• Facebook

IMÁGENES:  Todas las imágenes que ilustran los artículos y relatos de esta web y sus publicaciones son propiedad del autor de las mismas, así como las marcas comerciales y logotipos son propiedad de las empresas o personas a  nombre de las cuales están legalmente registradas y son reproducidas aquí solamente con el fin de ilustrar una reseña, crítica o análisis de las obras a las que hacen referencia. El Club de la Fábula no tiene relación alguna con el productor, productora o el director de la película, editor o autor del libro y de la portada del mismo. El copyright del poster, carátula,portada, fotogramas, fotografías e imágenes de cada DVD, VOD, Blu-ray, tráiler, libro, cómic  y banda sonora original (BSO) pertenecen a las correspondientes editoriales, autores, productoras y/o distribuidoras.

logo camarote.jpg

Diario de Joe Freeman


Diario de Joe Freeman Destinado a ti, alma malaventurada: Día 1 del diario. Empiezo la redacción de este diario por razones inherentes al porqué me encuentro en reclusión involuntaria. Ignoro el tiempo que ha transcurrido desde que me encuentro en esta precaria situación, y empiezo a temer que mi cordura no logre salir incólume. Guardo la esperanza de que la composición de este documento mantenga mi mente lógica fresca, y confío en que analizar punto por punto las acciones que desembocaron al aquí y ahora, me dé luces de una posible solución. Admito mi craso error al confiar en Winston. A pesar de tener conocimiento de los medios maquiavélicos que emplea para cumplir sus objetivos, mi petulancia me impidió ver lo que era obvio. ¡Estúpido arrogante!... Eso ahora carece de importancia; el hecho es que me dejé engañar por la reticencia de Winston. Él me dijo lo que yo quería escuchar y, sin dudar, di por hecho la veracidad de su palabra. Mientras escribo esto le escucho muy cerca y él sabe que es así. A falta de identidad he decidido denominarle el “pajarero”, el que atrapa pájaros con engaños y trampas. Ha provocado mi ensimismamiento y reclusión sin yo tener oportunidad de hacer nada. No es difícil darse cuenta de que no estará satisfecho hasta que consiga mi locura y desesperación, junto con la terrible muerte que me espera en caso de que lo logre. Debo enfocarme. Llegué, a la que más tarde se convertiría en mi prisión, gracias a las indicaciones obtenidas por los oriundos de la zona. Sus advertencias y supersticiones, muy diferente a su propósito, me alentaron a continuar, haciendo sentir mi objetivo más próximo que nunca; debido a la coyuntura del momento y a mi cometido, me era imposible saber de los planes que se efectuaban en niveles muy superiores al mío, al igual que el papel que desempeñaría en estos. Me dio la bienvenida un golpe de humedad y un intenso hedor a madera putrefacta. Adentro predominaba una inexpugnable oscuridad, a pesar de que el sol aún se cernía en lo alto a mis espaldas. Así comenzaría mi búsqueda con vehemencia, ayudado de una linterna que luego encontraría y encendería, valiéndome de los fósforos que, precavidamente, siempre cargo conmigo.

Día 2 del diario. No recuerdo haber presenciado el amanecer; he debido de haberme quedado dormido, sin importar mis intenciones de mantenerme en vigilia. Tal vez, en mis circunstancias, mantenerme lo más descansado posible sea prudente; pero temo que ceder ante esta necesidad pueda tener un resultado contraproducente. Afuera puedo observar como toda la extensión es bañada por una cálida luz rosada, mientras que adentro la negrura se mantiene impenetrable. ¡Ay, lo que daría por sentir el calor del sol! Más tarde. El hambre empieza a dominar mis pensamientos; intentaré escribir en mi diario para apartarme de él. Si bien mi captor ha procurado mantenerme alimentado, cual pichón enjaulado, me he percatado de que la comida que me dispone merma mis capacidades mentales. Comeré de ella en pequeñas raciones y únicamente cuando sea totalmente imprescindible. Por ahora me limitaré a seguir relatando los acontecimientos; he encontrado alguna clase de consuelo en ello… Tras mi arribo, proseguí a hurgar todo el lugar de arriba a abajo, buscando incansable el supuesto “tratado” que, me figuro, te ha traído de igual forma hasta acá. Y si, como yo, también lo encontraste, ya sabrás su verdadero significado. Winston lo sabía; de alguna forma lo averiguó y fue por eso que me permitió encontrarlo. No tengo la menor pista de cuánto tiempo pasó entre que me adentre en este corrompido lugar y por fin pude hallar el objeto de mi anhelo. Pudieron ser horas… quizás días. Aquí la sensación del tiempo se distorsiona; me hace pensar en aquella vieja frase: “Una olla observada nunca rompe a hervir”. Este sitio, sin duda, podría trastornar al más inmutable. El regocijo que se apoderó de mí cuando creí tenerlo en mis manos, fue tan intenso como breve. Tan pronto empecé a examinarlo, comencé a discernir la verdadera connotación de todo aquello, provocando en mí un primitivo impulso a salir lo más pronto de allí, el cual sabía — y pronto confirmaría— sería inútil. Ahí estaba él, erguido sobre sus piernas peludas, aguardando por mí; mirándome con ojos inyectados de sangre y una sonrisa desencajada que surcaba su rostro de oreja a oreja. Jamás había visto nada similar a ambas protuberancias que crecían como ramas sobre su cabeza. Ver esta horripilante visión frente a mí, y, peor aún, saber lo que significaba, me llenó de estupor. Mis piernas emprendieron la huida por sí solas; para cuando volví en mí, me encontré encerrándome en un lugar del recinto que no había visitado, y en el que permanecería hasta este momento. Continué el único camino, bajando las escaleras que me adentrarían a este virulento sótano; dejando atrás de mí la puerta cerrada que me separa de él. No fue hasta que posé mis pies en la planta inferior que advertí que aún sostenía el “tratado” en mi mano izquierda. Histérico, lo lancé en una esquina de la habitación y, desde entonces, me he negado a volverlo abrir. La idea de dormir y perder conocimiento de mi entorno me aterra, pero por la necesidad me he visto obligado a consumir la comida que me ha suministrado — como hace religiosamente todos los días— detrás de la puerta. Y ahora el sueño me invade.

Día 3 del diario. Me ha sido de gran dificultad llegar a la siguiente resolución: he de enfrentar el miedo al conocimiento, que se ha engendrado en mi conciencia desde mi funesto encuentro. Si existe alguna posibilidad de supervivencia, está en la lectura del “tratado”. Espero encontrar fe, la mía ya se ha extinguido. Esta cavilación fue, principalmente, consecuencia de los maullidos que creí escuchar al despertar. Por lo improbable del asunto, debido a mi posición topográfica, he considerado que mi mente se ha empezado a deteriorar y, con ello, han comenzado los desvaríos. Este pensamiento me ha acompañado todo el día… Tal vez me he estado volviendo paranoico; ¿Quién podría culparme? De cualquier forma, he de hacer algo cuanto antes. Tristemente, ese maldito libro es lo único de que dispongo. Más tarde. Estoy seguro de tu entendimiento en esta decadente cadena de eventos. Decir que no conocía la idiosincrasia de esto en lo que nos inmiscuimos, sería mentira y un completo despropósito. Sólo lograría que evocaras un recelo para conmigo. ¡No! Pero por favor, créeme cuando te digo que desconocía este lado, inexistente ante mis ojos, de la moneda. Ahora que la verdad no me es ajena, sólo puedo sentir impotencia. Conocer el qué, cómo y porqué, no significa que sepa evitar la terrible apoteosis que se avecina sobre mí.

Día 4. Ultima entrada del diario. Ignoro el destino que me aguarda después de escribir estas palabras. Dejaré este diario con mi testimonio entre las páginas del “tratado”. Mi sentimiento de desesperanza ha tenido utilidad. Me ha dado un dejo de valentía. Haré un único intento desesperado, en el que no tengo nada que perder. No tiene sentido permanecer aquí sometido si mi destino será el mismo. Si estás leyendo esto es porque, trágicamente, te encuentras en una posición similar a la mía. De igual forma, si tengo éxito o no, espero que encuentres en este diario y en mí, tu Dos pou sto; el punto de apoyo que necesitas para levantar el mundo. Me despido con un último mensaje: ¡No te rindas! Con mis mejores deseos, Joe Freeman.