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La conexión

04/05/2019

 

 

Frank Lelek se encontraba mirando a través del panel de aluminio transparente que separaba la sala de reclusos de la sala de control. Estaba observando cómo colocaban en su lugar al nuevo. Un operario corpulento había trasladado el cuerpo desnudo de Jacob Steiner, tumbado sobre una camilla acolchada, hasta el lugar que en otro momento ocupara Liliana Corberó y antes de ella un recluso que ya había cumplido su condena. El operario colocó a Jacob de tal manera que la luz que iluminaba aquel punto sólo bañara su cuerpo. << Otro recluso que ocupa ese lugar. Cuando él se vaya vendrá otro a suplirlo. ¿Hasta cuándo se mantendrá esta sucesión? En esta remesa han llegado seis. En la anterior entró uno…>>. Esos pensamientos recorrían la mente de Frank mientras observaba al operario. <>. El operario había dispuesto todos los materiales necesarios, para introducir las diferentes sondas, en una mesa de mayo situada al lado de la camilla. Se dispuso a colocar primero la sonda naso gástrica que permitiría al recluso alimentarse hasta que pudiera hacerlo por la vía intravenosa. “Fantasía personal” –retomó Frank sus pensamientos– “era el eslogan que habían utilizado en la Tierra para que el pueblo aceptase que los condenados a perpetuidad vivirían un sueño del que no despertarían jamás. El presidente de la Unión Europea, que fue donde se descubrió el sistema, había dicho que a Jean Einer, cabeza pensante del proyecto, se le había ocurrido la idea al ver la película Desafío Total y acordarse de la agencia de vacaciones Memory Call. Frank había visto el anuncio del nuevo sistema penitenciario global que se realizó en rueda de prensa. El mundo se detuvo durante las más de dos horas que duró aquella presentación. Siempre que llegaban nuevos reclusos a la penitenciaría, a Frank le venía a la memoria su propia historia. Él era guardaespaldas y trabajaba para una multinacional que daba servicio a hombres de negocios. Solía custodiar a un joyero durante los viajes que realizaba entre España y Francia. El joyero solicitaba sus servicios con frecuencia, sobre todo porque gustaba de jugar a las cartas y se le hacía el viaje más corto y ameno. Fue durante uno de esos viajes que un pasajero tropezó con el maletín que el joyero llevaba encadenado a su mano derecha, haciendo caer las cartas al pasillo del tren. Mientras el extraño nos ayudaba a recogerlas, Frank pudo ver cómo aprovechando la distracción, el pasajero intentaba abrir la esposa que se cerraba en torno al asa del maletín. Lo apartó y mientras el sorprendido repetía que no había hecho nada, introducía la mano en el bolsillo de atrás del pantalón. Fue entonces que Frank disparó pensando que iba a sacar algún arma blanca y amenazar a su cliente. Por último, el operario conectó el <>, como lo llamaban por allí los compañeros. Se trataba de un artilugio electrónico en forma de cono que se introducía en un receptáculo abierto a tal efecto en el cráneo del recluso. La operación para crear el receptáculo se llevaba a cabo en la Tierra ya que era bastante compleja. Se decía que algunos reclusos habían muerto en la operación. Ésta herramienta era la que transmitía la información sobre la <> del recluso, así como todo lo referente a su estado físico. Frank desvió la mirada cuando el operario se disponía a introducir el <> en la cabeza del recluso. Siempre le recorría un escalofrío cuando llegaba ese momento. Perdido ya el hilo de sus pensamientos, se percató del punto rojo que parpadeaba en la esquina superior derecha del ventanal de aluminio transparente. Debajo de la señal luminosa se podía leer <>. Frank extrajo su cristal del bolsillo de la chaqueta y pulsó el botón OK del panel que rezaba: Fantasía Jacob Steiner. Recluso 6910.1669.18.03.2211”. Comprobó que podía acceder a las constantes del recluso desde su cristal… Frank parpadeó ante la luz de la sala de control de la Penitenciaría. Se incorporó en la camilla metálica hasta quedar sentado mirando hacia los compañeros que vigilaban a los presos con sus cristales. A su lado se encontraba Albert, uno de sus subordinados, que todavía sujetaba el <> con la mano derecha, y le dijo: Siempre me sacas muy justo Albert – Señor, usted me dijo que no quería pasar ni un segundo más del necesario en las conexiones de los nuevos presos. Que ya tenía bastante con tener que pasar el resto de su vida en esta prisión…- Tienes muy buena memoria Albert…- dijo Frank a modo de despedida dirigiéndose hacia la puerta de la sala de control.

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