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'Al final del pueblo' Relato de la autora japonesa Yukimi Ogawa Traducido por Emanuel Urrea

 

 

En el mostrador de la agencia matrimonial al final del pueblo, sentí que mi labio se crispaba involuntariamente. “Disculpe señora”

“Necesito un hombre,” insistió la mujer frente a mí. “Necesito urgentemente engendrar un bebe.”

Mire hacia abajo, a la computadora y me pellizque la comisura del labio, con la esperanza de que dejara de crisparse, pero no funciono. “Bueno, veo que eres una persona muy directa. Quizás debería esperar hasta acercarte un poco al hombre para decir ese tipo de cosas.”

“Pero, ¿por qué?”

“Podría ahuyentarlo.”

“¿En serio? No lo sabía.”

La mujer parecía nerviosa, se acomodo el cabello detrás de la oreja y dejo ver el hilo que sostenía la máscara. La mascara parecía antigua, hecha de algodón y no de tela no tejida. ¿Tiene frio? ¿O acaso es alergia?” le pregunte.

Movió la cabeza, su grueso y largo cabello casi no se movió.

Debajo de esta antigua mascara y peinado, vestía un largo vestido de una pieza completamente blanco, algo que no combinaba con su pálida piel. Me pregunte si también debería asesorarla sobre cómo vestirse. “Creo que eso también les ahuyentaría. El hecho de nunca quitarse la máscara por alguna razón secreta.”

“¿Así? Válgame…”

Esta mujer, Saeko Kimura, afirmaba ser originaria de una región muy lejana, razón por la cual no podía decirme el nombre de la secundaria de la cual se había graduado. No me dio información que pudiera decirme algo sobre su vida, ni siquiera su edad, pero parecía tener una edad cercana a la mía, unos treinta y pico. Era la primera clienta desde que empecé a trabajar aquí hacia cuatro meses. Había regresado a este pequeño pueblo después de separarme de mi novio y abandonar la ciudad el año pasado, y estuve medio año sin poder encontrar trabajo. Cuando finalmente encontré este puesto en la agencia matrimonial al final de mi pueblo natal, no tuve más opción que aceptarlo.

La firma estaba ubicada junto a una casa que el jefe afirmaba era su morada pero nunca parecía utilizarla. Nunca había visto al jefe excepto por la vez cuando vi la sombra de una figura alta y esbelta reflejada en el mosquitero de la puerta de la casa hace algunas semanas atrás. Nuestra comunicación había sido exclusivamente a través de correo electrónico. Ni siquiera llamadas telefónicas.

“Pero quitarme la mascara también podría ahuyentarlos,” me decía Kimura. Se le habían formado arrugas entre las cejas cabizbajas y le daban un semblante de mujer desafortunada. “Realmente necesito la semilla de un hombre.”

Trabaje durante cinco años en la ciudad como recepcionista en una escuela de habla inglesa, donde tuve que lidiar con incontables quejas muchas veces infundadas y tuve que desarrollar una máscara Noh en mi rostro pero despojado de cualquier expresión. Pero incluso eso no era suficiente para luchar contra esto. “¿Solo desea acostarse con alguien?”

“Si,” respondió rápidamente, “Sin condón.”

Solté una suave risa. “En ese caso no debería estar aquí. Este lugar es para personas que buscan un marido o una esposa. Usted debería registrarse en una red social que es famosa por esa clase de comunidad.

“¿Que es una Red Social?”

“¿Sabe lo que es un condón pero no una Red Social?

“He visto a parejas usar condones y descartarlos en el bosque.”

“Ah. ¿Tiene teléfono móvil verdad?

“No.”

“¿No?” pregunte incrédula. “¿Y computadora?

“Para nada.”

Pensé en esto por un segundo. Sería fácil para mí si solo le hubiese dicho que se consiguiera un teléfono y buscara en Google por algún servicio que sirviera a sus propósitos. Pero era mi primera clienta aquí, y al cabo de cuatro meses de no tener nada que hacer más que limpiar esta pequeña oficina, era simplemente agradable tener alguien con quien hablar.

“Debo consultar con mi jefe primero,” le dije,” pero puedo dejarla usar mi computadora y enseñarle como usar las redes sociales. A cambio, quizás, de un tercio de lo que pagarías por el servicio aquí. Si mi jefe dice que si, ¿es algo que le gustaría?

Los ojos de Kimura brillaron. Asintió con tanto entusiasmo que temí que se le separara la cabeza del cuello.

El jefe me dijo que si en un correo electrónico. Llame a Kimura a la línea fija (me había advertido que podía tomarle un tiempo contestar y me pidió no dejar de insistir), y dijo que volvería al día siguiente. Y lo hizo. Elegimos un servicio que parecía favorable para personas mayores, enviamos un par de mensajes sin proporcionar demasiada información pero sin mentir necesariamente. Un mensaje fue respondido. La deje usar la oficina como punto de encuentro. Le dije que le dijera al hombre que tomaba pastillas. Sin demasiado detalle.

Unos días más tarde Kimura entro corriendo a la oficina y me abrazo por encima del mostrador. “Gracias,” me dijo, hasta pude sentir su sonrisa sobre mi hombro. “Incluso le gusto mi mascara y me dio algo para cubrirme el rostro entero para usarlo mientras estaba desnuda.”

“B-bueno, que bien. Pero aun no sabes si obtuviste la semilla que necesitabas,” le dije, palmeándole un par de veces la espalda.

“Oh, sé que lo obtuve. Siempre lo sabemos.”

“¿Lo saben, quienes?”

“Mi especie”

“Ahá”

Cuando finalmente dejo de abrazarme, tenía el ceño fruncido. “¿Qué sucede?” le pregunte.

“No haces muchas preguntas, ¿verdad? Sé que he sido un poco… rara.”

Eso me hizo sonreír. “No es de mi incumbencia, eres una mujer adulta.”

“Bueno, gracias. Has sido grandiosa.”

“Me alegra haberte ayudado.”

Ya me había pagado, pero como una muestra personal de agradecimiento me dio un sobre. Contenía algunas tarjetas prepagas parcialmente usadas. En total juntaban cerca de treinta mil yenes. “Esto es demasiado.” Sacudí mi cabeza e intente devolvérselo.

Kimura sacudió a su vez su cabeza y cerro mis dedos sobre las tarjetas. “Son todas las que pude reunir. Este ha sido un paso muy importante para nosotras, y no es suficiente para demostrar nuestro agradecimiento pero  no tenemos mucho dinero ya que no lo utilizamos.”

“¿Mmm?” Un ridículo sonido salió de mis labios. No entendí nada de lo que me acababa de decir.

Kimura sonrió y apretó mis manos. “Gracias,” dijo nuevamente y se fue.

Le escribí un mail a mi jefe para contarle lo que había pasado, incluí torpemente lo de las tarjetas prepagas. Su respuesta fue una sola palabra: “Bien.”

¿Qué es lo había hecho? Unos días más tarde, dos hermanos gemelos aparecieron del otro lado del mostrador. “Hemos oído mucho sobre ti,” dijo el que estaba a mi izquierda. “Que las ha ayudado.”

“Ayude a Kimura-san, si. Pero ustedes lucen mucho más jóvenes.” Ya me había quitado la máscara Noh.

“Tenemos una dama, a la cual protegemos,” dijo el que estaba a mi izquierda.  “Necesitamos que alguien vaya por ella.” El que estaba a mi derecha no dijo nada.

“¿Ir dónde?”

“Al santuario del bosque.”

Vagamente recordaba el lugar. “¿El de la diosa del sol?”

“Ese mismo.”

“¿Y ella necesita la semilla?

“Si.”

No estaba segura si quería reír o gritar. “¿Pueden aunque sea traerla a algún hotel? No es fácil traer a un extraño a un lugar propio, sabes.”

Los gemelos se miraron el uno al otro y de nuevo a mí. “Esta demasiado débil.”

“¿Esta débil pero puede tener sexo?”

“Dentro de su propio hogar está bien.”

“¿Quieres decir que es la sacerdotisa?”

El de la izquierda miro a su hermano. Éste se encogió de hombros sin decir nada. “Algo así,” dijo el que hablaba. Por primera vez no me miro a los ojos.

“¿… No van a lastimar al hombre verdad?”

“¡No! ¿Acaso Sae hizo algo para lastimar al hombre?”

Pensé en eso por un segundo. No lo sabía pero no había escuchado que nada malo hubiese sucedido en los alrededores. “Bueno. Está bien entonces. Pero debemos inventar alguna excusa para atraer al hombre a ese santuario suyo.”

“¿Tiene alguna sugerencia?” El de la izquierda pareció aliviado y nervioso a la misma vez.

Mire mi computadora y pensé profundamente. “Quizás pueden simplemente decir que su dama es una sacerdotisa.”

“¿Uh?”

“Algunas personas se excitan mas con situaciones anormales,” le dije. “En este caso, díganle que su dama es una sacerdotisa encerrada en un santuario. Cuando el hombre entre, ella le dirá que no debería estar ahí porque es un lugar sagrado, y el concepto mismo hará que él quiera hacerlo en ese lugar y  arrancarle la ropa ahí mismo…”

Los gemelos se sonrojaron. “Ah bueno, suena… bien. ¿Podría hacer una publicidad pidiendo eso?” Su habla decaía de tanto en tanto, y su hermano que no hablaba se miraba los pies.

Sonreí. “Si, no hay problema. Cuéntenle el plan a su dama y regresen mañana. Tendré el perfil y el mensaje listo.”

“Bueno, gracias.”

Después de que se fueron me percate de que no le había pedido permiso a mi jefe. Le envié un mail, y me respondió “Ok.”

Los gemelos regresaron al día siguiente, me dijeron que incluso habían preparado un lindo juego de vestimentas para la ocasión. Deje escapar una risa y empecé a buscar un servicio apropiado.

“¿Cómo luce ella?”

“Es hermosa,” dijo el de la izquierda y se sonrojo. “Esbelta. De rasgos fuertes pero muy hermosa.”

“¿Una belleza con estilo?”

“Si.”

Fruncí el ceño. “¿Estás realmente de acuerdo con que ella se acueste con otro hombre?”

“¿Qué quieres decir?”

“¿No quieres hacerlo tú?

Los gemelos se pusieron tan rojos como un tomate. “Oh, no. No somos de su especie. No podemos.”

“Oh.”

Quería preguntarle qué significa “especie” en este contexto, y en relación a Kimura. Pero por alguna razón no me pareció lo más sensato. Lo deje pasar y empecé a buscar en Google por algún servicio.

Unos días después recibimos un mensaje de un hombre que parecía genuinamente emocionado con la idea de hacerlo en un pequeño santuario. Les deje usar el teléfono de la oficina en caso de que el hombre no encontrara el lugar. Pero no fue necesario.

Al día siguiente del encuentro los gemelos llegaron corriendo a la oficina. “Ella quedo muy pero muy complacida. El hombre también por lo que parece.”

 

¿Estuvieron observándolos?

Oh noo no.

Me reí.

Los gemelos dudaron por un momento antes de entregarme un pequeño recipiente de papel crepe color purpura. Dentro había una pequeña pieza de madera con un extraño carácter escrito en el, no significaba nada para mí.

“Es un amuleto,” dijo el muchacho que hablaba, con una expresión de seriedad. “Te protegerá de cualquier cosa. Ni siquiera tendrás que preocuparte por un terremoto.”

“Escuche algo muy similar de una mujer que quiso venderme una “pintura espiritual””

Lo dije como una broma pero los muchachos ni siquiera sonrieron. “Es realmente muy poderoso y nunca he visto que ella le diera uno a alguien de tu especie. ¿No lo presumas, ok? Hay algunos clanes que se pondrían realmente celosos.”

Cerré mis dedos alrededor del recipiente. “Está bien, gracias.”

Sonrieron y  asintieron. “Gracias a ti. No lo olvidaremos. Hay cosas que siempre perduran.”

Incline mi cabeza sin entender demasiado, pero al cabo de un segundo dieron media vuelta y se fueron.

Quizás debí preguntarles que querían decir. Kimura y los muchachos. Porque después de ellos siguieron viniendo clientes que actuaban aun más extraño. Vino una mujer, aun más pálida que Kimura, y trajo un kimono muy elegante con el cual quería pagar mis servicios. Estaba hecho de un material que jamás había visto ni tocado, el jefe me dio su aprobación así que acepte. Otra mujer, vestida completamente de negro, me pidió que le enseñara como llegar a la montaña del extremo más lejano de Tokio. No podía cobrarle por eso, así que  me toco en la frente y dijo “que el buen viento siempre este de tu lado.”

Entonces, un día, vino una niña, obviamente era demasiado joven para todo este asunto así que solo le di un chocolate que tenía en el cajón.

La niña se comió el chocolate y me sonrió. “¿Qué puedo darte a cambio?”

“No tienes que darme nada. Solo cómelo y vete, y no pienses en volver a hacer esto hasta que tengas por lo menos cinco años mas.”

“Pero tengo la edad suficiente, según los estándares de mi especie. Estoy lista para tener hijos.”

De nuevo la palabra especie. “bueno, ¿por qué no los tienes con un chico de tu propia especie entonces?”

Se chupo los dedos y frunció el ceño. “Dijeron que no harías preguntas.”

“No tienes que contestarlas siempre y cuando no me hagas buscarte una pareja.”

La chica se rio nerviosamente “me agradas, creo” dijo. “Casi nunca me gustan los humanos.”

“Oh, me siento honrada.”

La chica se despabilo de repente. “Deberías venir conmigo. Te mostrare que tan grande soy.”

“¿Cómo me lo mostraras?”

“Te lo mostrare. Pero no aquí”

La chica me miro fijo. Sus ojos marrones tenían una cualidad extraña que no podía describir. Sentí como si perforara mi cerebro a través de mis ojos. Intente desviar la mirada pero de alguna manera me era imposible.

Sacudí la cabeza. “No puedo dejar este lugar. Trabajo aquí.”

“¿Qué tal mas tarde?”

“Necesito hacer algunas compras.”

La niña sonrió. “Tarde o temprano vendré a buscarte e iras conmigo.”

Se fue. Sentí un olor extraño bajo el aroma a chocolate, así que me pare y abrí la ventana. Pero se quedo por un buen tiempo.

Le escribí a mi misterioso jefe sobre la niña. Como de costumbre el mensaje contenía una sola palabra: “No”. Me pregunte si quería decir que no le diera chocolate a una extraña o que no abriera las ventanas, o que no me molestara en dejar entrar a una niña a este lugar en primer lugar.

O que no vaya tras la niña.

El día siguiente era mi día libre. Pase el día haraganeando, lavando ropa y navegando por internet. Al atardecer, pensé en qué iba a hacer para cenar y me di cuenta que ya no tenía salsa de soja. Lo cual era extraño, pensé que me quedaba suficiente para por lo menos una comida mas. ¿Cómo podría haberme equivocado así?

Suspire y me subí a mi auto. Quizás mi tía en el próximo pueblo tenga alguna botella guardada. No quería ir a una tienda porque estaba muy mal vestida y no tenía maquillaje, y mi cabello era un desastre.

Encendí el motor. Para entonces ya se había hecho de noche. Al cabo de unos minutos estaba circulando por un camino angosto rodeado de maizales. Este sendero no tenia iluminación, y estaba muy oscuro…

Sentí un golpe en la defensa del auto.

Frene. No vi a nadie en el sendero, debió ser un gato o algo. Algo muy pequeño. Pero era la primera vez que chocaba algo. Mis manos empezaron a temblar. Con el motor encendido y las luces altas, baje del auto para cerciorarme.

La defensa no tenia señal alguna de colisión. Mire a mí alrededor. Estaba muy oscuro. Las luces iluminaban el sendero frente al auto pero eso era lo único visible.

En el rabillo de mi ojo, algo se movió.

Me di vuelta y mire fijamente hacia la oscuridad. Algo estaba intentando entrar al maizal. Y lloraba. Me sobresalte.

“¿Eres tú, verdad?” dije. No recordaba haberle preguntado el nombre. “Tu… te di un chocolate…”

La niña chillo otra vez y entro al maizal. “¡Espera! ¿Estás herida?” le dije y fui tras ella.

No.

Sentí un latido. No era mi corazón. Lo sentí en el bolsillo de mi camiseta.

Pero la niña volvió a chillar. Sus movimientos sonaban como si estuviera rengueando.

Corrí tras ella.

Fila tras fila de plantas de maíz. Perdí la cuenta, pero hasta donde pude ver eran muchísimas. Algunos maduros, algunos verdes. Todas juntas formaban un patrón extraño, del tipo que invade tu cerebro antes de quedarte dormida. Corrí. Mi respiración tenía un ritmo inexplicable. ¿Por qué estaba corriendo?

Al final del maizal había un arroyo.

Las luciérnagas bailaban por todos lados. Cuando sus luces tocaban las desvanecidas hortensias, las flores volvían a la vida, azules, purpuras y rosadas, colores tan vividos en este lugar tan opaco. Mire a mi alrededor y vi la Vía Láctea. El arroyo reflejaba las estrellas, convirtiéndose en otra Vía Láctea, solo que en el suelo.

Del otro lado, había un hombre, con las manos en los bolsillos. Sonrió.

“¿Por qué?, me escuche diciendo. “¿Por qué estás aquí?”

“Vine por ti.”

“Mientes.”

Sacudió la cabeza con una triste sonrisa. “Me equivoque. No debería haberme ido con ella. No debería haberte dejado ir. Lo siento. Tu eres a quien amo.”

“Tu, tu estas mintiendo… ¿verdad?”

Mi ex novio se saco las manos de los bolsillos y salto por encima de la Vía Láctea para situarse frente a mí. Me tomo las manos. “Lo siento, ¿Podrás perdonarme?”

Otro latido, no era mi corazón.

“Pero…”

No

“Por favor,” le dijo y la beso.

¿Por qué se sentía igual que siempre? Nunca nos habíamos besado bajo la Vía Láctea, o a su lado. No tenía sentido; sentí el deseo, uno que había guardado muy dentro de mí, sentí que salía a la superficie. O quizás era como yo quería que se sintiera y no como realmente sucedió. No importaba. El mundo giraba, dejándonos inmóviles en el centro. Sentí que su lengua buscaba la mía. Pronto mis piernas dejarían de mantenerme de pie. Su mano se deslizaba lentamente hacia abajo…

“¡Dije que No!”

Jadeando lo aparte de mí. No era su voz, nos estábamos besando. El amuleto de la dama volvió a latir, ahora más fuerte que antes, y entonces baño el espacio con una luz blanca e incandescente. Mi ex novio, o alguien que tenía su apariencia, trastabillo y se arrojo al arroyo.

El espacio se disolvió en la nada.

Antes de perder la conciencia, sentí que alguien me tomaba en sus brazos.

 

Abrí los ojos y vi a Kimura mirándome desde arriba. Me sonrió y sentí que una mano apretaba la mía. “Ha despertado,” dijo.

Al decir esto desato una conmoción a mi alrededor. Más rostros aparecieron frente a mí. Los gemelos, la mujer del kimono, y otros clientes.

Estaba acostada en un delgado futon, y aunque no podía ver mucho de lo que había a mí alrededor, por la forma del cielorraso probablemente estaba en el edificio principal del santuario. Mire a los gemelos. “¿Esta es tu casa?”

Asintieron. Un rostro asomo desde atrás mío por sobre mi cabeza. Un rostro muy hermoso. “Hola, humana.”

Sonreí. “Hola diosa.” Con un poco de esfuerzo, me senté; Kimura me ayudo. “¿Puede decirme que ha sucedido? le pregunte.

Kimura suspiro y me miro. Levanto la mirada y dijo, “no tenemos intenciones de lastimarte.”

“¿Si quisieran ya lo hubieran hecho verdad?”

Asintió y se desato la máscara de detrás de las orejas. Bajo la máscara tenía una boca enorme, de oreja a oreja,  debo decir que semejante imagen me impresiono.

Los gemelos dieron un salto, una vuelta en el aire y volvieron al suelo como dos perros guardianes del templo, uno de ellos tenía la boca sellada, de ahí que no pudiera hablar. La mujer del kimono dio una vuelta en el lugar y cuando se detuvo era una hermosa grulla.

Otros le siguieron. La mujer de negro sonrió y mostro exhibió sus magnificas alas. Una mujer de nieve exhalo polvo de diamante. Sacudí la cabeza, sonreí sin intención. “¿Pero por qué quieren tener sexo con seres humanos?”

Kimura se volvió a poner la máscara, probablemente para mi beneficio. “Somos cada vez menos. Pronto nuestra especie se extinguirá. Para evitar eso, hemos decidido, que necesitamos aparearnos y tener hijos, pero no pudimos encontrar suficientes hombres de nuestra propia especie. Decidimos que aparearnos con humanos serviría, por el momento. Nuestros genes son dominantes, tu sabes.”

No, no lo sabía. “Ya veo” le dije de todas formas.

“Lo siento, no debería haber corrido la voz tan abiertamente. No me imagine que los tanuki intentarían hacerlo también.”

“¿Tanuki? ¿Quieres decir… perros mapaches que se transforman para engañar a los humanos?

Así es. Los que acabas de conocer.

Asentí. Así que no era él. Claro, mi ex novio me había dejado y se había marchado con una mujer más rica y más linda. “¿Intentaban dejarme embarazada?”

“Simplemente no podemos creerlo.” Uno de los perros guardianes frunció el ceño con sus ancianas y arrugadas cejas. “Nosotros, los de forma animal sabemos que no podemos aparearnos con los de forma humana. Tomar prestada la semilla de un hombre y tomar el suelo de una mujer son dos cosas totalmente diferentes.”

Otras criaturas a mi alrededor murmuraron afirmando.

Me senté derecha de frente a la dama del santuario. “Gracias, creo que su amuleto me ayudo.”

La dama asintió. “Si. Pero debes agradecerle al hombre que te trajo aquí también.”

“¿Quién me trajo hasta aquí?”

“Bueno, ¿Quién fue?”

La dama miro a su alrededor. Nadie respondió. Kimura inclino su cabeza y dijo, “No lo conocemos. Probablemente era humano.”

Sentí una puntada de esperanza. ¿Era de mi edad? ¿Bronceado y robusto?

Sacudió la cabeza. “No lucia así en absoluto. Esbelto, alto, y pálido. ¿Tenía anteojos?”

Algunos decían que si, otros decían que no. Mi esperanza se desvaneció. No era mi ex novio.

Entonces, escuchamos un auto. Se detuvo frente al santuario y apago el motor. Los gemelos se ofrecieron para ir a ver. Cuando volvieron ambos inclinaron la cabeza. “Alguien dejo el auto en el portón y dejo esto en el pedestal,” dijo el gemelo y enseño un juego de llaves con una cadena.

“Son mis llaves.”

“El conductor ya se había ido.”

Tome las llaves y las di vuelta en mi mano. Estaban ligeramente tibias. Y recuerdo la voz. “¡Dije que No!”

Le sonreí a Kimura y a los demás. “Me voy a casa ahora. Prometo no volver a seguir a un tanuki.”

La dama asintió con seriedad.  “Si se mete en algún problema venga a este lugar, ¿ok?” dijo ella. “Por lo menos los gemelos siempre están en el portón.”

“Gracias. Y no olviden avisarme cuando tengan a sus bebes, ¿ok?”

Kimura se sorprendió al escuchar eso. “Creí que no querría volver a saber de nosotras.”

Le sonreí. “¿Quien no querría ver a sus clientas felices por el servicio que les he prestado?”

 

Camino a casa, pase por la oficina y le envié un correo a mi jefe. “Gracias” le dije.

Unos minutos más tarde me llego una respuesta.

“De nada” decía.

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