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Relato de Ciencia Ficción 'Hola mamá'

 

 

Con su hijo Thomas cogido de la mano, Andrea cerró la puerta tras de sí, buscando el refugio de la penumbra que reinaba en su casa.  Las repetidas expresiones de pésame que había recibido en el funeral hacían aún más insoportable el dolor por la pérdida de su hija pequeña. Su pequeña Martha. Todavía le parecía poder oír sus risas jugando en el jardín. Las lágrimas afloraron otra vez de sus ojos y resbalaron por sus ya húmedas mejillas. Todavía no podía creer que un conductor que se había dado a la fuga hubiera truncado la vida de su pequeña, de apenas ocho años.

Los tirones que de su mano daba Thomas la sacaron de su ensimismamiento.

-Mamá, ¿Me necesitas para algo o puedo subir a mi cuarto a estudiar?

Andrea se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano y contempló a su hijo. Había estado pensando que no sabía cómo mostrar entereza frente a él y resultaba que era él, con sus doce años recién cumplidos, el que más fortaleza (¿o era frialdad?) demostraba.

-Sí, hijo. Ve.

El niño corrió escaleras arriba. Ella accedió a la cocina y se dejó caer sobre una silla, prorrumpiendo en un desconsolado llanto, la cabeza escondida entre los brazos.

Súbitamente, un resplandor azulado inundó la estancia. Andrea levantó la vista y rápidamente tuvo que protegerse con un brazo para no quedar cegada. A un par de metros de ella una esfera llameante se había materializado e irradiaba una intensa y parpadeante luz. Lentamente, la esfera se fue difuminando hasta desaparecer, revelando en su centro la figura de un hombre de unos 50 años, que la encañonaba con un arma.

-Hola, mamá-dijo el recién llegado.-No se te ocurra gritar ni moverte, por favor.

-¿Qui…quién es usted? ¿Cómo ha entrado aquí?-Balbuceó casi sin voz Andrea.- ¿Y por qué me llama mamá?

-Permanece sentada y tranquila y te lo explicaré todo.

El hombre tomó asiento en la misma mesa sobre la que se hallaba semidesplomada Andrea, sin dejar de apuntarla con el arma.

-Me encuentro aquí-comenzó a hablar- porque necesito tu ayuda, mamá. Por increíble que pueda parecerte- sacó del bolsillo un pequeño artefacto electrónico- soy tu hijo Thomas y vengo del futuro gracias a este aparatito, que ya has visto funcionar. Necesito que escuches lo que tengo que contarte y después me ayudes en mi misión.

-¿Thomas?-exclamó incrédula ella, mientras dirigía la mirada hacia las escaleras, a través de la semicerrada puerta de la cocina.

-¿Sí, mamá? –respondió una voz infantil desde el piso de arriba. -¿Qué quieres? ¡Estoy estudiando!

-Nada. No es nada. –respondió ella, mientras el desconocido le reclamaba silencio llevándose un dedo a los labios y volviendo a encañonarla con la pistola.- Sigue estudiando, hijo mío.

-No puede usted, sea quien sea, pretender que crea esa sarta de patrañas que acaba de decirme…- protestó Andrea, susurrando. – Por favor, váyase y déjenos tranquilos…

-Me iré, sí- la interrumpió él- pero no antes de explicarte por qué estoy aquí y lo que debes hacer por mí. Como te he dicho, mamá, -continuó- soy tu hijo Thomas, ese que está estudiando ahí arriba. De ahí procede la crisis que debemos evitar. Provengo del año 2060. Si he podido llegar aquí y ahora es merced a esta tecnología- mostró el artefacto en su mano- que yo mismo inventé, o inventaré, y que permite parar el tiempo o viajar a través de él. Este aparatito, al que bauticé con el rimbombante nombre de “Chronoflex” ha sido, o será, mi perdición y la causa de la destrucción del mundo tal y como lo conoces. Como bien sabes, desde muy niño sentí pasión por la física. Tan es así que obtuve mi licenciatura y doctorado en física cuántica a la edad de 20 años. Cinco años más tarde, había descubierto la tecnología que dio origen e impulso a los viajes en el tiempo. Mi juventud, inexperiencia y, por qué no decirlo, mi ambición hicieron que la vendiera a una gran corporación y a los 26 era multimillonario. Nunca debí hacerlo. Dicha corporación utilizó de forma recreativa mi tecnología y sin las prudentes restricciones, dando origen a un sinnúmero de paradojas temporales. Cuando los responsables de la corporación comenzaron a perder pleitos por daños causados por mi tecnología, dieron un giro de 180 grados y, eliminando todo rastro de su anterior actividad, crearon una nueva división de carácter secreto, destinada a dar una finalidad armamentística a mi invención. Como resultado de ello, y sin entrar en más detalles, el 18 de Mayo de 2040 estalló el mayor conflicto mundial habido hasta la fecha en el que los países utilizaron los viajes temporales como arma unos contra otros. En mi época, 2060, no queda nada de la civilización. Apenas un pequeño reducto oculto en un lugar inaccesible a las hordas hambrientas y las epidemias.

-Es por eso que estoy aquí-continuó- debes ayudarme a evitarlo. Llevo años viajando al pasado intentando producir cambios que conjuren el desdichado final de la civilización, pero siempre sin éxito. Lo he intentado todo, –añadió- hasta intenté matar a mi versión juvenil. Sin embargo, por alguna razón que desconozco, parece ser que una persona no puede alterar su propia línea temporal. Por eso necesito tu ayuda para evitar el holocausto global. Bajo ninguna circunstancia debes permitir que ese niño que está en el piso de arriba llegue a ser físico cuántico y a desarrollar el Chronoflex.

A cambio te ofrezco volver al pasado y evitar la muerte de Martha. –Se levantó, alejándose de la mesa.- Confío en ti, mamá.

El extraño extrajo de un bolsillo el pequeño artefacto que había esgrimido antes, lo accionó y súbitamente volvió a verse envuelto en una esfera luminiscente azulada, desapareciendo.

Casi simultáneamente, se oyó un a Thomas gritar desde su cuarto: - ¡Mamá, dile a Martha que deje en paz mis libros!

-¡Yo también quiero leer!- se oyó replicar a una voz de niña.

Andrea no daba crédito a sus oídos. Presa de una emoción que era mezcla de alegría y terror, corrió escaleras arriba y entró precipitadamente en el dormitorio de Thomas, para ver cómo los dos hermanos forcejeaban por un libro.

Se abalanzó sobre la niña y comenzó a besarla y abrazarla, llorando desconsoladamente. Los dos hermanos la miraban atónitos.

 -¿Qué te sucede, mamá?- Preguntó Thomas. -¿Por qué lloras? ¿Y por qué vas vestida de negro?

-No es nada, hijos míos. Es solo un disfraz que me estoy probando. Y lloro porque no me gusta ver cómo os peleáis. -Andrea se volvió hacia su hijo, con expresión seria y decidida- Thomas. Quiero que dejes esos libros inmediatamente. ¡Dámelos todos ahora mismo! -Exclamó

-Pero mamá. -repuso el adolescente-Estoy estudiando.

-¡Eso se acabó! – Andrea se abalanzó hacia su hijo y de un manotazo le arrancó los libros de las manos, tirándolos al suelo. Thomas se quedó mirando a su madre, atónito, salió corriendo de la habitación, bajó las escaleras saltando los escalones de dos en dos y, cerrando la puerta de un portazo, salió a la calle. Segundos después se pudo oír el ruido de un frenazo, seguido de un golpe y de un revuelo y gritos que pedían ayuda. Andrea abrió los ojos desmesuradamente, presa del terror, imaginando lo peor. Mientras, Martha tomó subrepticia y rápidamente algunos libros de su hermano y los ocultó bajo el colchón de la cama.

 

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Con su hija Martha cogida de la mano, Andrea cerró la puerta tras de sí, buscando el refugio de la penumbra que reinaba en su casa.  Las repetidas expresiones de pésame que había recibido en el funeral hacían aún más insoportable el dolor por la pérdida de su hijo.  Todavía le parecía poder oír su voz quejándose porque la televisión o las conversaciones no le dejaban estudiar. Las lágrimas afloraron otra vez de sus ojos y resbalaron por sus ya húmedas mejillas. Todavía no podía creer que un conductor que se había dado a la fuga hubiera truncado la vida de su hijo. Los tirones que de su mano daba Martha la sacaron de su ensimismamiento.

-Mamá. ¿Puedo ir a jugar? -dijo

-Sí, hija. Ve.

La niña corrió escaleras arriba. Ella accedió a la cocina y se dejó caer sobre una silla, prorrumpiendo en un desconsolado llanto, la cabeza escondida entre los brazos.

Súbitamente, un resplandor azulado inundó la estancia. Andrea levantó la vista y rápidamente tuvo que protegerse con un brazo para no quedar cegada. A un par de metros de ella una esfera llameante se había materializado e irradiaba una intensa y parpadeante luz. Lentamente, la esfera se fue difuminando hasta desaparecer, revelando en su centro la figura de una mujer de unos 46 años, que la encañonaba con un arma.

-Hola, mamá-dijo.

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