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El arco y el pegaso


Lauvenil dio un mordisco a la manzana. Revisó el encolado y el estado de las plumas de ganso de sus flechas. Las contó. Quince flechas de guerra con cabeza de cincel. Miró a sus hombres. Treinta más la mujer y el propio hijo de su comandante, Lauvenil. Todos dirigiendo miradas de preocupación hacia sus flechas, aunque sin perder los nervios ni la tranquilidad mecánica con que revisaban sus arcos y cuerdas. No había brisa alguna. El sol estaba en todo lo alto. La comida no les había faltado, pero las flechas habían dejado de llegar desde hacía mucho. Los hombres de la compañía del Sagro comenzaban a pensar que su comandante los había introducido demasiado adentro en territorio enemigo alejándolos de los principales puestos de aprovisionamiento y fuertes fronterizos. No tenían claro de en qué lugar se encontraban pero Lauvenil creía por el acento de aquellas gentes que debían estar cerca de la propia capital de Loumel, Das Algren.

Lauvenil observó la aldea protegida por un simple montículo de tierra. Era una construcción defensiva sumamente sencilla y barata pero efectiva a la hora de repeler o disuadir a simples bandas errantes de saqueadores, pero claro, ellos no eran una simple banda de harapientos desertores. Aún no habían recogido la cosecha. La hierba estaba alta. Se arrastrarían. Apuntarían, y gastarían el mínimo. Con suerte, solo una flecha para el alguacil. Lauvenil ordenó encordar los arcos. Y cuando los hombres aún no habían acatado la orden de su comandante, una flecha atravesó el hombro de Trebal. Todos se lanzaron al suelo. Lauvenil colocó a su hermano de armas contra un tronco podrido. Gemía de dolor. No era una flecha, era un dardo de ballesta. De alguna forma les habían seguido el rastro. Ya habían sido emboscados en otras ocasiones y por cosas peores que dardos de ballesta. Los arqueros del Sagro encordaron sus arcos desde el suelo. Incluso en semejante postura lograron hacerlo gracias a sus musculados brazos producto de años usando el arco largo de guerra trebano. Aglia se acercó arrastrándose haciendo tintinear su herrumbrosa cota de anillas.

-He visto a un caballero entre ellos con escudo de armas. No pude distinguir su forma entre las hojas. Debe ser el que dirige a esos ballesteros. Llevan gambesones verdes, sin duda mercenarios de Bravía. Yo me arrastraré con diez hombres y los sorprenderé por los flancos, como hacemos siempre. -señaló con la cabeza el campo abierto- Alguien debería tomar ese montículo.

Lauvenil ya había pensado en eso y asintió con la cabeza, luego le preguntó.

-¿Lerogrand?

Aglia sonrió.

-Quedará con Bulguer junto con Trebal.

Eso le dejaba con dieciocho hombres contándole a él mismo para tomar aquella aldea protegida por un muro de tierra. Lauvenil vio cómo su hijo se agazapaba tras el tronco podrido junto con el corpulento Bulguer y el herido Trebal. Aglia se hundió entre la maleza por el lado derecho de los ballesteros junto con otros diez arqueros preparados para cubrir de plumas de ganso a aquellos desgraciados ballesteros. Laubelin esperaba que dejaran vivo al caballero. Dependiendo de su escudo familiar podrían convertir su cuello en una abultada y tintineante bolsa. Aunque si era un simple caballero que había usado sus escasas monedas para mal pagar a unos ballesteros bravíos, y dedicarse a cortar pulgares de arqueros trebanos con la esperanza de conseguir una buena recompensa por parte de la corona loumense, no resultaría tan buena empresa. El comandante de la compañía del Sagro se acercó a su hijo y le susurró.

-Si se tuerce la cosa, sigue el curso del río siempre hacia el oeste ¿Entendido?

Su hijo Lerogrand asintió gravemente. Había crecido en medio de una guerra y no era la primera vez que oía unas indicaciones tan agoreras por parte de su padre. Casi se había convertido en rutina los últimos dos años. Lauvenil hizo señas a sus hombres para que cargaran los arcos recién encordados al hombro y lo siguieran reptando sobre la tierra y por debajo de la hierba alta. Mientras avanzaban, les llegó el grito de guerra de los bravíos “¡Puerco! ¡Puerco! ¡Muerte a los hijos del Rey Puerco!. Así era como llamaban al joven monarca de Trebenda Viledo III. Pues entre la soldadesca loumense corría el rumor de que en lugar de verga tenía una cola enroscada de cerdo.

Lauvelin no vio un solo hombre sobre el muro de tierra. No le gustó. Odiaba tener que salir de entre la hierba alta sin un objetivo al que apuntar. Indicó a dos hombres que se arrastraran colina arriba. Todos contenían el aliento al verlos ascender, pero tampoco perdían atención del bosque por si les llegaba algún sonido, o llovían nuevos virotes de ballesta bravía. Pero solo había silencio. Los dos arqueros ya habían coronado la cima. Uno de ellos giró la cabeza e indicó por gestos que no había enemigos a la vista. Lauvelin ordenó el avance con los arcos en la mano. No habían llegado a la base del muro de tierra cuando un grito similar al relincho de un caballo, pero más agudo, penetrante, molesto y desacompasado, los hizo detenerse. A Lauvenil se le erizó el pelo de la nuca y los brazos. Señal inequívoca de peligro.

-¡Preparad flechas! ¡Subid todos al muro! ¡Ya!

Los dieciocho hombres con las flechas preparadas aunque sin tensar en el arco, miraban en todas direcciones. Un extraño y desconocido batir de alas lanzó a Guidellon contra la hierba alta. Era un arquero joven y ya curtido en dos batallas.

-Joder… ¡Apuntad a esa cosa y disparad!

La -cosa- en cuestión, era un pegaso. Aunque no era exactamente igual al del escudo de armas de la casa real de Loumel. Tenía el cuerpo aunque no la esbelta musculatura de un caballo. Ni sus alas eran como las de un cisne. Más bien eran como las de un murciélago pero más correosas e inmensas. Su pelo era áspero y oscuro como el de un jabalí. Y sus colmillos más parecían los de una piraña obesa y sobrealimentada, con halitosis e incapacidad para mantener la saliva dentro de su cavidad bucal. Colgando de su ancho cuello de tonel, se balanceaba una cadena herrumbrosa y mohosa con varios escudos de armas colgando de él. Eran todos de la casa real. Casi parecía una broma histriónica el contraste entre las formas idealizadas de los escudos y las de su portador. Un amasijo de músculos y dientes. El pegaso daba cuenta de las tripas de Guidellon cuando diecisiete flechas se clavaron en su espeso pelaje. Un arquero trebano con experiencia podía disparar con precisión a setenta metros de distancia unas doce flechas por minuto. Por lo que la lluvia de flechas de guerra capaces de perforar armadura y montura, llovió de forma incesante contra la chillona bestia. Su grito, nada similar al relincho de un caballo, haría helar las manos de cualquier ser humano, pero no las de aquellos arqueros. Aunque temerosos, escondían su nerviosismo con letal precisión. El pegaso recubierto de flechas apenas podía mantenerse en pie, y mucho menos levantar el vuelo. Lauvelin se acercó seguido de otros siete hombres. La bestia chillaba y gorgoteaba, pues tres flechas de unos sesenta centímetros cada una y con cabeza perforante cruzaban de lado a lado su cuello. Lauvelin hizo un gesto a sus hombres para que bajaran los arcos. Todos estaban boquiabiertos, nunca habían visto a bestias semejantes. Sabían que la corona de Loumel los llevaba criando para la guerra desde hacía siglos por los antepasados de su actual reina, Anabella I. Pero hacía por lo menos cincuenta años que nadie veía uno con vida. Lauvelin sentía, en parte, lástima por aquel animal. El comandante del Sagro descolgó de su espalda una alabarda de hoja ligera y mango especialmente recortado. Se colocó sobre el cuello del pegaso. Sintió su cuerpo caliente, y las arterias aún palpitantes. El animal sufría. Miró las tripas abiertas de Guidellon mientras que valiéndose de la fuerza de sus dos brazos y el filo de su alabarda, le abrió el cuello profundamente. No tardó en morir.

-Recoged todas las flechas.

Los hombres que quedaban sobre el muro de tierra bajaron y se acercaron para acatar la orden mientras observaban con recelo a la criatura. Un hombre al que llamaban el pato se acercó al comandante del Sagro.

-He registrado la aldea, no hay nadie, es todo muy extraño.

-Era una trampa.

-¿Una trampa para una banda de arqueros?

-Ellos tienen pegasos y hechiceros.

El pato permanecía serio. Lauvelin siguió hablando al ver que no seguía su misma línea de pensamiento.

-Nosotros solo tenemos flechas y estamos ganando la guerra, hemos entrado casi hasta el corazón del reino y no somos la única banda de saqueadores de Trebenda campando a sus anchas por sus tierras mientras la nobleza loumense es incapaz de ponerse de acuerdo de en dónde deben marcar el limite de su línea de batalla. En algún lugar encontraremos más huestes trebanas, y quizá algún noble reuniendo tropas, es ahí donde debemos estar.

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