemiga, yo soy la extranjera, la maldita, la bruja.

 

Aglia hablaba con rabia escupiendo y ahogando las palabras contra el pecho de Lauvelin. El comandante del Sagro sentía cómo crecía el calor en el cuerpo de ella.

 

-¿Y si yo volviera bajo mi bandera? ¿Me matarías? ¿Dudarías y luego te arrepentirías? ¿Y tus hombres, si ahora les revelara la verdad?

 

La puerta tembló. El pato la golpeaba con fuerza desde el otro lado.

 

-¡Señor! ¡Nos atacan! Están subiendo el muro.

 

Lauvelin salió corriendo junto con Aglia. Ella desenfundó su espada. Sus ojos centelleaban de dolor, rabia y sentimientos tan ocultos como el propio origen del alma humana. Lauvelin aferró su arco y una flecha. Le quedaban trece flechas en buen estado.

 

-¿Lerogrand?

 

-En el ayuntamiento junto con Bulguer y Trebal -respondió el pato.

 

Aglia no dijo nada. Con la espada desenfundada corrió hacia el único edificio con base de piedra de la aldea. Lauvelin resistió el impulso de seguirla. El pelo de la nuca y el brazo se le erizaron. Pero esta vez también se le secó la garganta, y las manos se le congelaron. Junto con el pato subió al terraplén del lado norte donde estaban casi todos los hombres de la compañía del Sagro. Tumbados como muñecos de trapo sobre el terraplén había cinco hombres de armas atravesados por una o dos flechas trebanas. Más allá, varias figuras sobre monturas y con antorchas, observaban en silencio. Lauvelin no pudo ver escudo o bandera alguna. Tan solo vio a quince jinetes, todos con yelmos completos de cimera alta y plumas rojas, con apenas una abertura estrecha a la altura de los ojos. Las gualdrapas de las monturas eran púrpuras.

 

-Tensad los arcos, estad preparados para un nuevo ataque. Si nos atacan no malgastéis flechas. ¿Hay alguien vigilando las demás secciones de muralla?

 

-Si, pero solo hay loumenses aquí. Si atacan, nos avisarán con el cuerno.

 

Lauvelin no tenía del todo claro que fueran loumenses. Aquellos jinetes solo llevaban los colores de la orden de hechicería, el Maelgaster Arcanis.

 

-Voy a hablar -dijo en tono neutro y seguro a sus hombres el comandante del Sagro.

 

Clavó una flecha en la tierra y colgó su arco del hombro. Se adelantó unos pasos, todo lo cerca que podía del borde del muro de tierra.

 

-¿Quién es vuestro comandante? No distingo vuestro escudo de armas, no podré conocer vuestras demandas si no sé con quién estoy hablando.

 

Uno de los jinetes se quitó el yelmo. Tenía el pelo lacio y rubio como el oro. Una diadema de cuero negro con una piedra roja engastada en él cruzaba su frente.

 

-¡Aglianne de Montesgard! ¡Aglianne de Montesgard!

 

Habló a voz en grito. Pero su grito no era humano. Pues llegaba a todos los rincones de la aldea. Para asombro de todos los defensores de la muralla, el jinete que bramaba un nombre desconocido para ellos, alzó el brazo y la luna se volvió más brillante y roja. Con sumo cuidado, Lauvelin extrajo la flecha de la tierra. Un alarido cercano sobresaltó a los arqueros. Dos pegasos que parecían cargar desde la misma luna roja y brillante, se lanzaron en picado. Uno de ellos se abalanzó contra el pato dejándolo sin cara y el cuerpo incrustado contra la tierra mientras la bestia halada le abría la espalda. El segundo pegaso se posó sobre el terraplén y cargó al trote. Lauvelin logró encajarle una flecha en el pecho. No lo detuvo y se llevó hacia la oscuridad otra víctima. Un grito y el ruido del acero entrechocando helaron la mente por un segundo a Lauvelin.

 

-¡Retirada! ¡Al ayuntamiento! ¡Vamos!

 

Todos los que permanecían con Lauvelin, que eran diez arqueros, y nada sabían de los que estaban en los otros lados del muro, lo siguieron por la única calle que llevaba al único edificio con base de piedra. Se detuvieron en seco. La puerta estaba en llamas. En el suelo había dos cadáveres destripados y humeantes. Eran Bulguer y Trebal. También estaba el hombre de pelo lacio rubio y la gema roja. Tenía a Lerogrand aferrado por el cuello haciéndole heridas horribles en la piel debido al guantelete de hierro que llevaba puesto. Los arqueros no tuvieron tiempo de sobresaltarse ante la repentina aparición del hombre que segundos antes estaba del otro lado del muro, pues frente a él había otro pegaso, pero de pelaje largo y negro como el carbón, y éste, del lado derecho de su rostro equino, portaba una horrible cicatriz. Los arqueros tensaron sus arcos.

 

-¡Alto! ¡No disparéis! -Gritó Lauvelin

 

Los hombres lo observaban aterrados por lo absurdo de su orden. Tenían miedo, eran soldados profesionales, y necesitaban arremeter de la única manera que sabían. El pegaso les enseñó los dientes. Para su sorpresa no los atacó, al contrario, se interpuso entre ellos y el hechicero.

 

-Aglianne de Montesgard, la sola respiración de este monstruo es un insulto para el Maelgaster Arcanis. Tú aún tienes posibilidad de redención, pero él debe ser sacrificado al igual que el macho con el que llevas años apareándote. -habló el hechicero, aunque no se dirigía a la compañía del Sagro, sino al pegaso de negro pelaje.

 

Los arqueros observaban con terror y pánico a su comandante, el pegaso, y por supuesto, al hechicero. Para su espanto, Lauvelin tiró al suelo su arco largo y alabarda de mango corto. El pegaso gritó, cayó al suelo, se retorció, sus alas se plegaron sobre su cuerpo, perdió el pelaje y una inmensa cantidad de líquido. Después, sólo quedó una mujer, desnuda y magullada. Se irguió, miró a su esposo y luego, a los hombres con los que había compartido su vida los últimos años en numerosas luchas y penurias.

 

-Esto es lo que soy, una bruja, atrapada entre dos formas y dos mundos. El pegaso que hoy habéis matado con vuestras flechas era el mismo hombre al que perseguimos en el bosque. No despareció sin más, era otra criatura atrapada entre dos formas como yo. Soy una apóstata, una hereje para el reino de Loumel y la orden de hechicería.

 

Gruesas lágrimas caían por las mejillas sucias de Aglianne. Pero no temblaba. Las manos de Lauvelin sí que lo hacían. Sus ojos ardían de impotencia y temor ante la inminente pérdida. Los arqueros no decían nada, pero retrocedieron unos pasos. Ahora se veían solos, en tierra de nadie, a merced de seres de pesadilla.

 

Aglianne movió los labios. Lauvelin leyó en ellos la palabra “perdón”.

 

-¡No! -gritó preso de la desesperación.

 

Pero ella se volvió a trasformar, la luna se tornó más roja e intensa, y desesperada, cargó contra el hechicero. El incendio del ayuntamiento se avivó. Las ascuas salieron despedidas como bolas de fuego contra los arqueros. La gema del hechicero brilló y Lauvelin ardió, de dentro hacia fuera. Anduvo unos pasos antes de caer consumido por el calor con su mano derecha aún aferrada al arco largo. Aglianne gritó desgarrando el velo de la noche. Las estrellas brillaron con renovado fulgor. Su melena negra relampagueó como el azabache al saltar con las garras afiladas como estiletes, hambrienta de venganza y borracha de rabia. El hechicero desapareció en un tornado de llamas púrpuras que se replegaron sobre sí mismas. Aglianne clavó sus garras con impotencia sobre la tierra calcinada y gritó al cielo que ahora se tornaba completamente negro en ausencia de los hechiceros y su poder capaz de plegar los hilos del mundo a voluntad.

 

Se acercó con paso tambaleante hacia el cuerpo aún caliente de Lauvelin. Su forma bestial se fue desprendiendo como la ceniza de la carne de su amado. Cuando se sentó a su lado, se hizo un ovillo y no fue hasta el amanecer que susurró una vez más,

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