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Yo sobreviví.

11/06/2019

 

 

Todo aquello empezó cuando la portavoz del gobierno anunció que se aprobaba la SNE. En principio era algo bueno, la solución para varios de los problemas con los que a diario nos tocaba lidiar a todos como sociedad. Pero fue el principio del fin.

 

La Solución Nutricional Estandarizada acababa con los tremendos problemas a la hora de confeccionar menús, vender comida en supermercados y en restaurantes y que alguien se sintiese molesto u ofendido. La SNE no molestaba a ninguna creencia, no ofendía a ninguna opción alimenticia y cumplía  estrictamente con los aportes calóricos y nutricionales para una vida sana. Además venia con varios sabores y colores para que las comidas no se hiciesen monótonas.

 

Pero duró poco. Las asociaciones de daltónicos se molestaron porque había una discriminación entre los que podían percibir todas las coloraciones de la bebida alimenticia y los que no. Así, que se suprimieron los colores identificando los sabores con números. Pero los que sufrían trastornos del gusto protestaron aprovechando la ocasión, hasta que la SNE se convirtió en lo que resultó la pasta insípida que nos alimentaba y nos mantenía saludables, sin ofender absolutamente a nadie.

 

A la SNE sobrevivimos bien, pero fue la puerta para que toda actividad humana resultase estandarizada, que fuese inocua, neutra y políticamente correcta. El lenguaje estaba medido, así como las relaciones, el trabajo, el entretenimiento,  los usos sociales, el sexo, y hasta nuestros pensamientos con el maldito TIC (Transmisor Integrado de Córtex). Siguieron existiendo ricos y pobres, listos y tontos, guapos y feos, pero no se le podía llamar a ninguno de ellos por esos nombres, cadenas  de eufemismos se debían de utilizar para no ofender a nadie, diluyendo la capacidad del lenguaje para expresar eficazmente y con una sola palabra un concepto simple. Y así sin darnos cuenta todo se vino abajo.

 

Ahora he de dejar de escribir. He de salir a cazar  con mi cuchillo para poder comer cada día  como hacemos todos los que sobrevivimos a la hecatombe. Lo malo es que hasta que caiga la noche no sé si regresaré con carne fresca para alimentar a los míos, o seré yo,  el que con mi cuerpo cosido a cuchillazos, sirva de alimento para otra familia de supervivientes

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