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Los Proximistas


Desde la fila de reos apostada en la plazuela del campamento Beres, Jan miró el paso de los bombarderos alemanes en el cielo vespertino. Luego, observó que los guardias de las SS examinaban entre risotadas a los presos rapados, raquíticos y sucios. Cuando un guardia sacó de la fila a un viejo con el rostro marcado por las llagas, un camión L3000 cruzó el puesto de vigilancia e irrumpió en el campamento.

El camión se estacionó de forma intempestiva frente a los prisioneros y levantó una polvareda que hizo toser a Jan. Uno de los nazis que auscultaba a los presos se acercó al camión, habló con el chofer y luego, hizo bajar desde la parte de atrás a unos veinte hombres, pálidos y cabizbajos. El camión salió de Beres y el grupo recién llegado se integró a la fila. Los alemanes, en vista del nerviosismo de los nuevos, carcajearon y amenazaron con disparar sus fusiles Mauser.

Después de que los nazis chequearan a los recién llegados –llevándose a seis de ellos–, la fila marchó a la explanada; allí, frente a diez mesas largas con banquillos, había un remolque de comida atendido por un italiano de barriga prominente. Jan respiró profundo y caminó junto a los presos hacia el remoque. Uno de los recién llegados, de pequeña estatura y barba incipiente, se acercó a él.

—Yo a ti te conozco —susurró el hombre bajo, con ojos exorbitados.

Jan no respondió y prefirió seguir de largo, pero el tipo le insistió. Al fin, lo reconoció. Le preguntó si era aquel tipo con el que habló alguna vez del cuentista Damian Rybus en una biblioteca varsoviana –en la que Jan trabajaba como dependiente–. El hombre asintió con una sonrisa amplia. Jan le pidió disculpas por no haberlo reconocido, pero el hombre, presentándose como Kamil, le restó importancia.

Jan aceptó la compañía de Kamil y luego, hicieron la fila del remolque para conseguir comida. Después de que les entregaran bandejas de madera que contenían una ración de sopa, un trozo de pan y una bellota asada, hallaron espacio en una de las mesas y devoraron la comida en silencio. Cuando se inició una pelea entre los reos –disuelta por unos guardias a través de garrotes– Jan y Kamil resolvieron salir de allí y marcharon a la explanada.

Al costado de la explanada, Jan y Kamil observaron a unos cuantos nazis en una cancha improvisada de fútbol. Ellos jugaban contra un equipo forzado de presos. El conjunto germano, saludable y bien alimentado, goleaba a placer a sus rivales, quienes apenas podían correr. En el lado izquierdo de la cancha, descubrieron tres jeeps Volkswagen Kübel, estacionados frente a un edificio gris de tres plantas. De los jeeps, descendieron varias prostitutas.

Mientras veían cómo las prostitutas entraban al edificio gris, Kamil le preguntó a Jan por su familia y que haría si escapaba del campamento. Jan respondió que él no sabía dónde estaba su gente y no imaginaba más allá del día siguiente. Cuando hablaban, un guardia los azuzó con un fusil, obligándolos a cavar en las arenas del foso –ubicado en el perímetro exterior de Beres–, donde se levantaba un muro con alambre de púas. Junto a cientos de hombres silenciosos, trabajaron con palas oxidadas hasta el anochecer.

En aquella noche, después del trabajo, los reos se dispusieron en una hilera y fueron –una vez más– inspeccionados por los guardias. En minutos, los alemanes sacaron a la fuerza a una decena de tullidos, ancianos y enfermos. El resto de los presos siguió rumbo a las habitaciones. En la habitación 6, Kamil fue invitado por Jan a la litera que él ocupaba desde hacía semanas. El camastro del medio estaba disponible, pues el preso que la usaba había desaparecido.

Después de acomodarse en la cama de arriba, Jan no pudo conciliar el sueño. En las afueras se escuchaban gritos y disparos. Por su parte, en el interior abundaban las toses, gemidos y llantos. En el camastro del medio, Kamil hablaba solo. Jan se revolcó en el lecho e intentó cerrar los ojos, pero en uno de los rincones de la habitación, un sujeto con acento húngaro comenzó a rezar en voz alta.

Desde el otro extremo, un muchacho hizo callar a la persona que rezaba. Así, no tardó en iniciarse otro conato de pelea y de inmediato, cinco guardias abrieron con estridencia la puerta de la habitación 6.

Los presos fueron obligados a levantarse de las literas para marchar al exterior de los calabozos, detrás del edificio gris. En aquel lugar, los prisioneros fueron obligados a desnudarse, dar cincuenta vueltas y entonar canciones nazis. Jan trotó al lado de Kamil y observó cómo los guardias, entre risas y burlas, golpeaban a los rezagados.

Cuando ya amanecía, los presos fueron obligados a vestirse y regresar a la habitación 6. Kamil y Jan se encontraban, al igual que el resto de los reos, exhaustos y congelados. Sólo durmieron un par de horas y, a eso de las seis de la mañana, debieron salir de la habitación. Los prisioneros marcharon a la plazuela y se dispusieron en una fila para la inspección respectiva. Después de que los alemanes sacaran a unas veinte personas, el resto fue enviado a trabajar en las arenas del foso.

Cuando trabajaban con palas roídas, Jan notó que los guardias se habían alejado unos metros. Kamil aprovechó la ocasión para contarle sobre su trabajo literario, explicándole que escribía relatos futuristas similares a los de su autor favorito, Damian Rybus. Los cuentos, prosiguió, trataban sobre viajes en naves de aluminio hacia planetas lejanos y redes de información controlada por calculadoras. Jan le respondió que tenía una visión similar del futuro, aunque aclaró que no conocía mucho de Rybus.

Después de la jornada matutina de trabajo y el almuerzo exiguo, ambos coincidieron que debían crear un nuevo movimiento literario y escribir relatos sobre temáticas que les importaran. En seguida, recogieron papeles y lápices desperdigados en el suelo del campamento y en la noche, acostados en la litera, escribieron una suerte de manifiesto, centrándose en futuros hipotéticos, basados en obras de Allan Poe, Verne y por supuesto, Rybus.

Kamil bautizó el nuevo movimiento literario como “Proximista”. Aunque Jan intentó decir que no le agradaba el nombre, prefirió evitar discusiones con Kamil.

Al día siguiente, después del trabajo nocturno en el foso, los proximistas Jan y Kamil aprovecharon los breves minutos de pausa para hablar del proyecto literario en las inmediaciones de los calabozos, pero un guardia armado con fusil, casi adolescente y de contextura rolliza, los descubrió de inmediato. El alemán, con tono áspero, los obligó a caminar con él.

Los proximistas siguieron al guardia hacia el interior de los calabozos. Jan y Kamil observaron las celdas vacías y avanzaron hasta un cuarto iluminado por una ampolleta de cristal instalada en el techo. El guardia cerró la puerta y se puso frente a ellos. Luego, bajó su fusil y se presentó como Werner.

—Sé lo que ustedes hacen. Desde ayer —articuló Werner en un polaco tosco, mientras sacaba un papel arrugado desde el bolsillo derecho del pantalón, extendiéndoselo a Jan.

Jan examinó el papel y en voz baja, le comentó a Kamil que se trataba de un poema con ciertas influencias de Rice Burroughs, y en cuanto al tema –una travesía espacial a Marte–, encontró muchas similitudes con lo que pretendía el movimiento proximista. Kamil y Jan se observaron con gravedad y luego, le comunicaron al guardia que lo incluirían en el movimiento literario. Después de que los presos le anunciaran la noticia, el rostro de Werner se animó.

Kamil y Jan escucharon, en un polaco limítrofe, las condiciones que quería imponerles el guardia. Werner los dejaría escribir en aquel cuarto durante las noches, a cambio de que ellos aceptaran todas sus ideas literarias. Cabizbajos, los proximistas asintieron. De inmediato, salieron de los calabozos y se dirigieron a la habitación 6, escoltados por el nazi. En aquel momento, todos los presos se encontraban afuera en sus habitaciones, en otra inspección de rutina.

Cuando Werner dejaba a Jan y Kamil en la puerta de la habitación 6, una bengala relumbró sobre el campamento. Luego, se escuchó una explosión atronadora. Cuatro tanques soviéticos BT-7 arrasaron el puesto de vigilancia y crearon un orificio –de varios metros de diámetro– en el muro con alambre de púas. Los proximistas y el resto los presos aprovecharon la ocasión y huyeron por la abertura. Los alemanes intentaron controlar a los reos, pero debieron enfocarse en defender el campamento Beres.

Jan y Kamil, libres de la presencia de Werner, escucharon gritos, explosiones de granadas y el traqueteo de las Kalashnikov. Pronto se alejaron del campamento y enfilaron junto a los prisioneros, rumbo a un bosque de tilos.

En el bosque de tilos, los prisioneros corrieron de manera ordenada, pero de improviso, fueron sorprendidos por una ráfaga de disparos. El ataque –provocado por seis milicianos nazis, ubicados detrás de un tronco caído– causó una gran mortandad y la dispersión de los reos. Delante de Jan y Kamil, diez personas fueron alcanzadas por los proyectiles y cayeron desplomados entre los arbustos.

Los proximistas esquivaron los cuerpos inmóviles y delante del bosque, atisbaron una veintena de camiones ZIL-157, estacionados en un camino arcilloso. Pronto se percataron que una gran cantidad de reos –los cuales, iban a la vanguardia del escape– subían a esos vehículos.

Cuando Jan y Kamil se encontraban a escasos metros de los camiones, un nazi apareció frente a ellos. Era Werner.

Werner, sin el fusil en mano, transpiraba con profusión. Los proximistas se dieron cuenta de que el alemán tenía una mirada extraviada, casi maniática. A la distancia, Jan y Kamil observaron que los camiones se alejaban por el camino.

—Dispararé si no me aceptan como parte del movimiento —profirió Werner, en su polaco básico.

Cuando Jan y Kamil le iban a responder, un soldado ruso apareció detrás de Werner y disparó su revólver Nagant a la nuca del guardia.

Werner, con rostro inexpresivo, dio de bruces contra el suelo. Los proximistas dejaron de mirar al guardia alemán cuando el soldado se acercó a ellos, instándolos a subirse en el único camión que quedaba en la ruta. Jan y Kamil acompañaron al militar, emergieron del bosque de tilos y subieron a la parte de atrás del camión.

En la parte de atrás, Jan y Kamil encontraron a varios hombres apretujados y reclinados. Por la cantidad de personas, debieron quedarse de pie. Luego, los proximistas notaron que el militar ruso subía al puesto de conductor, encendía el vehículo y se alejaba de la ofensiva desplegada en el campamento Beres.

A medida que se alejaban del campamento Beres, los rostros de los presos comenzaron a relajarse. En el medio de ellos, había un anciano de gafas y con barba de chivo que se mantenía en silencio. Jan se fijó que Kamil tenía puesta la mirada en aquel viejo.

—Tú eres Damian Rybus, el cuentista —dijo Kamil, en voz alta.

Cuando Jan percibió que Damian Rybus miraba con timidez a Kamil, dos cazas rusos Yakovlev-9 pasaron encima del camión.

Jan al igual que los otros rescatados, vio que los helicópteros se dirigían al campamento Beres. Luego, se dio cuenta de que Kamil logró sentarse al lado de Rybus, con quien empezó a charlar de literatura y de los años venideros. Jan meneó la cabeza, sonrió y miró al frente, hacia una carretera pavimentada, en dirección a Varsovia.