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Escuela de brujas


Allá dónde la falda de una montaña se une a un camino transitado por lugareños, hay una casa justo detrás de un sauce milenario o árbol de las brujas. Por fuera, la vivienda parece normal, pero al caer la noche, cambia de aspecto. Las luces que se aprecian a través de las ventanas son rojas, dando la impresión de que son ojos en medio de las tinieblas. Por la chimenea sale danzando un humo blanco con un hedor muy desagradable. Desde que se abre la puerta de la morada, los gatos negros se hacen visibles para colocarse en las cuatro esquinas de la vivienda, controlando a todo aquel que quiera acercarse, y que no esté invitado…

“¡Hija!, quiero que tengas mucho cuidado con tus nuevas amistades, siempre desconfía de los desconocidos. He descubierto que aquí hay una Escuela de brujas”, le dijo su padre.

—“Pero papá, ¡¡¡ya vas a empezar con tus historias de miedo!!! Soy una adolescente, y me gusta conocer gente nueva, sobre todo, que sean diferentes”.

El padre, que por naturaleza era muy observador, últimamente tenía los oídos muy afinados. Él se pasaba la vida haciéndose el sordo, pero se enteraba de todo lo que se comentaba en su bar. El hombre se movía con la bandeja llena de bebidas en medio de la gente. En primer lugar, empezó a fijarse en un tatuaje que llevaban muchas de sus clientas, justo detrás del hombro derecho, y ya eran muchas coincidencias; luego se acordó de lo que su abuela materna le había dicho en una ocasión, “las brujas existen, mi niño. Ellas son tan blancas como la pared, y no tienen ni una sola mancha en la piel, pero algunas tienen una pequeña marca roja en el brazo o en alguna de sus extremidades”. Luego, mencionó en voz alta: “A quién toma y quema ruda, Dios le ayuda. Atrae o repele, y a quién atrae, l