El caballero y la princesa
- Adrián González
- 21 jul 2018
- 2 min de lectura

El caballo había caído por el barranco medio kilómetro atrás, llevándose con él los pocos recursos con los que contaba el caballero. Un viaje de dos inviernos casi llegaba a su fin cuando, los gloriosos resplandores del sol hicieron brillar en el horizonte el castillo tan deseado, donde su destino, apenas quedaba a quinientos pasos. Cansado y hambriento caminó en pasos flojos y temblorosos por el puente sin fin. Evitó con mucha astucia mirar hacia abajo. Demasiado lo aterrorizaban el movimiento de lado a lado y el crujir de las maderas podridas. Al llegar al otro lado, abrazo la tierra firme con la frente sudada y una mochila de plomo encima que no lo dejaba levantarse. A fuerza sobre humana se paró pensando en la princesa que yacía aun privada de su libertad en lo alto de la torre. Y entró, bien aventurado con fuerzas renovadas, espada en mano, escudo en hombro. Gritó, vitoreo, maldijo a todo ser que debería de encontrarse y solo halló huesos, de compatriotas ensartados en lanzas, estacas o envenena-dos. Las trampas inutilizadas dejaron su paso libre, la leyenda del dragón y el minotauro no eran más que palabrerías y el caballero con la buena fortuna que lo atesoraba se tomó un instante para rezarle al buen Mitra. Oró de rodillas a su dios dándole las gracias por tan afectiva bienvenida. Las escaleras eran infinitas, pero nada podía bajar la autoestima del hombre que, a cada paso, avanzaba con más esfuerzo, parecía tener energía inagotable. Saltando de dos en dos, tres en tres los escalones, llegó a la cima. Al umbral donde la bella damisela yacía acostada. Envainó la espada, colgó en la espalda el escudo, se deshizo del casco y finalmente se sentó en la cama donde la jovencita todavía parecía tener diecisiete años. Había caído en la trampa. Las mandíbulas opresoras de la criatura rompie-ron sus huesos en ciento de pedazos en un instante, sin darle ni siquiera tiem-po a gritar o maldecir.







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