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Planeta Caos


Aquel mundo giraba sobre su eje tal como aún lo hace nuestro planeta Tierra. Bueno, igual no. El grado de inclinación de dicho eje cambiaba continuamente de forma arbitraria y sin exactitud alguna. También los períodos de rotación y traslación eran del todo irregulares e imprevisibles. Por eso ningún día era igual a otro. Tampoco los años duraban lo mismo. A decir verdad, nadie se ocupaba de medir el tiempo. Este simplemente transcurría, sin más. De la misma forma que en cualquier otro mundo, las brújulas marcaban el norte magnético; lástima que allí el norte variaba de posición de forma perpetua e imprecisa. Nunca sabías si iba a hacer frío o calor, ni si la marea subía o bajaba. Allí jamás se celebraban los cumpleaños, nadie pagaba hipotecas, no se sabía cuánto duraba la jornada laboral o los descansos. Una región determinada podía conformar el marco de un árido desierto, de una frondosa dehesa o del más helado de los páramos. La flora y fauna de cualquier parte de su geografía debían adaptarse a un clima siempre cambiante y a unas condiciones a menudo extremas y volubles. La gente de allí no hacía planes de futuro. Se limitaban a vivir en una ferviente improvisación.


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