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'Camino al paraíso' Relato dela autora india Rati Mehrotra, traducido por Emanuel Urrea

 

 

 

 

Las montañas eran hermosas, aun cuando los caminos que llevan hasta ahí estén destruidos. Aun cuando todo el mundo este destruido. Tara se sentó a un lado del agrietado camino, absorbiendo el sol de otoño, mirando con asombro los lejanos picos nevados. Olvidando, por un momento, el dolor en su pies y el vacío en su estomago.

“Las colinas Sivalik, niños,” dijo Anju, señalando las colinas verdes que se elevaban a su alrededor. “La palabra literalmente significa los “mechones de Shiva.” Atravesaremos el valle, y estaremos a los pies del Pir Panjal, en el interior de los Himalayas.”

“¿Podemos comer tía?” dijo Tamar. “Dejemos las clases de geografía para después.”

Una mirada de dolor invadió el rostro de su tía. Tara quería patear a Tamar. Pero estaba tan cansada como su hermano. Sería bueno descansar y comer, si es que quedaba algo para comer.

Habían estado viajando desde que Tara tenia memoria, ella y su tía Anju y Tamar, su hermano mayor. Viajar desde el campo al campamento, de ahí a una zanja, a una cabaña abandonada, llevados por los rumores de la Cruz Roja, los MSF, o el Programa Mundial de Alimentos. Los rumores por lo general terminaban siendo falsos; cuando la guerra estalló, la mayoría de las agencias internacionales de ayuda huyeron del subcontinente Indio, o por lo menos de la parte norte.

Durante las últimas semanas, desde que conocieron al extraño hombre de un solo ojo que se hacía llamar Kashif, no se habían detenido en absoluto. Anju los había guiado con un destello de fanatismo en sus ojos, en la dirección equivocada, hacia el norte en lugar del sur. Hacia el norte estaba el frente: la línea constantemente en movimiento de la AGP, más de 1900 kilómetros mortales que iba desde Gilgit en el noroeste, el Glaciar Siachen al norte y Aksai Chin en el este.

Habían mendigado sobras de comida y trocado todo lo que pudieron hasta que no les quedo nada. Fueron a pie durante la mayor parte, a veces en alguna camioneta si alguien les daba aventón, y una vez, y esta es una historia memorable, en una bicicleta robada. Tomaron un atajo por Himachal, bordearon el Rio Breas, esquivando pueblos abandonados que habían sido reducidos a basureros tóxicos a lo largo de la costa. Era extraño, todos los demás refugiados viajaban hacia el sur. Paraíso, les recordaba su tía cuando se quejaban del hambre o del cansancio. Vamos a encontrar Paraíso.

“Está bien,” le dijo Anju a Tamar. “Comamos. Pero es importante que aprendas estas cosas. Cuando tenía tu edad, estaba en noveno grado. Estudie historia y geografía y matemática.”

“Cuando tenias mi edad, las cosas eran normales,” le dijo Tamar, y Tara noto el esfuerzo que hizo para no gritar.

“No es así,” replico Anju. “Estábamos al borde de una guerra nuclear.”

“¡Por lo menos no tuviste que mendigar o robar, o matar a alguien por un pedazo de pan!”

“No mataste a nadie, era solo un perro…” empezó a decir Anju, pero Tamar dio media vuelta y se alejo caminando.

“Déjalo.” Tara tomó la mano de Anju cuando intento seguirlo. “Estará bien.”

Pero se quedo pensando en eso mientras su tía se sacaba la mochila de los hombros y abría un paquete de chapatis rancios. ¿Estará bien Tamar? ¿Acaso alguno de ellos volvería a estar bien? Aun si la guerra terminará y los soldados se retiraran de las fronteras y las Naciones Unidas les hiciera firmar otro tratado. Como si  fueran niños mal portados, India, China y Paquistán. Niños mal portados y asesinos que podían quemar el mundo entero si no dejaban de jugar.

Como si pudiesen olvidar lo que sucedió en Lahore y Karachi, en Delhi y Bombay. Como si alguien pudiese entender alguna vez que había sucedido. Tres países a punto de desatar el Armagedón, cuando repentinamente cuarenta millones de personas se desvanecieron sin dejar rastro de las ciudades claves, los padres de Tara estaban entre ellos. Con el gobierno desaparecido, el comando central colapsó, y cualquier persona que tuviese el mínimo conocimiento del programa nuclear había enfrentado a un tipo de arma nueva, inimaginablemente mortífera. ¿Quién lo había hecho? ¿Dónde estaban los cuerpos? ¿Cómo era posible siquiera semejante ataque?

La furia de Dios, dijo alguien. Corea del Norte, dijeron otros. Extraterrestres, murmuro el lunático Kashif con sus labios llenos de saliva. Lo cual tenía tanto sentido como cualquiera de las posibilidades.

Lo que haya sido, había evitado que los tres países  desataran la guerra nuclear, pero no había detenido los enfrentamientos  en el frente.

Tamar regresó minutos después y comieron en silencio a un lado del camino, un chapati cada uno condimentado con un poco de un preciado pepinillo. El sol era tranquilo y agradable. Tara pudo oler los pinos de las laderas de la montaña, incluso pudo oír una ave cantar. Deseaba poder estirar ese momento, para hacerlo durar.

Paso muy rápido, su escasa cena había terminado y Anju se ponía de pie. “Vamos,” decía, en forma brusca. “Aun tenemos que recorrer unos doscientos kilómetros antes de llegar a Jammu. ¿No sería genial llegar antes del Diwali? ¿No sería algo auspicioso?

El destello fanático volvió a sus ojos, como si ella pudiese ver algo que ellos no podían.

#

Un día antes del Diwali, llegaron a los restos del Fuerte Bahu en el antiguo pueblo de Jammu, con los pies doloridos y hambrientos.

“Hemos llegado,” grito Anju, agitando sus brazos ante la devastación frente a ellos. “Lo logramos.”

Tara y Tamar la miraron. Su comida se había acabado hace rato, y habían estado sobreviviendo a base de bayas silvestres y plantas que Anju afirmaba que eran comestibles. La humedad otoñal y el rugido distante de las ametralladoras les habían mantenido despiertos durante la mayoría de las noches, temblando, acurrucados para mantener el calor. Tara tenía un profundo y doloroso agujero en su estomago que pensó que nunca podría llenar. Y su tía actuaba como si pronto fueran a darse un festín.

“¿Qué sucedió aquí? Pregunto Tara, mientras trataban de navegar por las calles repletas de escombros. Tiendas vacías a ambos lados de la calle como agujeros de oscuridad. Delante de ellos, el Rio Tawi resplandece ante el sol del mediodía. Un perro salvaje les gruñe desde detrás de una roca.

Anju se encogió. “Lo que sucedió en todos lados, supongo. Saqueo. Acusaciones  cruzadas. Locura. Revueltas.”

“Los humanos son estúpidos,” musitó Tamar.

Anju lo miro mal. “Necesitamos cruzar el río. El nuevo pueblo está del otro lado, y ahí es donde Kashif nos dijo que fuéramos.”

La siguieron por la orilla del Tawi y se detuvieron. El puente colgante había colapsado. Se tambaleaba sobre el río revuelto, los cables cortados revoloteaban en el agua como perezosas serpientes negras.

Anju agitó sus manos en señal de disgusto. “Punto para el Comando Norte. ¿No podían haber arreglado el puente?”

“Probablemente no están esperando visitas,” dijo Tamar, pateando un piedra al río.

“No,” dijo Anju. “El Tawi es sagrado. La historia cuenta que el hijo del Rey Serpiente trajo el río hasta aquí desde el Glaciar Kali Kundi para curar la enfermedad de su padre.”

Tamar rodó los ojos y miro a Tara, ella entendió lo que él estaba pensando. Todos eran ríos sagrados, y todos súper contaminados también. Anju insistía en hervirles el agua antes que pudieran beberla.

“Sigamos el curso del río,” dijo Tara antes de que Tamar pudiera decir algo. “Quizás haya otro puente. Quizás nos dejen entrar.”

“Y quizás sea todo solo una historia,” dijo Tamar. “Si este lugar es tan maravilloso, ¿Por qué no hay nadie más aquí, pidiendo que les dejen entrar?”

“Se supone que es un lugar secreto,” dijo Anju con exasperación. “Se los he dicho cientos de veces, el Capitán Kashif no nos mintió.”

Siguieron a su tía, saltando sobre las resbaladizas rocas negras en la costa del río. Gruesas y oscuras nubes empezaron a cubrir el cielo, bloqueando el sol. Anju tarareó, sin ritmo pero animada. Tara estaba devastada. No había nada aquí más que casas derruidas y calles vacías. ¿Qué haría su tía cuando se diera cuenta?

Por lo menos tenían un objetivo, encontrar Paraíso. Era algo a lo que aspirar, aun si no era real. Le dio algo que hacer a la hermana de su madre, la última persona  adulta que quedaba en su familia, además de mirar fijamente el espacio, haciendo introspección de un pasado sin esperanza. Y Kashif, aun cuando fuera un ebrio y un mentiroso, había desertado de la imaginaria Fuerza Especial de Jammu. Nadie sabía si esas Fuerzas eran reales. Kashif se había cubierto el ojo arrancado con un parche y ocultó su verdadera identidad de las personas del campamento en Meerut.

“Vayan a ese lugar,” le había dicho una noche, farfullando sus palabras, con su único ojo encendido. “Es como el Paraíso. Más que suficiente comida. Buenos doctores. Completamente seguro y normal. Todo lo que alguien pudiera desear: libros, bosques, cascadas, música, lagos, mercados. Igual que el Cachemira de la legenda. Pero no le cuentes a nadie sobre ese lugar.”

“¿Por qué te fuiste?” pregunto Tamar, pero Kashif no respondió, solo se hamacó sobre sus talones y gimió un poco, sonaba igual  que un recipiente vacío frente al viento. Tamar y Tara no se volvieron a acercar a él después de eso, pero su tía sí. “Le extraigo información,” les dijo la mañana siguiente, y la conocían lo suficiente para no confrontarla.

Esto sucedió hace un mes, o quizás dos. Era difícil tener noción del tiempo cuando todos los días eran iguales, la misma lucha por sobrevivir. Debió haber algo antes de este deambular por campamentos harapientos, este hambre y fatiga constante. Tara recordaba los paisajes y sonidos del Diwali: el resplandor de los petardos, el olor del humo, los ruidos y las risas. Pero Tamar le dijo que era solo su imaginación; era demasiado pequeña para haber visto un Diwali real. Quizás estaba celoso de sus recuerdos. Quizás solo odiaba el hecho de que alguna vez habían tenido tanto.

A Tara le gustaba imaginar cajas de dulces rojas y amarillas antes de dormir. A veces soñaba despierta con gujiyas, esos bocados dulces que se cocinaban masivamente durante el Diwali, aunque no podía recordar que gusto tenía. Quizás en Paraíso habían gujiyas. ¿Por qué no? Es como todo lo demás que Kashif mencionó.

Empezó a llover, una helada lluvia cayó sobre ellos, mojando su ropa y su piel. Corrieron para refugiarse dentro de las ruinas de una vieja estación de autobuses a corta distancia del rio.

“Solía nevar en Nainital en esta época del año,” dijo Anju, cuando estaban dentro. “Cuando era pequeña. Caían copos de nieve helada que solía atrapar con la punta de la lengua. También íbamos a patinar sobre el estanque cuando se congelaba.”

Tara capto la mirada de Tamar. No, no digas nada. Déjala hablar. Era mejor así. A veces Tamar interrumpía a su tía, le gritaba y la hacía llorar. No era su culpa. Tampoco era culpa de Anju, pero Tamar odiaba cuando ella hablaba del pasado. En especial, cuando hablaba de sus padres y sus abuelos, que habían muerto hace ya ocho años. Que sucedió con ellos, Tara solía preguntarle a Anju cuando era pequeña. Y luego aprendió a no preguntar, porque Anju no tenía respuestas. Nadie las tenía. Pero las preguntas siguieron devorándola por dentro. ¿Dónde se fueron? ¿Siguen con vida? ¿Volverían algún día?

No fue Tamar quien interrumpió a su tía esta vez. Fue el sonido de unas botas, más fuerte que el repicar de la lluvia sobre el derruido techo de la estación. Tara se encogió junto a su tía, el corazón le latía muy fuerte.

La puerta se abrió de un golpe y un rifle negro y largo entró, seguido del hombre que lo sostenía. Estaba vestido con un patrón pixelado de marrón y verde claro sobre los cuales repararon los ojos de Tara. El rostro del hombre era igual de difícil de ver que su uniforme, con casco y gafas con el mismo patrón, con franjas color oliva sobre sus mejillas. Una luz alumbro sus rostros y se agazaparon para que no les vieran.

“Civiles,” dijo el hombre, con un tono entre disgusto y desinterés, y apagó la luz. Pero no dejo de apuntarles con el rifle.

Otra figura uniformada paso a su lado, esta era indudablemente femenina. “O espías,” dijo ella, “Ustedes, arriba. Las manos donde pueda verlas.”

Se incorporaron y levantaron las manos, Anju los empujo atrás suyo como si eso pudiera protegerles de alguna manera. “No somos espías,” dijo ella, y Tara se enorgulleció de la manera en que hablo, firme y tranquila. “Y sabe que no estamos armados. Sus escáneres las hubieran detectado.”

“Le dispare a una familia de cuatro hace dos semanas,” dijo la mujer. “Cruzaron la frontera con explosivos atados al pecho. Incluso el bebe.”

Tara se estremeció. ¿Acaso las personas siempre habían sido así? Hasta donde ella recordaba, Anju siempre había sido vaga sobre este aspecto.

“Por favor,” dijo Anju, “solo somos refugiados buscando refugio y comida.”

“¿Entonces por que están aquí?” demando la mujer. “Estamos a treinta kilómetros del frente Paquistaní y los malditos chinos nos pisan los talones. Los civiles fueron evacuados hace muchos años.”

“Estamos buscando Paraíso.” Las palabras se escaparon de su boca antes que Tara pudiera contenerse. A su lado, su tía se petrifico. Tamar le largo una mirada de alerta.

“¿Qué?” dijo el hombre.

“Paraíso, idiota,” dijo la mujer. Ella cito, “Si hay un paraíso en la tierra, está aquí, está aquí, está aquí. Amir Khusrau, siglo trece, un poeta persa extraordinario.”

“Oh, esa es buena.” dijo el hombre. “Paraíso. Bueno, quizás lo fue alguna vez, pero Cachemira es un infierno ahora, al menos para mí.”

“Es lo que te mereces,” dijo la mujer.

El hombre hizo un gesto burlón. “Tú y yo ambos, Ave. Tu y yo ambos.”

“Pero estas personas,” la mujer les apunto con su rifle, “están yendo a Paraíso. El paraíso real. Bueno, amigos, primero tendrán que morir.”

“Lo siento,” dijo Tara, aunque su garganta se había cerrado por el miedo. “Ese es el nombre con el que lo llamamos. No se llama Paraíso realmente.” Los soldados la estudiaron, sus cuerpos se mantenían con postura de combate pero relajados gracias a años de entrenamiento y mejoras neuronales. Que poco costaba morir. Tara trago con esfuerzo.

“Escuchamos sobre un campamento especial en Jammu,” dijo Anju, tomando sus hombros. “Un lugar seguro.”

“¿Y quién les contó sobre este lugar?” La voz del hombre era casual, pero no engaño a Tara.

Anju hizo un vago gesto. “Conocimos al hombre que nos ha dado indicaciones en el campamento de Meerut. Era alto, de piel clara, y con un solo ojo.”

Estaba entregando a Kashif. Quizás eso era lo que había planeado hacer desde el principio, pero Tara no podía evitar sentirse mal por él. Kashif les había contado que los desertores eran ejecutados.

Algo sucedió entre los dos soldados: una comunicación privada a través de sus implantes óptico-neuronales, interpreto Tara, combinado con una conversación silenciosa con los dedos.

“Vamos,” dijo la mujer. “Nuestro Comandante en Jefe quiere hablar con ustedes.”

“¿Nos darán comida?” pregunto Tamar cuando salieron de la estación. “¿Tienen algo especial para comer por el Diwali?”

La mujer se rió, un sonido poco placentero. “Estoy sorprendido que nadie te haya comido a ti aun,” le dijo. “En lugar de petardos probablemente escucharas disparos.”

Ni siquiera Tamar pudo responder eso.

#

La mujer era Ave y el hombre era Tigre. No tenían otros nombres con los cuales distinguirlos, ni siquiera insignias que denotaran rangos. Pero por la forma que Tigre se refería a Ave, Tara entendió que ella era su superior. La lluvia se había detenido, caminaron a lo largo del río, con los pies chapoteando en el barro. Tara deseo haber tenido sus botas, pero le habían quedado chicas y las había trocado por comida como todo lo demás. Todo lo que tenia eran mocasines de lona un talle mas grande. Estaban húmedos y embarrados, y le dolían los pies y seguramente le saldrían ampollas esta noche.

Se detuvieron frente a un puente angosto donde Ave se comunicó con los guardias antes de que nos dejaran cruzar. Del otro lado del río había una cerca alta con alambres de púas con un puesto de centinelas. Una ancha franja de tierra baldía separaba esta cerca de otra que tenía torres de vigilancia. Robots patrullaban esta franja, animales de metal sobre ruedas y orugas, en cualquier otro momento, a Tara le hubiese encantado quedarse y observarles. Pero Ave y Tigre los apuraron, ocasionalmente pinchándolos con la culata del rifle, algo que Tara considero cruel e innecesario. Como si realmente fueran prisioneros o espías.

Les llevaron a un edificio de ladrillo, grande, de dos pisos, marcharon por un corredor y se detuvieron frente a una puerta de madera que se abrió ante ellos.

Dentro había un masivo escritorio, paredes cubiertas por pantallas y sentado ante el escritorio estaba uno de los hombres más grandes que Tara había visto jamás. Estaba vestido con un uniforme similar al de Ave y Tigre, pero no tenía casco ni gafas, por lo que Tara podía ver su rostro: era calvo, de piel marrón oscura, y nariz quebrada, con gruesas cejas que se unían en el medio de su frente, lo que le daba la apariencia de un villano casi cómico. A diferencia de Ave y Tigre, era viejo. Por lo menos cuarenta y cinco años, pensó Tara.

“Buenas tardes,” les dijo en una voz profundo y agradable. Sacudió su mano para indicarles que ocuparan las sillas del otro lado del escritorio.”Tomen asiento, tomen asiento. Confió en que Ave les ha tratado bien hasta ahora. Si no es así, no se preocupen. Su graznido es peor que su estocada.”

“ja ja ja,” dijo Ave, con amargura, y Tara entendió que este era una broma recurrente, diseñada para tranquilizar a las personas.

Se sentaron, su tía en el medio y Tara y Tamar a ambos lados, los dos soldados se pararon detrás de ellos.

“¿Un caramelo?” dijo el hombre calvo, y les acerco una fuente con pequeñas bolitas rojas y blancas. “Pueden llamarme Wolf,” agregó.

Cada uno tomo una golosina. Era dulce y dura, y con sabor a menta, y Tara quiso tomar otro pero no lo hizo. Saboreo el caramelo, la dulzura estallaba en la parte de atrás de la lengua.

“Ahora,” dijo Wolf, recostándose sobre el respaldo de su silla y lanzándoles una mirada, “por que no me cuentan todo sobre ustedes. Tigre nos traerá un poco de su maravilloso té. Y bizcochos. ¿Les gustarían unos bizcochos?

“Nos encantaría,” dijo Anju.

Tigre se fue; Ave se quedo, silenciosa y rígida detrás de ellos.

Anju empezó a hablar, pausado al principio y luego más rápido, las palabras empezaron a fluir como si las hubiese estado conteniendo dentro de su cuerpo. “Soy Anju. Estos son los hijos de mi hermana, Tara y Tamar. Solo tenían dos y cinco años cuando esa cosa sucedió en Delhi. Estábamos pasando el verano en Nainital, pero alguien murió, ni siquiera recuerdo quien, y todos debieron volver a Delhi para el funeral. Yo me quede con los niños…”

Tara dejo de escucharla. Del otro lado de Anju, pudo sentir que Tamar cruzaba y descruzaba las manos. Pobre Tamar, tres años mayor que ella y con muchos más recuerdos de un mundo normal. O por lo menos, más normal que este. Seguramente, Tamar sí recordaba el Diwali. Seguramente, alguna vez había sostenido una estrellita siendo apenas un niño.

“¿Tara? Contéstale, por favor.”

Tara volvió en sí y descubrió a Wolf mirándola con una sonrisa que no estaba en sintonía con sus ojos. “¿Azúcar?” pregunto.

“Si, por favor,” dijo Tara. Le puso dos cucharadas de azúcar en la taza y se la alcanzo. Ella lo sorbió, caliente y dulce y picante. Si los soldados los fueran a matar no desperdiciarían té y azúcar en ellos. El azúcar era valiosa, el té aun mas. Las personas en los campamentos peleaban por el té, hasta morían por él. Tara tomo un bizcocho de glucosa, lo sumergió en el té y le dio un pequeño mordisco. Se le derritió en la lengua.

“Cuénteme sobre este hombre Kashif,” dijo Wolf, sirviéndose una taza para él. “¿Dijo que tenía un ojo?”

“Si,” dijo Anju. Titubeo. “Me dijo que le pagó a una enfermera para que le quitara el ojo izquierdo, para que nadie pudiera rastrearlo.”

“Tenemos otras formas de rastrear,” dijo Wolf. “Continúe.”

Se encogió de hombros. “No hay mucho más que agregar. Nos dijo que vengamos a este lugar, dijo que había suficiente comida y agua limpia. Nos dijo que era seguro, aun cuando estuviera tan cerca de la frontera. Dijo que nadie se enfermaba aquí, y que tenía todo lo que alguien pudiera pedir; libros, arboles y flores.

Un destello de sorpresa atravesó el rostro de Wolf, solo duro un segundo, en un instante. La primera emoción genuina que Tara había visto en él.

“Estaba ebrio en ese momento,” agrego Anju rápidamente. “Para ser honesta, parecía estar loco. No sabía si creerle o no. Pero pensé…” su voz se desvaneció.

¿Qué creíste  tía? Se pregunto Tara. ¿Creíste que podía ser cierto solo por desearlo?

Pero Wolf pareció entender. “Siento decepcionarla,” le dijo. “Pero aquí no hay ningún Paraíso. ¿Le contó sobre nuestro visitante?” dijo en un tono tan casual, como si fuera un pensamiento residual.

Anju se congeló. Wolf asintió. ¿Lo hizo, verdad? Y te advirtió que no hablaras de eso.”

Se inclinó sobre la mesa “No sé de qué está hablando” dijo pero le tembló la voz, y Tara quiso abrazarla y decirle que había hecho lo mejor que pudo.

“Por favor,” dijo Wolf. “No insulte mi inteligencia. Tenemos muchas formas de hacer hablar a las personas, desde las desagradables hasta las horrendas. Le sugiero que me cuente todo lo que sabe.”

Detrás de ellos, Ave crujió sus nudillos.

Anju abrió y cerró la boca varias veces. Wolf asintió como alentando.

“El dijo que habían extraterrestres,” dijo finalmente, con su voz aun temblorosa, al escucharla Tara quería llorar. “Los extraterrestres hicieron desaparecer a todos en Delhi y Bombay y todas esas ciudades en Paquistán y China. Volvieron loca a la gente. Pero eran hermosos, lo más hermoso que él había visto jamás y cuando cantaban ver él pudo ver el universo entero.” Se detuvo y se seco la frente. “Es todo lo que sé. Intente preguntarle mas pero no respondió.”

Tara observo a su tía, olvidó el bizcocho. Esa era la razón por la cual Anju los había arrastrado hasta aquí. Nunca había creído realmente en la existencia de Paraíso. Pero si había creído en extraterrestres. Como si ellos pudieran ayudarlos a sobrevivir a la guerra o traer de vuelta a los desvanecidos. Toda la empatía que Tara sentía se había evaporado y la había reemplazado por una furia descomunal.

Wolf tamborileo los dedos en el escritorio, les miro con ojos endurecidos y oscuros. “¿Que voy a hacer con ustedes?” musitó. “Su amigo Kashif está siendo aprendido en este preciso momento y trataremos con él como corresponde. Ave, ¿hay precedente de este tipo de situaciones?”

“Si señor,” dijo Ave. “Hemos aplicado eutanasia en civiles peligrosos.”

“Por favor, no lastimen a los niños,” dijo Anju, apenas podía hablar. “Nos iremos y nunca le contaremos a nadie. Por favor. Solo queremos alimento, un lugar seguro...”

“Cierra la boca, tía” dijo Tamar. Su voz, fría y tajante sorprendió a Tara. “¿No ves que lo que están haciendo? Si quisieran matarnos ya lo habrían hecho. Nos necesitan para algo. Volteo hacia Wolf. ¿Por qué no se deja de idioteces y nos dice que es lo que quiere? O mátennos si es lo que desea. Pero deje de intimidar a mi tía. ¿Es esto en lo que se ha convertido el ejército indio? Mi abuelo peleo en la guerra de Kargil. Me alegro que no esté vivo para ver esto o se habría muerto de la vergüenza.

Silencio. El rostro de Wolf se hincho, como si estuviera conteniendo una explosión interna. Al cabo de unos momentos, su expresión se aclaro. “Si llegas a los dieciocho considera enlistarte.” dijo. “Puedo ver un futuro para ti en las Fuerzas especiales. Necesitamos guerreros que piensen.”

Tamar se rió, un amargo sonido. “No creo tener futuro en absoluto. Y si sobreviviera, preferiría invertir mi tiempo en descubrir como cultivar mas alimentos que en aprender a matar más personas.”

“Bien,” dijo Wolf. “Necesitamos científicos agrícolas también.” Se levanto del escritorio. “Me voy a dejar de idioteces como tan sucintamente lo dijiste. Vengan conmigo. Quiero enseñarles algo.”

Tara engullo el último sorbo de té y se levanto junto a los demás. Siguieron a Wolf por un corredor hasta un empinado tramo de escaleras que llegaba hasta el segundo nivel.

“Señor,” dijo Ave, con una voz que denotaba desconfianza, “¿los llevara al pabellón de los chiflados?”

Wolf agito un dedo en su dirección. “El Cuarto de Recuperación, Ave. El cuarto de recuperación. Quiero que sepan en lo que se están metiendo. Quiero voluntarios conscientes no prisioneros mal predispuestos.”

Subieron las escaleras detrás de Wolf, sin poder ocultar la inquietud. Tamar apretó la mano de Tara y ella dio una rápida sonrisa. Una sonrisa que decía Estoy bien, aunque no lo estuviera realmente.

Todo el segundo nivel había sido convertido en un hospital, con iluminación azul y separado en cubículos. Las ventanas habían sido tapiadas. Las enfermeras corrían de un lado a otro y un doctor estaba inclinado sobre una tableta tomando notas.

Pero los hombres y mujeres que yacían en las camas, en cubículos separados no parecían pacientes ordinarios. Algunos gritaban o gemían. La mayoría yacía ahí sin moverse, como si durmieran, excepto que Tara pudo ver que sus ojos estaban abiertos. Todos ellos estaban atados a sus camas.

“Veinte hombres y dieciséis mujeres,” dijo Wolf con aspereza. “Soldados, civiles, científicos, lingüistas y un par de gemelos idénticos. Hemos intentado con todo tipo de ser humano excepto con niños.”

“¿Intentar qué? Pregunto Tamar.

“Hablar con nuestro visitante,” respondió Wolf. “Estimamos que es incapaz o no tiene la voluntad de comunicarse efectivamente. Hemos intentado con robots. Hemos intentado con cada expresión artística que existe. Hemos intentado...” su cara se retorció. “con dolor. Hambre extremo. Parece necesitar de la radiación para sobrevivir.”

“¿Que le sucede a estas personas?” susurro Tara.

Wolf se encogió de hombros. “No lo sabemos. Físicamente están bien. Pero sus mentes se han ido. ¿Cuántos años tienes?”

“Casi once,” dijo Tara, a quien tomaron por sorpresa.

“No,” estalló Anju. “No pueden estar pensando eso. ¡No pueden experimentar con una niña!”

Wolf le dedico una sonrisa sosa. “Esta es una zona de guerra.” El miedo empezó a agitarse dentro de Tara.

“Prueben conmigo en su lugar,” dijo Anju, tomándolo del brazo. “Me ofrezco como voluntaria. Por favor, quiero hacer esto.

Wolf se sacudió la mano de encima con una mezcla de compasión y enojo en su rostro.”Usted no nos es útil. Y tú,” señalo con el mentón a Tamar, “ya eres demasiado grande, creo. Pero la niña podría servir. El cerebro de los niños está organizado de manera distinta a la de los adultos, tiene algo que ver a como las partes se interconectan unas con otras. Hay una pequeña oportunidad y vale la pena explorarla. Al menos eso es lo que nos ha dicho nuestro neurólogo.”

La garganta de Tara estaba seca. “Que le sucedió a Kashif?” preguntó.

“Escapó,” dijo Wolf. “Tenía grandes expectativas puestas en él. Era un de mis mejores hombres. Duro más que nadie; cuatro horas con la entidad. Él nos contó lo poco que sabemos.”

Tara recordó a Kashif, recordó que balbuceaba y se mecía sobre sus rodillas, la manera en la que constantemente miraba sobre sus hombros, toda esa charla de Paraíso, y se estremeció. Si eso fue lo que ocurrió al mejor de ellos. ¿Que le haría a ella?

Miro a los hombres y mujeres en las camas del hospital, enfermos.

“¿Que dices?” dijo Wolf, con una mirada hambrienta.

“¿Acaso tiene opción?” demando Tamar.

“Por supuesto,” dijo Wolf. “Si ella dice que no, encontraremos otro niño.”

Y se desharán de nosotros, pensó Tara. Con toda esta charla de ser voluntario, Wolf tenía  sus vidas en sus grasientas manos. “Me gustaría un poco de tiempo para pensar,” le dijo. “No hemos comido algo decente en muchos días.”

“Por supuesto,” dijo Wolf, enseñando los dientes. “Tigre, llévalos al comedor, asegúrate que coman. Llévalos a la enfermería y búscales una habitación.” Asintió en dirección a Tara. “Nos veremos por la mañana.”

Tigre los arreo por las escaleras para sacarlos del edificio. Anju sollozo en silencio durante todo el camino. La furia de Tara hacia su tía había aplacado de alguna manera. Pobre tía, quizás un poco de la locura de Kashif se le pego a ella.

Llegaron al comedor, y un soldado les soltó platos humeantes llenos de comida frente a ellos, y Tara se olvido de todo lo demás. Chapatis recién cocinados, papas picantes, lentejas verdes, incluso curry de soja. Casi que valía la pena, lo que sea que tuviera que hacer para ganar esta comida para ella y su familia. Anju y Tamar comían con tanto entusiasmo como ella, y todos se repitieron.

Cuando terminaron, Tigre los llevo de vuelta al edificio, a un cuarto grande que apestaba a antiséptico. Una enfermera les hizo una revisión rápida, chasqueando la lengua mientras los pesaba, les tomaba la presión y muestras de sangre.

Al término de la revisión, Tigre los guió a un pequeño cuarto limpio del otro lado del edificio. Tenía paredes acolchonadas, frazadas y un calentador. “Descansen,” les dijo. “Hay un baño al final del pasillo.”

Cuando se fue, Tamar se asomo por la puerta. “No hay guardias,” reportó. “Saben que no podríamos salir de aquí de todas formas.”

Tara se desplomo en el colchón, se saco bruscamente los zapatos de tela y  masajeó sus adoloridos pies. Claro que no huirían. Tendrán cámaras rastreando todos nuestros movimientos. “¿Por qué querríamos irnos?” dijo. “Comida de verdad, frazadas abrigadas y un baño de verdad. Este es nuestro Paraíso.” El enojo seguía perceptiblemente en su voz.

“Tara...” Anju dejo escapar un profundo y sonoro suspiro. “Lo siento mucho.”

“Los lamentos no nos sacaran de esto,” dijo Tara. “Yo sí.”

“¿Que quieres decir?” Tamar entrecerró los ojos. “¿Dime que no estás considerando lo que ese demente quiere que hagas?”

“La tía estaba dispuesta a hacerlo,” dijo Tara. “Y no solo para salvarme. ¿Por qué nos trajiste hasta aquí tía?”

Anju exhalo. Permaneció en silencio por un momento. “No lo sé,” dijo finalmente. “Pero cuando Kashif me contó sobre los extraterrestres, pensé: Hay algo más grande ahí afuera, no humano, algo inteligente, vivo e inescrutable. No estamos solos, y el universo no gira a nuestro alrededor. Nunca lo hizo. Y estos seres, quizás, sean lo que sean, conozcan nuestro pasado, nuestro futuro. Quizás tengan respuestas.” Puso su cabeza entre sus manos. “No pensé en ustedes dos. No me di cuenta de que los estaba poniendo en peligro.”

Un rayo atravesó a Tara. “¿Crees que Kashif tenía razón? ¿Los extraterrestres hicieron desaparecer a mamá y papá y a todas esas personas?”

“Escucha lo que estás diciendo,” dijo Tamar. “¿Quieres terminar en el pabellón de los chiflados?”

“Es una pequeña oportunidad, vale la pena intentarlo,” dijo Tara. “Eso es lo que él dijo.”

Tamar sacudió la cabeza. “No vale la pena arriesgar tu vida para obtener respuestas para Wolf.”

No para Wolf. Para mí.

“Pensare en el Diwali,” dijo Tara. Se acostó en el colchón y se subió la frazada hasta el mentón. Sus ojos le pesaron. Qué hermoso dormir, seguros y abrigados, no había necesidad de turnarse para quedarse despiertos, haciendo guardia, cuidando al resto de animales salvajes o de otras personas. Si tan solo todas las noches fueran así.

Anju se acostó a su lado y Tamar se sentó al pie del colchón. “Hoy es el pequeño Diwali,” dijo su tía suavemente, “y mañana es el gran Diwali, el día mas auspicioso del calendario Hindú. ¿Alguna vez les conté por que celebramos este festival?”

“Solo como cien veces,” dijo Tara. Tamar contuvo una carcajada. “Pero cuéntanos de nuevo,” le dijo. “Cuéntanos sobre las golosinas y los petardos.”

“Las golosinas y los petardos por lo general vienen después,” dijo Anju. “Primero, teníamos que limpiar la casa, bañarnos, y usar ropa linda. Luego el sacerdote solía venir, y debíamos escuchar la historia de Rama y Sita y Lakshmana, y de cómo fueron expulsados del reino por su madrastra la Reina Kaikeyi. De cómo Rama derrotó al malvado demonio Ravana y regresó triunfante a Ayodhya con Sita y Lakshmana, y de cómo las personas encendían lámparas para darle la bienvenida. Desde entonces, encendemos lámparas en este día para celebrar el triunfo del bien sobre el mal.”

“¿Los soldados encenderán lámparas?” murmuro Tamar.

“Quizás nos dejen encender una lámpara,” dijo Tara. “Si aun estoy con vida, me gustaría encender una lámpara.”

La enormidad del hecho le cayó con todo su peso en ese momento, lo que había decidido hacer, y lo que quizás podría sucederle.

Mucho después de que los otros durmieran, Tara seguía despierta, intentando recordar cómo había sido el mundo antes de que se quebrara.

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Ave vino por ella en la mañana, temprano, antes de que los demás se despertaran. Era mejor así, les ahorraba a todos el drama de último minuto de parte de su tía.

Pero aun así, Tara sintió una punzada mientras se sacudía el sueño de los ojos y dejaba la habitación en punta de pie con la frazada colgando de sus hombros frente al frío del amanecer. Se estaba yendo sin decir adiós, sin saber si los volvería a ver o si los reconocería cuando los viera.

A medio camino por el corredor, Ave se detuvo. “No tienes que hacer esto,” le dijo. “No lastimaremos a tu familia si te niegas a hacerlo.” Su rostro, sin las gafas y las marcas de camuflaje, era joven, sencillo y rígido.

“Pero no pueden simplemente dejarnos ir,” dijo Tara.

“Probablemente tengamos que retener a tu tía,” dijo Ave. “Pero si acceden a un implante, podemos transportar a ti y a tu hermano a un campamento en el extremo sur de la India, tan lejos del frente como sea posible. Quizás puedan asistir a la escuela ahí.”

“¿Por qué me estás diciendo esto?” pregunto Tara. ¿Por qué pretende estar de mi lado?

El rostro de Ave se retorció, solo por un momento, antes de convertirse en una máscara de nuevo. “El hombre que llaman Kashif era mi compañero,” le dijo. “Él es de Cachemira, ¿lo sabías?”

No, claro que no lo sabía.

“Su familia estaba entre los evacuados del valle antes de los disturbios,” dijo Ave. “Mucha gente se rehusó a irse, a muchos tuvimos que sacarlos a punta de pistola. Lo que digo es que Kashif arriesgo su vida y su cordura por esta tierra. Sabía en lo que se estaba metiendo. Tu no.”

 

Sus ojos se desenfocaron. “Si señor,” murmuro. “No, claro que no. Vamos en camino.”

Volteó  y apresuró su paso por el corredor, Tara tuvo que correr para seguirle el paso.

“¿Está enojado contigo?” pregunto Tara, pero Ave no respondió.

Wolf estaba esperando por ellas en su oficina. Cortésmente le pidió a Ave que se retirara y le ofreció a Tara una taza de té de limón. Acepto, aunque estaba demasiado nerviosa para beberlo.

“¿Emocionada?” pregunto, frotando sus manos. “Yo sí.”

Tara bajo su taza. “Prométame que cuidaran de ellos. Sin importar lo que pase conmigo.”

“Por supuesto,” dijo Wolf, sintiéndose agraviado. “Encontraremos trabajo para ellos aquí mismo. Se ganaran su estadía. Tu hermano es inteligente y muy capaz. Tu tía, bueno, seguro encontraremos algo para que sea útil.”

“Puede contar historias,” dijo Tara. “Sabe muchas cosas, historia y geografía y matemática. Sabe que plantas se pueden comer.”

Wolf levanto una mano. “No te preocupes por ellos. Los cuidaremos, lo prometo. Enfócate en lo que tienes que hacer.”

Tara titubeo. Era esta, su última oportunidad de arrepentirse, de intentar escaparse de la trampa que Wolf le había tendido.

¿Y ahora qué? Las preguntas seguirían consumiéndola por dentro por el resto de su vida. ¿Donde están mis padres? ¿Que sucedió con ellos?

“Cuénteme sobre los extraterrestres,” dijo finalmente.

Y él le contó.

Hace ocho años, cuando el gobierno se desvaneció y las ciudades quedaron vacías, el pánico se esparció por el país, la ISRO que aun funcionaba a cien kilómetros al norte de Chennai había detectado un objeto hasta entonces no avistado en órbita alrededor de Marte.

“¿Qué tan grande?” pregunto Tara.

“Mas grande que este campamento entero,” dijo Wolf. “La NASA afirmo que seguía ahí. Enviaron tres sondas, y todas se desvanecieron antes de dejar la órbita de la Tierra.”

Tara sintió un escalofrió. “Son poderosos.”

“Como no te puedes imaginar,” dijo Wolf. “Entonces, NASA envió una nave tripulada. ¿Acaso la presencia humana haría alguna diferencia? ¿Serian capaces de comunicarse? No lo sabemos.”

“Pero tiene a uno de ellos aquí,” dijo Tara. “¿De dónde salió?”

“Después de detectar el objeto alrededor de Marte, la ISRO rastreó los movimientos de una nave más pequeña que se dirigía a la Tierra, específicamente a Srinagar,” dijo Wolf. “Alertaron al Comando Norte, quienes evacuaron la ciudad. Mi unidad fue despachada para interceptar a la nave.”

“¿Que sucedió?” preguntó Tara, fascinada por el relato.

“Se estrelló,” dijo Wolf. “Cerca hasta donde sabemos, solo uno de ellos sobrevivió, nuestro “visitante”. Lo trajimos aquí y lo hemos mantenido aquí desde entonces, un secreto para los amigos y enemigos por igual.”

“¡Entonces lo han tenido prisionero!” grito Tara. “¿Por qué?”

“Necesitamos saber que sucedió en Delhi, en  Lahore, en Pekín,” dijo Wolf. “¿Fueron ellos? ¿Y si fuera así, por qué lo hicieron? ¿Qué es lo que quieren? ¿Por qué han venido?” Se levanto. “Ven, es hora.”

Tara lo acompaño. Ya no tenía miedo. Sentía lastima por el extraterrestre. Alejado del resto de su familia durante ocho largos años, debía ser solitario. Al menos ella tenía a su tía y a su hermano.

Wolf bajo por las escaleras hasta el sótano, donde un par de guardias lo saludaron antes de abrir una pesada puerta de metal. Sensores de movimiento encendieron las luces, y volvieron a bajar por más escaleras.

“¿Por qué tan bajo tierra?” pregunto Tara. El peso de la tierra la oprimía.

“Es un refugio anti bombas,” dijo Wolf. “Es el lugar más seguro que pudimos encontrar para custodiarlo. Además, podemos controlar la radiación aquí abajo.”

Llegaron a un cuarto que parecía estar particionada por tiras de un material pesado y traslucido. Wolf se quito las botas y le indico a Tara que hiciera lo mismo. “Descontaminación. No queremos que nuestros microbios infecten a nuestro visitante. Entra.”

Tara lo siguió a través de la partición, los pies descalzos por el piso de concreto. Dentro, un fino rocío los envolvió. Tara estrujo los ojos pero no hacía daño. Al cabo de unos minutos, el rocío se detuvo, y Wolf avanzo.

Las últimas puertas tenían una cerradura de combinación y un escáner retinal. Los guardias se apartaron del camino mientras Wolf ingresaba el código y se inclinaba sobre la cámara. Cuando la puerta se abrió revelo una compuerta de aire, hizo un paso atrás y la empujo hacia adentro.

“Buena suerte,” le dijo. “Estaremos observando.”

La puerta se cerró detrás de Tara y la oscuridad la envolvió. Por un momento entro en pánico.

Entonces la puerta frente a ella se abrió y la calidad de la oscuridad cambio. Entro a un espacio amplio, parpadeando fuerte, intentando ver algo. Porque había luz a la distancia, una luz blanca difusa que se movía tan rápido que no podía enfocarla.

Me recuerdas a las luces del Diwali, pensó, luchando por apaciguar el terror que crecía dentro de ella. ¿Sabías que hoy es el festival más grande de la India? Excepto que, no mucha gente la celebrará. Quizás oren por Lakshmi y Ganesha. Quienes tengan la buena fortuna de comer, van a comer juntos. Y aquellos que tengan mucha pero mucha suerte encenderán una lámpara y soñaran con mejores días. Me gustaría encender una lámpara. Me gustaría recordar el rostro de mi madre.

La luz ralentizo sus movimientos y se amalgamo para convertirse en una figura, alta y delgada con muchos miembros. Como una medusa gigante flotando en el aire, se deslizo hacia ella.

Tara abrió la boca para gritar, pero…

Su madre se inclino hacia ella y le sonrió. “No tengas miedo querida,” le dijo. “Mira que hermosos colores.”Le acerco una estrellita y se lo dio en la mano. Tara la agito por el aire riendo placenteramente.

“Con cuidado,” le dijo su padre. “Mantenlo alejado de tu vestido.”

“¿Puedo encender un cohete?” pregunto Tamar. ¿Puedo por favor?”

Su padre reía. “Déjame enseñarte cómo,” le dijo.

Coloco un largo cohete en una botella, apuntando hacia arriba, hacia el cielo estrellado. Encendió la mecha y se alejó. El cohete siseo y salió zumbando por el aire, acompañado por alaridos de alegría.

La estrellita de Tara se apago. “¡Mas!” dijo ella. Su madre le dio otra estrellita encendida, y esta duro más que la anterior, arrojando chispas verdes y amarillas brillantes que elevaban en la noche, repeliendo la oscuridad.

Tara se sentó, mareada y descompuesta. Diwali, hace ocho años. Ella recordó, ahora, cada detalle de ese hermoso día. Recordó el rostro de su madre.

“Gracias,” le dijo, aunque era difícil hablar con un nudo en la garganta y con las nauseas subiendo por su cuerpo como una marea negra. Su cabeza empezó a latir y la piel le picaba.

El extraterrestre se deslizo hacia ella. Brillaba más que antes, como si hubiese absorbido sus recuerdos del Diwali y los hubiera usado para alcanzar un nuevo nivel de brillo. Era difícil mirarlo, era como mirar una parte del sol.

“Quieren saber si tu lo hiciste.” Tara resguardo sus ojos, tragando la bilis en su garganta. “Tengo que decirles algo.” Y yo también quiero saber. ¿Qué hiciste con mis padres y todas esas pobres personas?

El extraterrestre se desvaneció. Tara se sacudió como un pez en un anzuelo, y salió despedida hacia arriba. Se encontró volando por un cielo color lavanda, abajo un vasto retal de campos rectangulares. La punta de un sol rojo se asomaba por el horizonte. Por encima, dos lunas pequeñas con destellos carmesí, borroneaban las estrellas de un cielo desconocido. Las personas, a la distancia se veían como insectos, se inclinaban sobre los campos, labrando, surcando. ¿Quienes eran?

Tara se tiro en picada con una velocidad vertiginosa y se detuvo de golpe justo sobre el nivel del suelo. Se deslizó frente a una rudimentaria cabaña que se alzaba en los márgenes del campo. De la cabaña salían luces amarillas, floto en esa dirección incapaz de detenerse.

Una vez dentro, vio a seis o siete personas sentadas en una mesa rústicamente tallada. Una mujer de mediana edad serbia una especie de sopa y pan. Su cara miraba hacia otro lado pero Tara sabia quien era antes de que su madre volteara a mirar y le regalara una dulce sonrisa.  Profundamente familiar, pero completamente alienígena.

Tara regresó al cuarto oscuro, agitada, su mente daba vueltas ante la imposibilidad de lo que acaba de ver. Le tomó un tiempo recordar donde estaba, quien era. Las luces habían vuelto a ser difusas, bailaban lejos de su rango de visión en los extremos del cuarto.

Concentración, tenía que concentrarse. Olvidar los rostros que acababa de ver, ignorar sus sentimientos, de alegría y de dolor y de traición en igual medida, como si fuera culpa de ellos, lo que sea que había sucedido. ¿Me extrañas mama?

A menos que fuera mentira, como las mentiras que Kashif se había contado a sí mismo y a ellos. Si hay un Paraíso en la tierra, está aquí, está aquí está aquí.

No, ese era un antiguo poeta. No Kashif. Se estaba confundiendo. Tara se presionó la frente con la palma de su mano como si pudiera detener el martilleo que amenazaba con partir su cabeza en dos. Solo unos minutos más. Junto toda su fuerza y dijo, ¿No están muertos? ¿Los llevaste a algún lado? ¿Por qué?

Una luz blanca giro frente a ella en forma de una rueda, un hexágono, una esfera, un cubo  con demasiados lados como para darle sentido. Números que se desplazaban, una serie interminable de ceros y unos. Quizás significaban algo, quizás Wolf y sus científicos serian capaces de descifrarlos. Pero le lastimaban los ojos y era todo lo que ella podía hacer para no salir arrastrándose de ahí, lejos de ese lugar.

“¿Por qué?” repetía desesperadamente.

Otro anzuelo la atravesó, la levanto mientras se sacudía e intentaba no gritar. No de nuevo.

Esta vez floto sobre un cuarto lleno de hombres mayores con rostros serios. Reconoció a uno de ellos, aguileño, con anteojos, su rostro aun adornaba destartaladas carteleras  en pueblos abandonados y descascarados afiches en estaciones de transito. El último primer ministro de la India, el que se desvaneció junto a todo su gabinete.

Un hombre con turbante se inclinó hacia el que solía ser el primer ministro. “Señor, tenemos una política de no usar primero.”

“Eso es lo que ellos explotan,” dijo el primer ministro. “Ellos cuentan con eso.”

Otro hombre hablo, “cada vez van más lejos. El año pasado, otro ataque a nuestro parlamento. Este año, terroristas en Bombay. La semana pasada, la ARNP realizó exitosamente otra prueba nuclear.”

“Los americanos…” empezó a decir el hombre del turbante.

“No harán nada para detenerlos,” completo el segundo hombre. “Primer Ministro, ¿para qué hemos construido nuestras armas si no es para defendernos? ¿Vamos a esperar hasta que lancen sus misiles en contra nuestra?”

La escena se desvaneció, lentamente esta vez, los hombres seguían hablando, gesticulando. Sobre la escena desvanecida se solapaban encabezados de periódicos, grandes encabezados que decían “amenaza nuclear” y “el fin del mundo”.

Tara se acostó en el suelo, sin poder moverse. Cerró sus ojos, deseando que el cuarto dejara de girar. Agujas le pinchaban la piel, como picaduras de araña. ¿Así se sintió Kashif antes de enloquecer? ¿Ella también se volvería loca? Necesitaba decirles lo que había descubierto, necesitaba decirles lo que los extraterrestres habían hecho, como habían evitado la guerra nuclear. Como se irían un día, sin advertencia, de la misma manera en la que había llegado.

Humedeció sus labios, “¿Extrañas tu hogar?” dijo, con una voz fina y agrietada.

Un intenso sentimiento de soledad la invadió, sobrepuesto a la resolución de la misión y al sentido del sacrificio.

Lo siento, pensó Tara, ya siendo incapaz de pronunciar las palabras. Quizás puedas llevarme contigo cuando decidas irte. A Tamar y a mi tía también.

Pero no respondió, no volvió a aparecer ante ella de nuevo. Quizás le hacía tanto daño al extraterrestre hablar con ella como el que le producía a ella escucharlo.

Está bien, volveré más tarde, si me dejan. Si aun puedo soportarlo.

Se levanto, cayó y se volvió a levantar. La puerta se abrió al tacto. Colapso en la exclusa de aire y vomito los restos de la comida del día anterior.

Cuando intentaron levantarla, los aparto y se puso de pie, tambaleándose. Sus ojos buscaron a Wolf.

“Me gustaría,” le dijo, “encender una lámpara.”

Ya que la oscuridad se había disipado, y el bien triunfaría sobre el mal, sin importar cuantos demonios se levantaran de las sombras ocultas en los corazones humanos.

Era algo en que creer.

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