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El suceso

15/05/2019

 

 

Fuencisla no había experimentado en sus sesenta y cinco años de vida ningún suceso extraordinario. Durante unas fiestas populares de esas que tienen el mismo sabor año tras año, aunque pasen veinte, un mozo llamado Segismundo, que bien podría haberse llamado Francisco, Juan o Felipe, porque no había distinción entre los muchachos jóvenes de un pueblo u otro, la sacó a bailar y enseguida se hicieron novios. Se casaron en una boda corriente, sin gran pompa, y se fueron a buscar la vida a la ciudad, nada cosmopolita, una en que simplemente hubiera trabajo. Se instalaron en un pisito ni muy moderno ni muy espacioso, simplemente con lo necesario para dar cabida a los seis hijos que tuvieron; niños con rasgos corrientes, sin méritos en el ámbito escolar, que crecerían para perseguir oficios sin creatividad ni responsabilidad, se casarían con personas sin ambición y les darían nietos igual de corrientes y mediocres que ellos. Las únicas emociones en su vida venían de las películas que Fuencisla y su marido veían por las noches después de cenar, un mundo ajeno, imaginario que, por supuesto, jamás podría ocurrir en la vida real, y menos en España. Eso fue antes de que el pescado comenzara a oler. Las innovaciones no gustaban nada a Segismundo, y menos en el ámbito culinario. El gallo que Fuencisla compró terminó destrozado con el tenedor pero sin consumir en el cubo de la basura. Con el calor de esos días el pescado comenzaba a apestar, y Fuencisla hubo de bajar a la calle a tirarlo. Segismundo, a pesar de la recomendación de la médica, insistió en que se pasara de camino por el chino de la esquina y comprara un puñado de cigarrillos sueltos. No había un alma en la calle. Sí que era verdad eso que comentaban en la frutería aquella mañana, que la ciudad, y más concretamente el barrio, se estaban quedando vacíos. No había más que ver la cantidad de locales cerrados que había alrededor y lo deprimente que se veía todo. Sin embargo, Fuencisla no temía que ningún sinvergüenza la atracara; primero, porque no llevaba encima más que la bolsa de basura, aquella bata comprada en un todo a cien cuando aún se operaba con la peseta y un pañuelo para la nariz dentro de uno de sus bolsillos; y segundo, porque, por no haber, no había ni atracadores. Bueno, ya estaba hecho. En cuanto se pasaran por allí los muchachos del ayuntamiento, el olor del pescado se mezclaría con otros hedores en un lugar donde no molestaría a nadie. Volvería a casa deprisa, que allí el ambiente no era tan asfixiante. Sin embargo, sólo llegó a dar un par de pasos. Una súbita sensación de frío helador se apoderó de su cuerpo, paralizándola. Cayó al suelo. Tras un violento espasmo se quedó completamente quieta, incapaz de moverse, pero su cerebro seguía funcionando, así que pudo preocuparse. Dios mío, la médica les había dicho en las charlas sobre salud en el ambulatorio que cosas como aquellas eran síntomas de infarto. Le estaba dando un infarto y no había nadie alrededor para ayudarla. Tendría que haber hecho como la Paqui y haber pedido uno de esos botoncitos para emergencias. Alguien se acercó, lo sintió. Sin preguntarla si estaba bien (de hecho, no oyó más que sus pasos pesados), unas manos frías la sacudieron sin demasiada delicadeza y a continuación, tras comprobar que ella no reaccionaba, cargaron con ella al hombro. Fuencisla no podía hablar, pero se sintió más tranquila. Supuso que la estaban llevando a un coche, para trasladarla al hospital. Aunque, como solía decir su madre, que en paz descansara, cada uno tenía su hora y no había nada que hacer al respecto, quizás aquel no fuera su día. Sus expectativas se vieron truncadas al comprobar que el individuo, por lo que podía ver con sus ojos aún abiertos, recorría las calles por el camino equivocado; caminó y caminó hasta que el asfalto se convirtió en hierba. No pensaba llevarla al hospital a pie, ¿verdad? Pero, espera, habían llegado a alguna parte. Oyó un ruido, como de follaje revuelto, y vio que su auxiliador se estaba subiendo a una plataforma. A partir de entonces la oscuridad los engulló. Tras una caminata corta a ciegas la dejaron en el suelo, frío y llano, de una forma poco delicada. Seguía sin poder moverse, pero ahora, tumbada sobre un costado, podía ver algo. Vio barrotes frente a ella aunque nada más, debido a lo débil que era la luz verde de la sala. Silencio. Trató de hablar, de preguntar si había alguien por ahí, o gruñir tan solo, pero su garganta no fue capaz de emitir sonido alguno. Pronto, una violenta sacudida la hizo rodar. Ahora sobre el lado izquierdo de su cuerpo, le pareció ver que había más jaulas en la estancia. Había bultos de distintos tamaños dentro, pero no supo distinguir qué eran exactamente. Uno de ellos, eso sí, tenía cuernos, de eso estaba segura. Incapaz de moverse, no pudo sino preguntarse qué estaba pasando y encomendarse a su virgencita del Pilar. El suelo sobre el que se encontraba tendida estaba caliente, temblaba ligeramente. Después de la sacudida no hubo más movimiento ni sonido. El tiempo pasó tan despacio que perdió completamente la noción. Entonces, una nueva convulsión, esta vez mucho más violenta. Rodó hasta chocar con los barrotes de la jaula. Por fin oyó algo: un pitido agudo, que se metía en lo más profundo del canal auditivo y lo torturaba. Y algo más, como los gritos lejanos de un animal que solo por la voz ya resultaba de algún modo repugnante. Aquella cacofonía cesó y poco después entró un orbe de luz blanca a la estancia. Fuencisla pudo ver que aquello no era la Virgen, que había escuchado sus plegarias y acudía a ella manifestándose en forma lumínica, sino que se trataba de una especie de linterna, portada por unas figuras que se adentraron en la habitación. No supo cuántas eran exactamente. Allí había demasiados brazos y… Oh, cielos, ni siquiera sabía qué era lo que estaba viendo. Abrieron la jaula y lo que parecía un par de tentáculos se detuvo frente a ella. Algo fino y baboso le abrió un poco más el ojo derecho y enfocó la luz directamente a él, cegándolo por un instante. Oyó unos sonidos que parecían un concierto de eructos. Luego esa misma extremidad le palpó el cuello. Incluso sin entender qué significaban esas flatulencias Fuencisla supo perfectamente que estaban hablando de ella. Y eso no la tranquilizó. Fue entonces cuando sintió que le revolvían el pelo y luego metían su cabeza en una especie de máscara de buceo, que le dio un chorro de aire fresco en la cara. No obstante sintió temor. ¿Qué iban a hacer con ella ahora? No había nada que deseara más en el mundo que la soltaran, que dejaran de tocarla con esos asquerosos tentáculos. Fuencisla se encontró de nuevo cargada a hombros de un lugar a otro. Aunque ahora era capaz de mover los ojos, no podía hacer más, y encima aquella máscara que le ocupaba toda la cara le impedía ver nada. Sentía por todo su cuerpo aquella horrible sensación que se le queda a uno cuando se le duerme una pierna. Más bamboleo. Y tras lo que se sentía como un viaje a ciegas en una montaña rusa, le retiraron la mascarilla y se encontró tumbada sobre algo caliente. Pasó allí un tiempo indeterminado, hasta que fue capaz de erguirse un poco y volver la cabeza. Estaba sola, de vuelta al barrio. Había oscurecido por completo, las farolas ya estaban encendidas. Todo estaba tal y como lo había dejado, pero se sintió confusa, como si hubiera pasado años lejos de allí. No había nadie para ayudarla o tratar de explicarle qué puñetas acababa de pasar, ¡como para unas emergencias! Definitivamente, al mismo día siguiente cogería a Segismundo de los pocos pelos que le quedaban y se lo llevaría a pedirle “el botoncito” a los de servicios sociales, porque estaba visto que a una podía pasarle cualquier cosa y nadie se iba a enterar. El equipo de rescate vio a través de sus pantallas cómo enseguida, al irse pasando el efecto sedante, la humana se ponía en pie, sacudiéndose la ropa, y se encaminaba tambaleante hacia su casa con expresión de extrema confusión, agarrándose a todo lo que podía hasta llegar al portal de su nido. El doctor estaba en lo cierto: se encontraba bien y no había tardado en recuperar la sensibilidad de su cuerpo, así que no había peligro en liberarla de inmediato. Aunque sus captores fueron descuidados aterrizando cerca de un núcleo urbano, tuvieron el buen juicio de usar la cantidad justa de sedante para capturarla, evitando así una parálisis del diafragma. La pobre criatura había estado almacenada en unas condiciones lamentables, en un compartimento oculto en la bodega de la nave, con un generador de oxígeno que apenas era capaz de mantener vivos a todos los ejemplares capturados. Había sido una suerte que hubieran llegado a tiempo de salvarlos a todos; la última vez que interceptaron a unos bandidos que aquella calaña solamente sobrevivió un par de crías de lémur. Los detenidos se habían hecho con una pareja de búfalos de agua, tres cormoranes, un joven ejemplar de zorro, siete abejas melíferas y aquella humana. Estos no eran unos traficantes que buscaran las presas más raras y codiciadas. Cualquiera con buenos contactos podía procurarse un buen zorro en el mercado negro y los humanos, si no eran ejemplares jóvenes y con capacidad reproductiva, no interesaban tanto. Las abejas eran definitivamente la captura más jugosa. Pero todo ello les iba a traer serios problemas ante la justicia, por tráfico de especies protegidas. En cuanto Fuencisla entró a su casa y Segismundo la riñó, ignorando su increíble historia, por haber tardado tanto y encima haber vuelto sin el tabaco que le había pedido, pusieron rumbo a la estrella donde los criminales recibirían su merecido.

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