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Si pudiera parar el tiempo

07/04/2019

 

 

Sevilla, 1595 Ciudades cuyas calles estaban pavimentadas con oro y plata, indias hermosas que deleitaban los ojos del viajero...No le habría sorprendido que el agua de sus vasos hubiera salido de la fuente de la vida, a juzgar por los relatos que traían los navegantes. Mateo los había oído innumerables veces en el taller y en las posadas, y soñaba con el día en que pudiera embarcar rumbo al Nuevo Mundo. Había llegado a comparecer ante el Consejo de Indias con el propósito de conseguir una licencia. Lástima que no la fuera a conseguir y que el viaje no fuera a realizarse debido a un desafortunado giro de los acontecimientos. En unos pocos minutos lo quemarían frente a un respetable público. Habría mentido si hubiera dicho que no le aterrorizaba la idea de morir, pero lo que verdaderamente le hacía estremecerse era lo injusto de todo aquello. ¡Aquel canalla se había merecido que lo hubiera atravesado como a un cochino asado! ¡Las cosas que había dicho sobre su estirpe eran imperdonables! ¡Y esa treta tan rastrera de sus amigotes, que era un sucio judío! ¡Él, que tenía la sangre más limpia que el manto de la Virgen! Oh, pero, claro, no le habían escuchado y en ese momento tampoco lo harían. La gente alrededor decía cosas que no oía bien y asistía al espectáculo con gran expectación. Los niños se subían a lugares elevados para tener las mejores vistas y había observado que alguno se había traído aperitivos. Ahora ya sabía lo que sentía el toro de lidia al entrar en la plaza. Lo hicieron subir al cadalso. Menos mal que sus pobres padres no se encontraban allí para verlo. Pero sí estarían todos sus vecinos y los tipos a los que debía dinero, que solamente ellos podían llenar la mitad de la plaza. Qué vergüenza. Qué miedo. Definitivamente había una gran diferencia entre formar parte del público y ser el protagonista. Lo ataron a un poste y rodearon con pilas de rastrojos y ramitas. El sacerdote que portaba la cruz lo animó a retractarse para que su alma ascendiera en paz. Claro que con la mordaza era un tanto complicado responder a sus palabras, y nadie tuvo la gentileza de quitársela para poder ser educado y contestarle. Así que se pasó al siguiente punto, el plato fuerte, aquello para lo que todas aquellas personas habían ido hasta allá: la quema. El verdugo acercó la antorcha a las ramas y éstas prendieron enseguida. Mateo comenzó a rezar, y ni siquiera entonces aquellos sacerdotes ni el público parecieron darse cuenta. Rezó por que el humo lo matara antes de que el fuego hiciera contacto con su piel. Solo pensar en eso le daba pavor, por eso rezó con todas sus fuerzas, más que cuando hizo la primera comunión, más que en toda su vida, aunque no fuera mucho que digamos. No podía soportar la idea del dolor. Había visto suficientes ejecuciones como para hacerse una idea de lo horrible que era. Que muriera lo antes posible, que se le detuviera el corazón, que el humo lo asfixiara, pero no quemado. Quemado no. Las llamas ascendían. Las lenguas de fuego comenzaban a acariciar sus zapatos raídos. Cada vez hacía más calor. Y su ansiedad fue en aumento. Dios, Dios, por Dios bendito. Cerró los ojos. No quería ni mirar. ¿Cuánto tiempo pasó con los ojos cerrados? Habría dicho que más de cinco minutos. ¿Por qué las llamas tenían que tardar tanto para prolongar su agonía? Esperó un poco más. Nada. Sintió calor, pero no quemaduras. Abrió un ojo. El fuego se había detenido. Estaba congelado, como una pintura. Era completamente extraordinario, jamás en su vida había visto un fuego estático. Ni siquiera había oído hablar a los marineros de algo parecido, y eso que los marineros sabían de todas las cosas extraordinarias que había en el mundo. Oh, pero eso no era lo más increíble de la cuestión. Al mirar a su alrededor, vio que nadie se movía. Nadie pestañeaba. Nadie parecía respirar. Él se removió y nadie reaccionó a ello. ¡Si eso no era un milagro, que bajara Dios y lo viera! ¡Qué demonios! ¡Seguro que Dios mismo tenía algo que ver en ello! Por eso, lo bendijo mil veces y prometió reencauzar su vida, ponerle miles de velas en la iglesia, todo lo que se le ocurrió. Era una señal divina y una oportunidad demasiado buena como para desaprovecharla. Fue complicado deshacerse de las ataduras, pero tenía todo el tiempo que quisiera para forcejear, retorcerse y frotar las cuerdas contra el poste hasta desgastarlas. Al cabo de un rato, se vio libre. Y nadie se había movido ni un centímetro. ¡Cuán asombroso y a la vez inquietante! Bajó de la pila de madera ardiente de un salto, a través del fuego, completamente indemne. Miró a su alrededor, incluso se acercó al sacerdote que portaba la cruz para sacudir la mano frente a su cara y ponerle cara de mono, sin que él se moviera. Parecía una estatua. Bien, no sabía por cuánto tiempo estarían así, pero pretendía averiguarlo una vez estuviera bien lejos de allí. Bajó corriendo del cadalso y se abrió paso a través del gentío. Vio tipos sacudidos por un estornudo que no parecía llegar nunca, lágrimas de un bebé que se habían quedado fijas en sus mejillas, una paloma suspensa en el aire. Aunque era una tentación quedarse a hacerles burlas, bajar pantalones, levantar faldas, dar collejas, pintar anteojos y bigotes y sisar bolsas, no se quedó. Corrió, corrió y corrió. No dejó de correr hasta que hubo dejado Sevilla atrás. No llevaba nada encima, pero otros hombres se habían visto en una situación semejante y habían conseguido salir adelante, así que él no fue menos. A cambio de transporte, hizo numerosos favores y se labró una excelente reputación. Tenía fama de tener mucha mano con los caballos. En Huelva, una viuda de buena posición lo convirtió en su mozo de cuadra y, a juzgar por la forma en que lo miraba muchas veces, también parecía querer convertirlo en su segundo marido. Cuando no tenía que trabajar, Mateo, que ahora respondía al nombre de Marcos Encina, pasaba horas en el bar, siguiendo la antigua costumbre, aunque dejando a un lado las peleas y los encuentros con las mujeres, cumpliendo su promesa de llevar un estilo de vida más recatado. Fue allí donde se encontró con un comerciante de telas de su Sevilla natal que, tras tres jarras de cerveza, le contó una historia extraordinaria, que todos tomaron como producto: – Y cuando el fuego hizo contacto con su piel, el demonio se desvaneció. ¡Chas! ¡Visto y no visto! Los sacerdotes, los sacerdotes se santiguaron y llenaron toooda la plaza de agua bendita. Lo persiguieron y...y prendieron a cuatro hombres más. Y tres gatos. Y dos perros. Por si se había metamorfoseado.

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