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Relato: 'El payaso maldito'


En las porterías masmogenicas de entradas arcaicas y blandidas insolaciones que diatrivaban el orden impúdico colosal de anchísimos ejes universales por las entradas lactescentes de la vía láctea, cuerpos supurados y entreábrasenos huesos churruscados por la tormenta glacial y enfermiza sollozaban. Ahí, en las oreadas sombras miméticas de condenados y sobras de gusanos impúdicos, las voces guturales de cuervos y animales despellejados por el filo concíbalo no se hacían esperar. Los ojos huecos y arrancados de una sola mordida, hedoneaban el aire venenoso asquerosamente purulento que resbalaba por los muslos tajados de almas réprobas sostenidas firmemente por brazaletes y ajorcas de acero. Demonios argollados por el estrecho conducto que empalizaba su cabeza, lastimaban y fruncían con desbordante capacidad los cuchillos espigados y rompían con sorprendente visión los torsos, pies y manos del espíritu dominado bajo sus armígeras ramificaciones. Habían catacumbas monstruosas, techos superpuestos en radiantes gemas tornasoladas por rubíes antiquísimos pero bañados en sangre mohína e intoxicadas por los pedazos energúmenos de aquellos que terminaban siendo objeto de diversión para los esbirros. Plazas repletas de rosedales enraizadas por arboles oscuros y ramas pórfidas de invariables tonos. Habitaciones del terror, gruesos destacamentos accesibles por mecanográficos sellos que solo aprestaban los jefes de la comuna en general. El fuego era otra unción magmanica que servía para esclarecer el cumplimiento total de las reglas. Nadie salía y nadie era dueño ya de su existencia. Hervideros fluctuorescentes reñían como oleajes en los espectros que morían descarnizados por lavas aplastantes y lumbres teñidas de un azul grana horriblemente insoportables para el ser humano. Y como no señalar el más oscuro de los tapices límpidos, obras extenuantes se cobraron la vida de sacerdotes sonógrafos y pálidos reyes destellantes en capacidad y asimilaciones rápidas en la entrega definitiva de su alma y parte de su reino. Lo que fue una hermosa promesa de salvación y esperanza, allí, se transformaba en la traición sublime y demasiado ególatra para rescatar del inframundo a aquellos que morían por haber ultrajado monedas o haber perpetrado violaciones y su meta final era el ascua imperial y dominante. Breves sonidos se escucharon. El aire parecía un aura recalcitrante y hervía con la absolución de otro grito descompaginado y mordaz. Creería era una melodía pagana mezclada con el elipsis autónomo de un chillido minúsculo pero incierto. Luego, más conmociones. Muchos quejidos abundantes pero no de sufrimiento como lo era aun en la pequeña cámara resonaban. Un grito, el éter, la atmosfera, las argollas presionadas en los meniscos de los recién juzgados, chorreaban de sangre pero no se oían denotaciones ni voces desgarradas por doquier. Un rugido. Alguien se desplaza por fuera de una habitación con los puños abiertos que causan una hemorragia y pintan de color añil toda la infraestructura. Un impedimento. Quien sale choca sin preámbulos contra la hermosa compuerta de lapislázuli y sus botas altísimas quedan a un lado y se anima a cruzar el destellante palacio donde su belleza es más que un motivo de profusión inalterable. Lo detiene, sus manos ronronean por su espalda destruida y juvenil. Ambas cabezas se entrecruzan. Le incita a un beso, él se niega. Otra discusión. Lo necesita. Desde la entrada secundaria dos espectros muy atractivos observan sin increpar lo que acontecerá.

-Rosa.- su chaqueta azulada transluce la belleza de sus orbes claros, pero malditos. -¿Qué buscas aquí? Una caricia robada. La hermosísima indumentaria misérrima y espectacular endosada por apliques y joyas de altísimo valor le resalta aun más sus ojos colmados de amaneceres. Ella farfulla unas palabras acongojada.

-¿No lo sabes? Hace días estás apartado de nosotros. Es como si ya no te divirtieras. ¿Acaso te has olvidado de nuestros planes, de lo que debemos hacer pronto?- Un sonido leve de fastidio. Sus manos repelen la saliva contaminada de los muertos que navegan en las aguas frías y temperadas del Caronte. Nunca se meterán con él mientras ese leve hilo albuminoso rodee el ecosistema penitenciario.

-Hoy no, Rosa. Mañana hablaremos de eso. Quédate con Víctor, me hare cargo de Angelique después. – dice escuetamente. Rosa lo mira. Escudriña sus ojos ancianos y piensa un rato. Luego, vuelve al misticismo. “¿qué le sucederá?” Su hermoso rostro pecaminoso aun cortado y magullado por eufóricas tajaduras conservaba el aliento fresco de una escultura agraciada y esplendorosa, como una reina jamás se daba por vencida aunque su esposo pretendiera que ella olvidara lo pasado.

–Deberías hablarme nunca te has comportado de esa manera conmigo. Hay algo, no sé que sea, pero estas preocupado por alguna cosa y sería bueno que me lo informaras.

– objeto confundida. El hombre mitad monstruo, gruño de mal humor. Ya tenía las cosas bajo su control pero la altísima emperatriz del submundo no le dejaría escapar tan fácilmente. Encendió un cigarro y hecho el humo por su desgarrada boca ataviada por gruesos alambres de púas, más tarde salió del recinto dispuesto a terminar su tarea de siempre y dejo a la bellísima mujer a solas y preocupada. Los chillidos desbordantes de las ánimas excomulgadas supuraban terribles gemidos y la atmosfera corrosiva invadía el majestuoso espectáculo como si fuera una horripilante función para los artistas más embravecidos. Golpes, ruidos de cañones, colosales masas y puños de acero empalidecían la morfología apocalíptica de cientos de hombres y mujeres abrazando las densas brumas de sus pecados capitales. El bufón estaba indeciso. No sabía exactamente porqué no podía centrarse en sus asuntos más relevantes. Aquel día significaba una hora inexacta para su diversión fetichista. Ni sus compañeros de travesura lograban animarle, ni su querida Rosa expurgar sus malos recuerdos. O los mugidos insoportables de tantas almas llenarle su hondo vacío. Nada, absolutamente nada, le hacía sentirse conforme con lo hecho. Se aparto, su cajetilla de tabaco blanco quedo guardado en el revés de su bolsillo izquierdo, todo lo demás fue un minuto, ya no había cosa alguna que el pudiera remediar. Los recuerdos lo agolpaban demasiadas veces. Él no entendía la razón pero estaba próximo a descubrirlo. Camino lentos pasos hacía su morada de descanso. Su recamara era la imitación esplendorosa de una mansión árabe, enjaezada por rutilantes preseas y alcorcis que desnudaban el techo encrestado de virutas doradas y polímenes anclados por celliscas de hielo y astrágalos incalculables hechos de ventanales idóneos y fastuosos redobles de nieve y granizo. Se hecho en su displicente cama y aferro su mano al estuche donde reservo para más tarde su vicio más respetado. Una calada de humo relleno la habitación y numerosas formas agridulces conformaron el halito de una sombra proveniente del pasado. Al principio, era una cara esférica como un recuadro de antaño; una figura geométrica que emprendía círculos cromáticos, todos ellos alrededor de él. Más tarde; una imagen, era un ovalo con piernas y brazos que se extendían más allá de lo normal. Tomaba una apariencia vaga, podría haber recreado un animal, pero observándolo de soslayo sin duda alguna el rostro circunstancial era femenino. El Bufón salto aturdido de su cama y estaba decidido a llamar a sus compañeros mediante su magia negra, ya que era así como ellos se conectaban mentalmente por la telepatía. Sin embargo; el plan no surtió efecto. Aquella efigie ya estaba conformada por el busto, las piernas y un poco más del cabello negro y lacio. El bufón prefirió aguardar unos instantes aunque a resguardo, posteriormente la conformación de ese organismo tomo una complexión normal y se pudo vislumbrar a una niña pequeña sonriéndole sin descaro y absolutamente desnuda con manchas de sangre bañándole sus facciones que a pesar de estar rasgadas lucían aún jóvenes y gráciles. Él rompió a carcajadas y echo su cigarrillo al suelo ribeteado por nacaradas perlas y sílices de múltiples colores. Alzo un dedo engarzado por anillos metalizados y abaloriados de costosísimos sastres y con un tono de voz aniñada sonó su impúdica voz como un rayo a punto de destrozar una catedral entera.

-¿Hace cuantos años no te veía? Y pensar que eras una mocosa tiempo atrás. – sonrió estupefacto. La materia ya conformada por el aspecto gentil de un alma se mantuvo incólume y sin hablar. El bufón rió tantas veces que sus agudos tonos se oían a lo lejos sorprendiendo a los castigadores de aquella espantosa mansión en tinieblas y sus amigos también fueron testigos de semejante osadía y replica. En las afueras, apenas los colosales enjambres de malignas sepulturas y demonios preñados por las hervideras sañas de sus escarmientos fruncidos a todo ser que hubiese caído en sus maldecidas garras, se hacían un lugar aparte y conquistados, ya, la mayoría de las voluntades de sus camaradas horrorizadas, temían por la salubridad mental de aquél muchacho asesino y mitad humano como lo fue una vez hace mucho tiempo. El «niño» se relamía los labios y endulzaba su paladar con exquisiteces traídas por sus fieles vasallos y observaba con pleno disentimiento a la muchacha que no gesticulaba palabra alguna.

-¿Piensas decir algo o te quedaras callada todo el día? - Inquirió sin preámbulos. El olor corrosivo de las plantas altas donde las fumigaciones estaban ahogando a los condenados en cada parte no terrestre e impartían numerosos castigos, hacían de remedio terrible para su ya podrido olfato. La espeluznante figura se movió de su lugar y se acerco llevando consigo una vela blanca y quedo cara a cara junto a él. No expreso gesto alguno. Su blanca desnudes no importuno en lo más mínimo a su contraparte adormecida junto el alfeizar de su mullida cama realzada con minerales de roca fundida y empalizadas radiantemente. -Ya lo recuerdo. Te mate hace mucho.- risas acompañadas por murmullos sonaron en consecutiva.- Eras una pequeña muy buena y obediente. Por eso me gustaste desde el principio. – Se dio media vuelta y probó la miel de una cacerola muy hermosa. ¿Quieres? Le ofreció sin disimulo y con puro descaro las mieses de su plantación herbatica. -Las chicas como tú deben alimentarse, a pesar de estar muertas. – volvió a insistir con gracia y opulencia. Un estallido resonó en aquella sala. La mancha mohína de sangre invadió el lugar y el espectro hizo una tormenta de arena y la locura comenzó a ahondar el espacio interdimensional.

-¡Maldito, como te atreviste, apenas tenía ocho años! – Una seguidilla de reproches y contundentes blasfemias inundaron la copiosa sala de meditación. ¡Lo sabías, estabas ahí, nunca debiste haber… Silencio.

La palma izquierda del más desgraciado ser que jamás se haya visto, insto mantener las formas.

-Tienes muy malos recuerdos, hermoso ángel. – Chasqueo su mandíbula y adjudico volátil.- Que yo sepa esos días fueron dignos de conmemorarse. -Se permitió otra copa de vino rojo, deambulo por el lugar en completo hermetismo y le desafío impune.

- No creas que tu presencia ha producido algún cambio notorio aquí. Apenas irrumpiste mi velada. Retírate. –le ordeno con voz sepulcral. Extraños susurros gesticularon en las sombras más cohortes sensaciones y todas ellas venían acompañadas de pesadillas y bestiales exposiciones en carne viva junto al cuerpo demacrado del fantasma sin nombre. Aquel espeluznante ser tomo una apariencia nueva y ahora apremiaba una figura totalmente diferente a lo que intentaba provocar: miedo.

-Así que retornamos a las antiguas ultranzas. Me parece fascinante. – rió. – Si utilizaras esa vestimenta con mayor ímpetu cuando vienes a espiarme cada noche, te aseguro, nos acostumbraríamos el uno al otro. – su escueta gracia le valió una mirada asesina del otro lado. Un chillido temible e incomprensible se oyó con más resonancia. La pequeña niña se echo en posición fetal cabeza abajo y derramo amargas lágrimas. El bufón le miró sin contemplaciones. Cogió el pañuelo blanco que siempre llevaba consigo enroscado en su cuello y se lo lanzo a sus pies. -Porque mejor no entramos en conversación, tú y yo ¿eh? – Tomó asiento en su mullida cama de terciopelo negro y endoso en sus afiladas uñas, una copa retractada con unciones extranjeras traídas del mar oriental y un vino infalible que le serviría de ungüento y distracción.

-No quiero nada de ti.- objeto la niña con el pelo brillante y su piel anaranjada espectacular y radiante. Breves sonidos volvieron a entremezclarse y el ágape de aquella conglemoración estaba en su mejor momento.

-Será divertido. Como antaño. ¿Sabes? Yo trabajaba en ese lugar tan bienamado para mí. Eras una niña brillante y tu madre. – se vio interrumpido por más rabietas.

-¡Cállate! ¡Ni se te ocurra hablar de ella! ¡Tú la mataste! ¡La atacaste, y por tu maldad falleció en el hospital! – Se propalo encima de él y quiso apuñarlo con un viejo cuchillo de cocina, por supuesto, no le causo ni el más mínimo rasguño.

-Tonta.- le reclamó.- Eso que estás haciendo no te dará resultado. Llevo muerto demasiados años ya. A lo sumo, lo único que conseguirás es hacerme enfadar como no tienes idea. Ella se quebró allí mismo. Era cierto. Nada podía hacerle daño. Se aparto de él y blandió nuevamente el arma blanca para introducirla en ella y desaparecer de una vez y para siempre de ese mundo y de todos los universos alrededor. -No seas tonta. – le quito el punzón. – Si tu brillante idea es morir así, en pleno discernimiento de tus capacidades, estás lista para transformarte en un esbirro cualquiera y no es lo que pretendo de ti, dulce Eleonor. Ella se irguió como pudo y le observo con gallardía y confusión. Dos emociones extrañas. Se envalentono nuevamente e intento arrebatarle el cuchillo, el bufón se mofo de ella y con un haz majestuoso la repelió directo al suelo bordeado con cristales de granito y topacio.

-¡No te lo perdonare! ¡Escuchaste! ¡Nunca lo haré! ¡La sangre mía y de mi madre será vengada!

Numerosas oportunidades lucho contra el demonio de ojos pálidos sin ningún éxito. La sola contemplación de la batalla era un merito insalubre pero también autodidáctico. Ambos aprendían del opuesto. Se complementaban. El asesino, el juez, el titiritero y su muñeca de cristal, jugando en la oscuridad plausible de una noche perversa.

-¿Estas a gusto allí, Eleonor? – su pie embadurnado con alhajas de color índigo, coaccionaban la mata de cabello de la infante.

-¡Déjame en paz! ¡Ya me las pagaras! – su rostro oprimido contra la fina alfombra no le dejaba respirar normalmente.</